Diego de Losada

LA ATRACCIÓN DEL CENTRO

Tanto Cumaná como Coro, aunque estaban, como Caracas, ubicadas en el Norte del territorio que se estaba convirtiendo en Venezuela, tenían el defecto de ser demasiado vulnerables al ataque de los piratas, especialmente los ingleses, que pululaban en el Mar Caribe. Por otra parte, Cumaná estaba muy al Este y Coro muy al Oeste del país (aunque inicialmente fue dividido en dos provincias, una correspondiente Cumaná y la otra a Coro, ya en aquellos días reclamaba la unidad que alcanzó en 1777), y parece obvio que el centro político y administrativo de ese conjunto debería estar más bien en el centro geográfico. Pero el centro geográfico tendría que estar en plenos Llanos, una zona demasiado cálida e inhóspita, que aún hoy, cuando existe el aire acondicionado y todas las invenciones modernas, no resulta fácil para vivir. Y aunque la historia no se hace a partir de intenciones y conveniencias definidas, la invención de Caracas fue fundamental para que Venezuela se convirtiera en un país verdadero. No fue un proceso fácil, pero sí lógico, y casi inevitable. Don Diego de Losada, natural de Rionegro del Puente, antiguo criado de la Casa de Benavente, hijodalgo y Caballero de la Orden de Santiago de León, descendiente de reyes y de príncipes y de uno que otro Cardenal pecaminoso, hijo de don Álvaro Pérez de Losada y de doña Catalina de Osorio, nacido en 1511, es un personaje omnipresente en Caracas, pero ignorado y sin rostro, pues no quedó de él retrato alguno, y trataron de engañarnos mostrándonos como suyo uno de un idealizado Señor de Benavente. Había llegado a Coro en momentos de agitación y enfrentamientos, cuando la población local sufría el gobierno de Bartolomé de Santillana, que en realidad se apellidaba Sayler y era alemán. Sayler era el segundo de Ambrosio Alfínger y quedó al mando cuando su jefe se fue hacia el Occidente, atravesó el Lago de Maracaibo y luego de cometer toda suerte de canalladas, fue muerto, según algunos por unos indios y según otros por sus soldados, en Chinácota, cerca de Pamplona y Cúcuta (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 13). Del tal Santillana/Sayler se cuentan muchas cosas, pero ninguna buena. Por eso hubo alegría en Coro cuando se supo que Alfínger había muerto y los Alcaldes Francisco Gallegos y Pedro de San Martín tumbaron a Sayler de la silla para ponerse ellos. Alegría que duró poco, cuenta Luis Alberto Sucre, pues los nuevos gobernantes siguieron atropellando a la gente a más y mejor, con lo cual establecieron un patrón que no ha dejado de seguirse hasta nuestros días (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 19). Saltemos a la torera a los Spiras y Boisas y Bastidas y Huttenes, así como a un Villegas (don Juan de) que fue antepasado de Bolívar, para llegar a Enrique Rembolt, de quien los historiadores dicen que puso a Losada en el camino de vuelta hacia la buena fortuna, que a la larga no resultó tan buena, pero sí suficiente como para convertirlo en fundador de la que después sería la capital de Venezuela, en donde nacieron varios de los personajes más importantes del país, y hasta del continente, uno de ellos su descendiente directo. No es difícil imaginar la profunda tristeza en la que debe haberse sumergido Losada, ya cumplidos los treinta años, que en esa época era una edad más que madura, sin haber conseguido ni la gloria ni la riqueza con las que soñaba a bordo del velero que lo sacó de España y lo llevó a las Indias Occidentales. En Coro debe haber sobrevivido, amargado por esa realidad de noches calurosas y de cielo lejano, idénticas las unas a las otras, mientras allá en España, en la España que ya estaba seguro de no volver a ver, muchos de sus conocidos seguramente disfrutaban de riqueza, honores y placeres que a él le estaban negados. En 1542 Coro había padecido el desgobierno de un portugués “de malos instintos” (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 36) que se dedicó a cazar jirajaras, los indios de la zona que hoy ocupa el estado Lara, para venderlos como esclavos, en provecho propio. Y a los indios eso más bien les disgustó, razón por la cual se dedicaron, con todas sus armas y triquiñuelas, a quitar del medio a los molestos invasores. La situación era gravísima, y el recién llegado gobernador Rembolt, que era muy teutón en todas sus ejecutorias, envió una fuerza de apenas veintidós hombres, comandada por Juan de Villegas y Diego de Losada, a combatir a los furiosos jirajaras. El bueno de Rembolt debe haber sido de los que somatizan el “stress”, porque cuando llegó la noticia a Coro de que Villegas, Losada y los otros veinte habían caído flechados (y no precisamente de amor) por los indios, el gobernador cayó en un profundo estado de postración y murió en cosa de días. Es obvio que no estaba bien dotado para un cargo de gobierno. Lo sucedieron los Alcaldes Bernardino Manso y Juan de Bonilla, que como que no eran ni tan manso ni tan bonilla y en el poquito tiempo en que estuvieron con el poder en las manos se pelearon entre ellos e hicieron toda clase de tropelías. Y si Rembolt murió por creer que Villegas y Losada habían muerto, Manso pasó a mejor vida al saber que estaban vivos y en camino hacia Coro a cobrarle las que había hecho. Bonilla optó por las armas del venado y se perdió en la neblina del tiempo. Es posible que se haya amancebado con una indígena de buen ver y haya fundado una larga familia en la región. Poco después llegaría el nuevo gobernador, don Juan de Carvajal, aquel que después mató alevosamente a dos alemanes y dos españoles y fue juzgado y condenado a morir en la misma ceiba que había usado para colgar a sus enemigos (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., pp. 43-44). En ese tiempo, Losada y Villegas se habían distanciado, y como Villegas se ganó la confianza de Carvajal, Losada optó por retirarse a Santo Domingo, de donde regresó en el séquito del nuevo gobernador, don Juan Pérez de Tolosa, que al poco tiempo lo envió a explorar y conquistar tierras altas, en los Andes. Pero el novelón no para ahí. A Pérez de Tolosa lo sucedió Villegas, que se reconcilió con Losada y junto con él fue a las tierras de los jirajaras y fundó Barquisimeto. Losada fue designado Alcalde de la nueva ciudad y consiguió nueve encomiendas de indios, que sumó a la que ya tenía en Cubiro. Se estableció, ahora sí disfrutando de algunas comodidades y ciertos placeres comparables a los que se habían quedado allende el océano, en El Tocuyo. En tiempos del gobernador Alonso Arias de Villasinda terminó formalmente la intervención de los Welser o Bélzares en Venezuela, luego de que el Consejo de Indias ratificó la sentencia condenatoria de Frías, en 1556. Otro gobernador, Alonso Bernáldez de Quirós, fue quien le dio la oportunidad de su vida a don Diego, luego de que él mismo al frente de un grupo de españoles intentó someter a los indios caracas, que durante el mandato de Collado, habían echado a los europeos con armas y bagajes del valle que descansaba bajo la montaña cinética. Bernáldez de Quirós no debe haberse destacado por su valor personal: la expedición fracasó a causa de su miedo, y también el miedo lo hizo negociar con piratas ingleses y franceses, por lo cual el nuevo gobernador, don Pedro Ponce de León lo hizo preso y lo envió a España, pero Bernáldez como que no tenía un pelo de tonto y, hecho el loco, se quedó en Santo Domingo (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 59). Con eso, y con enviar a Diego de Losada a conquistar la zona de los caracas, demostró que lo que le faltaba en valor le sobraba en viveza. Los indios del valle de los toromaynas, también llamados caracas por el nombre de una planta común en el sitio, se habían convertido en tema de conversación y de no pocas incomodidades en la corte de Madrid, y su amansamiento, así como la conquista de su territorio, era uno de los puntos de honor que llevaba en su portafolios don Pedro Ponce de León, el nuevo gobernador, ya viudo, que llegó a Coro con varios hijos (entre ellos Francisco, Rodrigo y Pedro el menor, que después estuvieron entre los fundadores de Caracas). Las órdenes expresas de la corte no le dejaban lugar a dudas: Tenía que dominar a los caracas, que ante el ruidoso fracaso de Bernáldez se habían hecho tema de escarnio y de burla de los funcionarios medios de la corte. Ponce de León, bien sea por salir de Losada haciéndolo fracasar o porque intuyó que su antecesor tenía buenas razones, confirmó la decisión de enviar a don Diego a pacificar la “provincia de Caracas”, empresa en la que habían fracasado, como dice Luis Alberto Sucre, “la astucia de Fajardo, el arrojo de Narváez, el indómito valor de Juan Rodríguez y la cautela de Bernáldez” (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 62). Y ahora sí que llegamos a donde queríamos llegar.

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