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EL VIAJE AL EDÉN

La expedición con la que finalmente los dioses barbudos ocuparon el hermoso valle que está al pie de la montaña cinética no se debió al acaso o a la casualidad. Desde 1548 empezaron a correr serios rumores de que en aquel valle de los indios caracas había grandes minas de oro que los indígenas cuidaban con furia. También tuvo mucho de aquellas marchas que llevaron a los europeos hasta Jerusalén para arrebatársela a los que consideraban indignos de ser los amos de aquellos espacios sagrados. Al fin y al cabo solo había pasado un suspiro desde aquellos días de las Cruzadas, y en la mente de muchos españoles estaba la idea de que habían atravesado el océano para redimir a los indígenas que aún no conocían el mensaje de Dios. No importaba que muchos de ellos, casi todos, lo hicieran por ambiciones personales, y que muchos de ellos lograron que les “encomendaran” indios y se aprovecharon de esas encomiendas para tener a su servicio esclavos, sirvientes que reventaban bajo la dura “protección” de aquellos dioses barbados. No es probable que fuesen muchos los que se preguntaron si hacían bien. Era la realidad que tenían ante sus ojos, y que de repente se convertía en banderas y lábaros de colores, con cruces o imágenes de santos, que brillaban todos bajo un sol de muchos soles que los guiaba hacia el Edén prometido. Todos (casi todos) iban convencidos de que Dios los guiaba. Con pregones se proclamó por Coro, El Tocuyo y Barquisimeto que el señor don Diego de Losada, que ya era un hombre de cincuenta y cinco años, que en ese tiempo era una edad avanzada, intentaría conquistar y poblar aquellas tierras hermosas que Guacaipuro y los suyos habían defendido con valentía y fiereza. El espíritu caballeresco afloró inmediatamente en aquellos que añoraban los tiempos de la caballería, los tiempos en que sus abuelos defendían el honor de una dama y retaban a quien se les atravesara. No tenían idea de que poco tiempo después, por una hazaña cumplida en la ciudad que iban a fundar, el más grande escritor de todos los tiempos convertiría su mester en poesía, y a la vez en burla y tragedia. En pocas semanas se reunió un ejército que muy poco difería del de Myo Cid Don Rui Díaz de Vivar. Y con las primeras luces de 1567 salió aquella vistosa expedición de El To­cuyo. Se detuvo en Nirgua, que entonces se llamaba Villa Rica y aún recuerda en su iglesia, por medio de una placa en una de sus paredes, la visita. Allí, entre fiestas, misas y alegrías se encomendó el ejército a San Sebastián, abogado contra las flechas de los indios que con toda seguridad tratarían de detener su marcha. Bajaron como alegres romeros que dejaban ondear sus telas de diversos colores por los cerros que llevan al gran valle que aloja el lago que hoy llamamos de Valencia, y en Mariara contuvieron su avance para contarse, para rezar de nuevo y pasar revista al presente y al porvenir. Con Losada emprendieron la jornada hacia el Valle de San Francisco, Francisco, Pedro y Rodrigo Ponce de León, hijos del gobernador, Gonzalo Osorio, Gabriel de Ávila, Francisco Maldonado de Almendáriz, Francisco Infante, Pedro Alonso Galeas, Francisco Gudiel, Alonso Andrea de Ledesma, Tomé de Ledezma, Francisco de Madrid, Bartolomé de Álamo, Sancho del Villar, Melchor Gallegos y otros muchos, según la lista que ofrece Oviedo y Baños, reproducida por J. A. de Armas Chitty (De Armas Chitty, J. A, “Caracas, Origen y Trayectoria de una Ciudad”, Tomo I, Fundación Creole, Caracas, Venezuela, 1957, Cap. II, nota 12, pp. 29-30). Pueden ser ciento treinta y uno los nombrados, sin los curas Baltazar García y Blas de la Puente. Tomando en cuenta que don Juan de Pimentel afirma que con el conquistador y fundador Losada fueron a Caracas ciento treinta y seis hombres, hay que deducir que a Oviedo y Baños se le perdieron algunos, quizá tres. ¿Será que por cuestión de rimas, Ulloa los omitió? (Según María Teresa Bermejo de Capdevila (“Análisis de documentos para el estudio de la fundación de Caracas”, 1967), citada por Isaac J. Pardo en “Tierra de Gracia”, la fuente de Oviedo y Baños en lo relativo a la fundación de Caracas fue un fragmento de la crónica en verso de Fernán Ulloa, el soldado poeta contratado a tal efecto por el gobernador Osorio). Entre los nombrados sí está Francisco Infante, que es sexto abuelo de Simón Bolívar y de Antonio José de Sucre. Entre sus descendientes va a estar también un gran poeta: José Antonio Ramos Sucre. También son antepasados de Bolívar Francisco Maldonado de Almendáriz (o Almendaris), Francisco de Madrid (o de Madriz) y Alonso Andrea de Ledesma. Es muy posible que casi toda la población venezolana que desciende de españoles, se haya mezclado o no con descendientes de indios y de africanos, esté representada en esa lista que da Ulloa. Otros descenderán de los que se quedaron en Coro o en El Tocuyo, pero la mayoría de los hombres españoles que podían tomar las armas en aquel momento estuvo en esa gran expedición que se aprestaba a mudar la Historia al centro. Y también hay en la vistosa Cruzada unos ochocientos indios amigos de los invasores, y entre ellos puede haber una buena cantidad de hijos o nietos de blancos y de mestizos. Solo faltaría, que sepamos, el elemento verdaderamente africano para que ya se pueda ver el porvenir de la patria hasta los tiempos en que empezaron a llegar los inmigrantes que huían de una realidad europea nada grata, o los chinos que empezaron a venir durante el siglo XIX, cuando en su tierra descubrieron que no eran en verdad el centro del mundo. Losada enfiló hacia el Este por los Valles de Aragua, y al llegar a lo que ahora es Tejerías (Estado Aragua), empezó a ascender por Las Cocuizas y la Fila del Marqués, pasar por Las Lagunetas y el Pozo de Rozas hasta llegar al río San Pedro, para evadir por el Norte a los indios teques, famosos ya por su resistencia a los conquistadores. Pero allí en el vallecito de San Pedro lo esperaban los indios comandados por Guacaipuro. El 25 de marzo de 1567 fue la gran batalla, que Oviedo y Baños describe con lujo de detalles. Losada y los suyos, después de mucha pelea con los teques, los tarmas, los mariches, los arbacos y otras tribus, consiguieron rebasar el sitio, y siguieron la corriente del San Pedro hasta el punto en donde se en­cuentra con el Macarao para formar El Guaire, sitio que los españoles llamaron “Valle de San Jorge” y terminó conociéndose como Las Adjuntas. En vez de ir hacia adelante, la partida dobla a la derecha, rumbo a lo que llamarán “Valle de la Pascua”, que con el tiempo debe haber perdido la alegría porque hoy es simplemente El Valle. Inicialmente se llamó así porque Losada y los suyos llegaron al sitio el día de Pascua Florida. Hoy es parte de Caracas, aunque por mucho tiempo fue una población separada de la capital. Allí se detienen a descansar y reorganizarse. Para vengar unos indios amigos que cayeron en una emboscada, los españoles salieron en expedición e hicieron una nueva masacre. Capturaron y liberaron al indio Chacao, después de explorar sus tierras, seguros de que lo habían amedrentado. Pero el cacique Chacao no se conformó con la idea de perder, sin dar guerra, aquellos territorios en los que era jefe; se escondió en las colinas y empezó a hostigar a los invasores, con lo cual los obligó, cuando dejaron El Valle, a desviarse hacia el Oeste. Y en fecha incierta, tan incierta como las leyendas y los mitos, don Diego de Losada fundó la ciudad de Santiago de León de Caracas en el mismo sitio en el que Rodríguez Suárez fundó su San Francisco, que es muy cerca de donde hoy está la Plaza Bolívar. Así fueron los hechos.

Publicado enAméricaHistoriaVenezuela

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