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TIRANO DE SOMBRA Y FUEGO (I)

Las Indias, América, el Nuevo Mundo, se fueron forjando poco a poco como un espacio distinto a todo lo que hasta entonces había existido. Un espacio en el que se mezclaron muchos espacios y muchas formas de pensar y de actuar. En 1532, en Salamanca, Francisco de Vitoria, profesor de teología, había negado de plano el derecho de España a ocupar las tierras americanas, o indianas, o como quiera que las llamaran. Proclamaba que no puede adquirirse por ocupación nada que sea de alguien, y esas tierras eran de los indígenas. Y negaba también el derecho del Papa a conceder a ningún príncipe la posesión de aquellos países sin el consentimiento de sus habitantes, de modo que la conquista no era otra cosa que un robo, y los conquistadores eran, por tanto, simples ladrones, miserables delincuentes.

Cinco años después llegaba a las nuevas tierras un personaje que como pocos se ajustaba a la visión que de esos aventureros tenía Vitoria, y que además es una de las figuras que más ha fascinado a quienes miran hacia las regiones de tinieblas y antorchas en nuestro mundo: Lope de Aguirre, el “Tirano”. A Vicente Gerbasi, nacido en Canoabo, a poca distancia de la población de Aguirre en las montañas de Carabobo, le sirvió para su “Tirano de sombra y fuego” (Tipografía La Nación, Caracas, 1955). Miguel Otero Silva lo plasmó en su “Lope de Aguirre, Príncipe de la libertad” (Seix Barral, Barcelona, España, 1979). Casto Fulgencio López lo estudió en “Lope de Aguirre… el Peregrino” (Tipografía Americana, Caracas, 1947). Arturo Uslar Pietri, en “El Camino de El Dorado” (Editorial Losada, Buenos Aires, Argentina, 1947) lo convierte en símbolo. Y la imaginación popular lo ubica en los fuegos fatuos, tal como Gerbasi:

“Con un fulgor de huesos, con barro entre los dientes,
vas buscando en la sombra a tus viejos soldados
caídos en mesetas lunares del Caribe.
(…)

Tu muerte ya no es muerte, sino un viaje que empieza
en las cumbres incaicas y sigue por las selvas
y pasa a nuestra tierra que reservó la noche
para que tú habitaras gobernando en el tiempo
fuegos fatuos, aullidos y el canto de los gallos”.

(Gerbasi, Vicente, “Tirano de sombra y fuego”, Ediciones de la Corporación Venezolana de Fomento, Caracas, Venezuela, 1967, p. 17)


El personaje histórico que se asomó en la bella visión del poeta fue uno de los más interesantes y terribles del comienzo de la América humana. Muerto en Barquisimeto cinco años y medio antes de la fundación de Caracas, cuando la Historia todavía estaba en Occidente pero se preparaba a mudarse al centro, había nacido de familia de hidalgos en Oñate, en España, en torno al año de 1511, es decir, apenas doce o trece años después de que los ojos enfermos del almirante vieran por primera vez lo que después sería Venezuela, y el mismo año en que nació Diego de Losada. En 1537, a los veintiséis años, ya estaba en el nuevo Mundo, en el Virreinato del Perú y como seguidor del virrey Blasco Núñez de Vela, con quien viajó también a la actual Nicaragua. Once años después de haber atravesado el Atlántico, o sea en 1548, estaba de vuelta en las alturas andinas de la América del Sur, en donde iniciaría su increíble periplo, que hasta la cinematografía alemana ha tratado de recrear. En Chuquisaca, en la actual Bolivia, empezó su carrera de rebelde, de “príncipe de la Libertad”, cuando se sumó al alzamiento de Sebastián de Castilla y participó en el asesinato del corregidor Pedro de Hinojosa, en 1553. Ya entonces, por sus actitudes y su exhibicionismo, lo habían apodado el “Loco” Aguirre, y fue condenado a muerte, pero indultado en breve tiempo.

Poco después, en 1560, Aguirre se enroló en una expedición que buscaría El Dorado comandada por uno de su misma estirpe, pero que no tuvo en sí tanta magia como él. Pedro de Ursúa era su nombre, y lo acompañaba su amante, Inés de Atienza, digna también de todo tipo de leyendas. El alférez general era Fernando de Guzmán, no menos loco que Aguirre, pero sí mucho menos genial. El cargo que desempeñaba “Loco” en aquella extraña expedición de aventureros era nada menos que el de “tenedor de bienes de difuntos”, lo cual debe haberle dado una escalera a las regiones más altas de la imaginación. Cuántas vueltas le habrá dado a sus ideas, cuántos difuntos habrá creado para quedarse con sus bienes. Cuántos fantasmas habrá puesto a danzar en aquellas noches pobladas de fuegos fatuos, que eran sus hermanos, el “Loco” Aguirre, ya envuelto en su capa de muerte y de brillo. Que se dedicó con toda seriedad a intrigar es algo que nadie discute. Aprovechaba las noches y los descansos para sembrar la discordia entre aquellos que iban en procura de riquezas inmensas que, de lograrlas, les permitirían hacer el viaje inverso por las rutas del Atlántico y regresar a sus comarcas natales convertidos en hombres riquísimos a quienes los hasta poco antes más afortunados que ellos tendrían que adular. El viaje, a bordo de tres bergantines y una constelación de canoas, se inició por el río Huallaga el 26 de septiembre de 1560. Atendían a noticias que habían llegado casi todas desde el Norte, según las cuales había una ciudad en la que el material de construcción era el oro y los adornos eran piedras preciosas, y estaba situada hacia el Sur o el Sureste de donde quiera que los barbudos preguntaran. Unos trescientos europeos y un número mucho mayor de indígenas formaban aquel ejército que se disponía a invadir el infierno. Pasaron por la confluencia de los ríos Napo y Ucayali y cuando noviembre se acercaba a su fin llegaron al territorio que hoy se llama Brasil, en donde se quedaron cerca de un mes. Las intrigas de Aguirre hicieron que la gran mayoría de los barbudos se alzara en armas contra Ursúa, que dejó allí sus huesos enfermos de ambición. El 1º de enero de 1561, muertos Ursúa y sus pocos fieles, asumió el mando el pobre don Fernando de Guzmán, que se creyó con el poder que en realidad tenía Aguirre y se puso los títulos de Príncipe del Perú, Tierra firme y Chile, mientras Aguirre parecía conformarse con el de maestre campo, y otro tocado de ambición, Juan Alonso de la Bandera, moría sin saber por qué. Poco después lo siguió el pobre Guzmán, tal como tal como la pobre doña Inés, amante ahora de Guzmán y que a pesar del nombre tuvo un destino bastante más sangriento que la de la versión decimonónica de la leyenda de Don Juan, la de Zorrilla. El 23 de marzo habían firmado un acta, seguramente inspirada por Aguirre, en la que renegaban de las tinieblas de Felipe II y del poder de España, que sería poco más o menos lo mismo que harían los hombres de luces un cuarto de milenio después. Ya sin máscara, convertido en el caudillo de aquel extraño grupo de conquistadores en nombre propio y de su propio reino, no muy distinto al que seis o siete años antes había proclamado el Negro Miguel por los lados de Buría, Lope de Aguirre descendió por el majestuoso río Amazonas y al llegar al océano Atlántico dobló hacia el Norte, rumbo a lo que hoy es Venezuela. Lo acompañaban los que ya se llamaban los “marañones”, por el nombre de uno de los ríos que vieron los primeros destellos de aquella aventura.


(Continuará)

Publicado enAméricaHistoriaVenezuela

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