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TIRANO DE SOMBRA Y FUEGO (II)

El 21 de junio de 1561 entró a saco en la Isla de Margarita, desde el Norte. Uno de sus navíos entra por Paraguachí (hoy La Plaza) y el otro por el lugar que aún se llama “El Tirano” o Puerto Fermín. Allí asesinó, entre otros, al teniente de gobernador, Juan Gómez de Villandrando, a doña Ana de Rojas, esposa de Diego Gómez de Ampuero y madre de varias mujeres importantes, suegra de personajes notables y abuela de siete seño­ras que pasarían después a la historia de Caracas como esposas de los que se llamarían “los amos del valle”. Pero sus propias intrigas se volvieron en su contra, y uno de sus marañones, Pedro de Monguía, le dio al jefe de los dominicos, fray Francisco de Montesinos, el soplido de que el Tirano tenía planes de pasar a Tierra Firme, lo cual fue de inmediato informado por el religioso a las autoridades de la provincia, que se prepararon lo mejor que pudieron para combatir aquel grupo que durante mes y medio asoló la isla de las perlas.

Desde Margarita, Aguirre le escribió a Felipe II una carta que es un verdadero poema, o a la locura o a la libertad o a la justicia o a la muerte que seguramente presentía, pero, en todo caso, al alma inmortal de los españoles: “Mira, mira rey español, que no seas cruel a tus vasallos ni ingrato, pues estando tu padre y tú en los reinos de España sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes, y mira rey y señor, que no puedes llevar con título de rey justo ningún intereso destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en ello han trabajado y han sudado sean gratificados. “Por cierto tengo que van muy pocos reyes a infierno porque son pocos, que si muchos fuérades, ninguno pudiera ir al cielo, porque aun allí seríades peores que Lucifer, según tenéis ambición y hambre de hartaros de sangre humana; mas no me maravillo ni hago caso de vosotros, pues os llamáis siempre menores de edad y todo hombre inocente es ‘Loco’”. El marañón Pedro Alonso Galeas, uno de los que en 1567 acompañará a Diego de Losada a inventar Santiago de León de Caracas, desertó una madrugada, harto de las ocurrencias del de Oñate, y ratificó a las autoridades de Tierra Firme que su antiguo jefe desembarcaría por Borburata e iría a tomar Barquisimeto para luego caer sobre Coro y apropiarse de todos aquellos territorios que reclamaba para su extrañísimo reino. Aguirre desembarca en pie de guerra, en Borburata, el 2 de septiembre de 1561. A pesar de los avisos, el gobernador Pablo Collado no le hace frente en la costa. Envía a combatirlo a varios de sus mejores hombres, entre ellos Juan Rodríguez Suárez, que muere en el camino, en Las Lagunetas, cerca de Los Teques, al ser emboscado por Guacaipuro (que conservará su espada como un trofeo de guerra) y Paramaconi, en acción que será vengada en 1567 por Diego de Losada y Francisco Infante. El 29 de septiembre llega Aguirre a Valencia después de haber hecho horrores en Borburata. También en Valencia deja un reguero de sangre antes de seguir hacia Occidente, rumbo a Barquisimeto, en donde se enfrenta a Diego García de Paredes que cuenta entre los suyos a Gutierre de la Peña, Alonso Andrea de Ledesma y Tomé de Ledezma.

El 22 de octubre llega el Tirano a la actual capital del Estado Lara, y el 27, abandonado por sus marañones, encuentra la muerte. Poco antes de quedar sin vida mata de varias puñaladas a su hija natural, llamada Elvira, luego de haber asesinado al novio, Pedrarias de Almesto, a quien había perdonado la vida un par de veces, y gritar, como para que quedara escrito en la historia: “¡Muere, hija, porque no quiero que en viviendo te llamen la hija de un traidor!”, lo cual, de ser cierto, implicaría que ni estaba tan loco, ni era tan inocente, ni ignoraba que había cometido actos que jamás obtendrían el beneficio del perdón. García de Paredes dejó que fuesen los propios marañones los encargados de la venganza divina, y en un acto muy de su momento descuartizó su cuerpo y envió en sendos garfios partes de él a distintos pueblos de toda la provincia, como para que nadie pensara, en lo sucesivo, en alzarse contra el poder del rey. Una advertencia que rindió sus frutos hasta que llegaron a estos mundos unos hombres cuyas miras estaban mucho más allá de aquellos y estos horizontes, unos hombres que nacerían en la pequeña ciudad que aún no había fundado don Diego de Losada.

FIN.

TIRANO DE SOMBRA Y FUEGO (I)

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