POR ESPAÑA, CONTRA ESPAÑA… (I)

Cualquier historiador que por simple pereza, o por esa tendencia recurrente a ignorar todo lo que no tenga que ver directamente con Caracas o con Simón Bolívar, quiera escribir un texto de Historia de Venezuela, bien podría limitar su espacio a unas pocas hectáreas, siete u ocho a lo sumo, que cubren el espacio de la antigua Plaza Mayor, hoy llamada Plaza Bolívar, y sus alrededores. Todo lo que ha ocurrido en todo el territorio de Venezuela tiene algún enlace, alguna comunicación directa o indirecta, con las casas y edificios que están o estuvieron en ese espacio reducido, pero cargado de fantasmas y recuerdos. Inclusive lo que ocurrió una vez que Simón Bolívar, el hombre de las dificultades, el caudillo y estadista en cuyo honor se le cambió el nombre a la plaza, llevó la acción a otros entornos, a otros paisajes distintísimos a los que existen en torno a la plaza. Frente a ella, como importante testigo de todo, estaba la Catedral de Caracas, que se convirtió en tal en 1637. Hasta entonces esa condición la tenía el templo principal de Coro, y el traslado le es ordenado por Real Cédula del 20 de junio de 1637 al obispo don Juan López Agurto de la Mata (que era partidario de hacerlo), luego de que varias veces había sido recomendado por autoridades tanto eclesiásticas como políticas, porque la defensa de Coro era muy difícil, no solo frente a los indígenas, sino ante el posible ataque de fuerzas extranjeras (la toma de Curazao por los holandeses puede haber sido el factor determinante para la decisión). El obispo Agurto de la Mata murió, posiblemente de septicemia (“a consecuencia de una nigua infestada”, dice Enrique Bernardo Núñez) el 24 de diciembre de ese mismo año de 1637, antes de que terminaran de realizarse las ceremonias del traslado. Casi doscientos treinta años después, como para ratificar el tono de informalidad dado por Losada a su ciudad, fue cuando Silvestre Guevara y Lira, el arzobispo que en el siglo XIX enfrentó a Antonio Guzmán Blanco en una pelea desigual, que le costó el exilio y casi le cuesta a Venezuela separarse de Roma, consagró la Catedral formalmente, luego de restaurar su edificio. Con ese traslado ya definitivo de la Catedral completaría el desplazamiento del poder hacia la pequeña ciudad fundada por Losada, algo que en tiempos de la Independencia y aún después tendría consecuencias graves para la nueva nación, pues los realistas, como estrategia claramente estudiada, excitaron sentimientos negativos contra la Caracas que había dado el ejemplo, y al hacerlo, en forma muy deliberada, utilizaron el manido recurso de los celos regionalistas de manera de crear un polo reaccionario contra los liberales, independentistas y patriotas, en Coro. De Coro partió la expedición triunfante de Domingo Monteverde, que acabó con la primera República. Las fuerzas de la recién nacida patria se estrellarían allí contra su primer gran desastre militar y político, del que nunca se repusieron del todo. Y luego, esa rivalidad sería la semilla de la que se planteó entre Caracas y Valencia. Antes de que los españoles apelaran a esos sentimientos, que después sirvieron a los propósitos de los enemigos de Bolívar, todo lo que se hizo en Caracas, todo, se hizo en nombre de España, sobre la base de que se hacía para gloria de Dios, puesto que España había recibido el mandato divino de evangelizar estas tierras, de conquistar para Dios las almas de los indígenas que hasta entonces no habían recibido la Buena Nueva. Pero con el tiempo se vio que las finalidades reales, a pesar de la buena voluntad de la mayoría de los religiosos, iban por caminos bastante menos espirituales. Las perlas, primero, y el oro y la plata, después, se convirtieron en objetivos que hasta llegaron a condenar a los indígenas a la esclavitud, situación que trataría de corregir el incansable fray Bartolomé de Las Casas, y que a pesar de su buena voluntad terminó generando algo, si no peor, por lo menos muy equivalente a la enfermedad: la esclavitud africana. En buena parte, eso hizo que ya lo que se hiciera por España no fuese por Dios y, por lo tanto, lo que se hiciera contra España, no fuese contra Dios. Ese cambio de luz tendría gravísimas consecuencias en España y hacia España. Porque quitaría el velo de lo espiritual y dejaría en toda su desnudez, lo político. Es político todo lo referente a la fundación o no fundación de Santiago de León de Caracas por parte de Diego de Losada, así como la primera intriga que se vio en la pequeña ciudad, de la cual salió triunfador Francisco Infante. Es política también la malvada y breve invasión de los piratas ingleses, precursora de la también malvada pero nada breve con la que se robaron el territorio venezolano de la Guayana Esequiba (o el de Trinidad, por ejemplo). Como será político todo lo relativo al enfrentamiento entre Guzmán Blanco y el Arzobispo Guevara y Lira. Y también hay que entender como estrictamente político el uso de la Catedral y sus alrededores para fines culturales: lo fue, aunque se tratara de llevar el mensaje de Dios a los que no lo habían recibido aún, cuando se usó como instrumento de evangelización (el Dios del mensaje favorecería a España), lo fue mientras se utilizó para seguir manteniendo la fe lograda anteriormente, y lo fue para muchos de los músicos de la “Escuela de Chacao” que participaron en la lucha de la Independencia. Varios dieron sus vidas en combates, o fueron ejecutados por las fuerzas de Boves en los comienzos de la guerra de Independencia. Juan José Landaeta, que era miembro activo de la Sociedad Patriótica, murió posiblemente en el terremoto de 1812. Lino Gallardo, aunque vivió hasta 1837, conoció la prisión en las bóvedas de La Guaira. Y uno de ellos debe haber sido el que le dio su Himno Nacional a Venezuela, puesto que aunque oficialmente la autoría de la música del “Gloria al Bravo Pueblo”, Himno Nacional de Venezuela (que es la versión más o menos marcial y muy dudosa de una vieja canción de cuna) se le ha atribuido a Lino Gallardo, quien fue, además de músico, activo combatiente independentista, amigo de Simón Bolívar y de José Antonio Páez. Sin embargo, el músico e investigador venezolano Alberto Calzavara, poco antes de morir, publicó una importante investigación en la que se concluye que el compositor, o si se quiere el adaptador, de la música, fue Juan José Landaeta, que murió en el terremoto de 1812, y no Lino Gallardo, que es el que figura en el decreto guzmancista (Guzmán no era tan primitivo como Chávez y sus cómplices, como para negarle a Páez su importancia y su condición de verdadero fundador de Venezuela por haber sido el “culpable” de las últimas desgracias de Bolívar). En todo caso, ambos son de la “Escuela de Chacao” y ninguno de ellos es el verdadero compositor de la música en sí, puesto que realmente se trata, como dije, del arreglo de una canción de cuna de autoría anónima, convertida en canción política por alguno de los dos. El “Gloria al Bravo Pueblo” fue decretado Himno Nacional de Venezuela en 1881, setenta o setenta y un años después de convertirse en canción política de los caraqueños que se habían alzado en defensa del rey de España, y cuando ya habían muerto todos los que podrían dar fe de la verdad, lo cual hace muy difícil determinar su autoría. El texto del decreto guzmancista se lo atribuyó a Vicente Salias, pero Calzavara, apoyado en documentos difícilmente rebatibles, asegura que es de Andrés Bello, lo cual, por razones estéticas, es abiertamente discutido y hasta negado por los bellistas, a pesar de que debe entenderse que ese texto fue improvisado a toda carrera y sin pensar para nada en la poesía como tal. En realidad lo planteado por Calzavara tiene mucho sentido si, como parecería, era una canción para defender en Caracas el poder español ante la invasión francesa y no una canción patriótica independentista y republicana.

(Continuará)

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