LOS PRIMEROS PASOS DEL QUIJOTE (I)

La pequeña ciudad que nació bajo la sombra de la montaña cinética se ganó poco tiempo después el puesto de capital de la provincia por varias razones: porque a los conquistadores los impresionó la majestuosidad de esas montañas, porque el paisaje interno del valle les lució más familiar, más parecido a los que habían dejado allende la mar océana, porque querían alejarse de Coro que, aunque era un sitio bellísimo, se había llenado de historias que no querían recordar y, sin duda, porque la nueva villa era más segura de Coro, puesto que sus montañas ofrecían una forma de protección natural contra los piratas. Pero al poco tiempo de fundada los hechos vinieron a desmentir esta última razón. Corsarios ingleses tomaron la ciudad sin mayores complicaciones gracias a las indicaciones de un español de apellido Villapando, cuya muerte, aun cuando no hay de ello seguridad alguna, se habría producido poco después, cuando los asaltantes, en pago por sus servicios, lo ahorcaron en la entrada de Caracas, según Oviedo y Baños. El tal Villapando aparece en la narración de la “proeza” hecha por uno de los invasores ingleses como un hombre “débil y enfermo” (Núñez, Enrique Bernardo, Op. Cit., p. 50), capturado por los asaltantes en una carabela de la que se apropiaron en Cumaná. De la relación de Robert Davie se desprende que Villapando, luego de indicarles a los ingleses que no debían atravesar la montaña por donde los españoles tenían fuertes “en los que cien hombres podían atajar a diez mil”, no acompañó a los invasores sino se quedó esperando su liberación, que era el precio convenido por su información. El camino misterioso, que como todos fue practicado inicialmente por los indios, parece haber partido del Oeste de Caraballeda y desembocar en cualquier punto entre San José, Chacao y Anauco. Deben haber remontado el río San Julián o cualquier otro para ascender la montaña, bajar por el Sur y caer al valle, bien podría ser en el actual “Country Club”, o cerca de Altamira, y hasta por la zona de San José o Ñaraulí. Enrique Bernardo Núñez, en “La Ciudad de los Techos Rojos” supone que el informante debe haber sido Juan Sánchez de Villapando, a partir de un expediente levantado por Juan Fernández de León para el Consejo de Indias, cinco años antes del incidente con los ingleses. Sánchez de Villapando, según consta en dicho expediente, tuvo acceso al Registro General hecho por Diego de Losada como alcalde de Caraballeda, en el que se indicaba la existencia de varios caminos entre Caracas y la costa. Esa invasión de corsarios fue a fines de mayo de 1595, y poco menos de tres años antes el cabildo había pedido a uno de los pobladores de la pequeña villa, Hernando Sanz, que a cambio del permiso para importar mercancías en un viaje a España, trajera a Caracas una buena imagen de Santiago el Apóstol, a caballo y con su espada y los debidos ornamentos, que no debe haber sido muy útil ese 29 de mayo, cuando los piratas ingleses al mando de Amyas Preston, secuaz de Walter Raleigh (a quien los españoles, con su eterna incapacidad para pronunciar lenguas extranjeras, llamaban “Milor Guatarral”) se hicie­ron fuertes en el templo (esquina de La Torre) y las casas reales (esquina de Principal), luego de una prequijotesca escaramuza en la que cayó muerto el nobilísimo caballero Alonso Andrea de Ledesma, de cincuenta y ocho años o cincuenta y nueve, que en ese tiempo se tenía por la edad de un anciano al borde de la muerte, montado sobre un viejo rocín y cubierto con una armadura oxidada de orines y un bacinete a manera de yelmo. ¿No hay algo demasiado familiar en esa imagen? El villorrio tenía apenas veintiocho años de fundado y teóricamente era segurísimo, pero ya los ingleses daban muestras de una astucia que poco después los colocó a la cabeza del mundo. Alonso Andrea, llamado “de Ledesma” por ser su linaje de la villa de Ledesma, en la provincia de Salamanca, fue uno de los primeros conquistadores y pobladores del valle de Caracas, a donde llegó con Diego de Losada. Había nacido en 1536 o 1537, y a los 21 o 22 años, junto con su hermano, Tomé de Ledesma, se embarcó con armas y caballos hacia el Nuevo Mundo. Luego de un período en Santo Domingo, pasó a Coro, y luego a El Tocuyo, en donde se estableció ya casado con Francisca Matheos, hija de uno de los compañeros de Cristóbal Colón. La pareja tuvo muchos hijos, y entre sus descendientes están Cristóbal Mendoza y Simón Bolívar. Acompañó a Diego García de Paredes a fundar Trujillo en 1557, y también con García de Paredes estuvo entre los que acabaron con la aventura del Tirano Aguirre. En 1567 viajó con Diego de Losada a ocupar el territorio de los indios Caracas, en donde se quedó definitivamente hasta el día de su muerte, que fue el 29 de mayo de 1595, poco tiempo antes de que la magia de su sacrificio posiblemente crease, en la mente de Cervantes, aquel personaje que tanto se parece a él, excepto en el hecho de que don Alonso, el de la vida real, murió en desigual combate y en defensa de un territorio que no quería en manos de piratas, sino de gente honorable, como él, como sus descendientes. Su muerte impresionó vivamente hasta a los propios piratas que lo mataron de un tiro de arcabuz en la cabeza. El jefe de los asaltantes, Amyas Preston, luego de la heroica muerte de Andrea de Ledesma, y de sus curiosas exequias (los invasores lo cargaron sobre su escudo y le rindieron honores de héroe), se alojó en la casa de los gobernadores, que acababan de construir en la esquina de Principal para evitar que el Ayuntamiento tuviera que reunirse en la casa particular de uno de sus miembros, o del propio gobernador. Allí fijó un “rescate” de treinta mil ducados, pero los vecinos (Preston no pudo verlos ni hablar con ellos, sino con un representante, pues casi todos huyeron a los montes cercanos con todo lo de valor que pudieron cargar) eran pobres y avaros, y después de mucho dudarlo, hicieron una contraoferta que el inglés debe haber considerado ofensiva: cuatro mil ducados. La rechazó de plano, y le dio al comisionado una moneda de dos peniques para que los otros tuvieran que creerle que sí se habían visto. El 2 de junio, luego de nuevas y arduas (y, por supuesto, infructuosas) discusiones, los ingleses dieron un “ultimátum”: Si el 3, a mediodía, no tenían los piratas los treinta mil ducados, el 5 no tendrían los habitantes de Santiago de León su ciudad. Ya un indio le había asegurado a Preston que los ladinos españoles, con el regateo, no hacían otra cosa que ganar tiempo, en espera del auxilio que desde el principio pidieron a poblaciones cercanas, por lo que el asaltante, molesto porque el esfuerzo había sido casi en vano, y porque pensaba que los españoles había tratado de jugarle sucio, se retiró luego de destruir todo lo que pudo destruir y quemar todo cuanto pudo quemar. Salieron por donde mismo entraron, y no por el camino fortificado, ese que los caraqueños de hoy llaman “de los Castillitos”, que fue en donde los piratas, desde la distancia, encontraron “formidables” las defensas de los caraqueños. Lástima que fueran inútiles ante el asalto de los piratas que como única resistencia encontraron el heroico y personalísimo sacrificio del hidalgo don Alonso Andrea de Ledesma.

(Continuará)

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86 comentarios

  1. La residencia del gobernador (desde que estos se establecen en Santiago de León) fue siempre la misma casa donde sesionaba el Cabildo desde 1568, pues ya desde antes de fundarse la ciudad esta casa, en forma de «bohío», hacía de cuartel general del capitán poblador (Losada), que en tal cargo era equivalente al Teniente de Gobernador, quien era -a su vez- el representante del gobernador y este lo era representante del rey.

    El Cabildo sesionaba entonces, desde su inicio, en la «casa» de Losada, y desde 1576 o 1577 fue también «las Casas Reales» pues abajo actuaba el cabildo de la ciudad y arriba en piso alto vivía el gobernador, representante real.

    En cuanto al camino de regreso que siguió Preston, lo hizo por el camino real, el usado por los españoles, pues lo comprueba el relato del soldado de Preston que así lo narra y que ha quedado en la crónica (Ver: Herejes en el Paraiso), quien afirma que de vuelta al puerto, tuvieron oportunidad de «clavar» (poner un clavo en el ojo o agujero de ignición del cañón para inutilizarlo) y echarlo al barranco, en un reducto que -según lo poco que describe del foso que defendía dicho cañonzuelo o verso- no puede ser otro que el así llamado posteriormente «Fortín de El Salto», y que hacía, efectivamente, «formidable» la defensa de dicho camino, junto a otros reductos más arriba y abajo.

    La razón de haber optado Preston por esta vía de regreso a La Guaira, tan aparentemente temeraria, es que se evitaba el enorme esfuerzo de conducir su tropa por el tremendal y bregar casi imposible que habían tenido que vencer para caer por sorpresa en Cotiza cuando tomaron Santiago de León ese 29 de mayo, y a la certidumbre -absolutamente lógica para un capitan inteligente y sagaz como fue Amyas- de que esas «formidables» defensas en el camino real lo eran contra enemigos atacando desde el lado de La Guaira, no desde la retaguardia que representaba Caracas, por lo que en realidad, Preston burló a los caraqueños dos veces: a la ida y a la venida.

    Las amargas lecciones sacadas de esta sorpresa contra Caracas serán sumidas para siempre por las autoridades y vecinos de la ciudad, que tomaron en adelante muy buenas previsiones al respecto, y Santiago de León, es fuerza decirlo, jamás volvió a ser tomada por nadie más, hasta Boves.

    Saludos

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