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EL SONIDO DE LAS SOMBRAS (II)

Mapa antiguo de AméricaPara simplificar: Dos formas culturales que se dieron un Topetazo de Padre y Señor Nuestro, y aunque quieran decir lo contrario, ambas salieron maltrechas. Una más que otra, pero las dos se llevaron lo suyo. Los habitantes que hoy llamamos “precolombinos” perdieron su personalidad y su poder y sus riquezas. Y hasta sus vidas. Los españoles, si bien se enriquecieron en lo inmediato, muy poco tiempo después descubrieron que eran otros los que habían ganado en riqueza y en poder. Como suele suceder, aquella inundación de riquezas pasó sobre la superficie de España, se llevó todo lo que pudo, como un aluvión, y dejó el territorio español venido a menos mientras ganaba el resto de la vieja Europa. El caso de México, la tierra de Zea, es uno de los más precisos, porque allí había una cultura importante, equivalente a varias de las que existían en el Asia en su momento, y fue capturada por un puñado de aventureros, encabezados por Hernán Cortés, que tuvo la inmensa suerte de llegar a las costas mexicanas en 1519, cuando las profecías anunciaban que por el Oriente vendría un dios al que debían someterse los de este mundo, es decir, los mortales. Moctezuma y los suyos no se dieron cuenta de que esos dioses barbudos, con cuerpos de metal, eran tan mortales como ellos, y rindieron un inmenso imperio a apenas seiscientos sesenta y cinco hombres que supieron aprovechar al máximo las diferencias culturales existentes entre ellos y los otros, en tanto que Moctezuma y los suyos padecieron de todo lo contrario, y no supieron aprovechar las muchas debilidades de los pretendidos dioses. Lo ocurrido en ese proceso (y en el del Perú, en donde unos años después de lo de México, el extremeño Francisco Pizarro, primo segundo de Cortés, capturó y traicionó a Atahualpa y entró a saco en el Cuzco de los Incas, para ser asesinado tiempo después por los propios españoles), mucho más que la lingüística, la antropología comparada y las pirámides, que también las hubo (y las hay) en el Sudeste asiático, tal como en México y la América Central, indica que los primeros habitantes de nuestro continente, esos que los europeos avasallaron, aplastaron y humillaron a base de fuerza y de no respetar el honor ni las creencias ajenas (lo que les hicieron a Moctezuma y a Atahualpa, sin ir más lejos), eran asiáticos. Tan asiáticos como los chinos, y con características mentales muy parecidas, que deben haberles llegado por medio de las espirales de ADN. En tiempos diferentes y con efectos parecidos, los chinos estaban convencidos de ser los amos del mundo, de estar en el centro de la tierra (el nombre Conquista de Chinade China, en chino, es Zhong Guo, “país del centro”) y de ser invencibles, salvo si fuerzas sobrenaturales se imponían y querían su derrota, en cuyo caso no tenía sentido pelear. Y tanto los unos como los otros fueron derrotados para imponerles cambios culturales muy cuestionables. No hablo de la imposición, en nuestro caso, del cristianismo o el idioma castellano, sino de costumbres que han dañado irreversiblemente un mundo, lo cual es también notable en Venezuela, en donde no había una civilización importante, sino seres humanos que estaban integrados a la naturaleza y vivían sin dañar a nadie, equilibrio que fue destrozado por la presencia europea, no solo con sus costumbres civilizadas, lejanas a lo natural, sino también con sus enfermedades, que asesinaron más indígenas que todos los arcabuces y todos los cañones y todas las bombardas que puedan haber utilizado para masacrar a los dueños de las tierras que los dioses blancos se apropiaron en el proceso del Topetazo. Dicen que la historia la escriben los vencedores. Lo cual no es del todo cierto. Polibio no era precisamente un vencedor sino un griego derrotado y capturado, y fue el primer historiador romano, que formó parte de aquel proceso que definió muy bien Horacio en apenas cinco palabras: “Græcia capta Ferum victorem cepit”; por lo que supongo que habrá que decir, como fue el caso en nuestro mundo: la historia la destruyen los vencedores. Que me perdonen los eruditos y los académicos: España, Portugal, Inglaterra y otros países vaciaron a América de sus riquezas y algunos dirán que las utilizaron muy bien en el caso de los ingleses y no tan bien en el de los españoles y los portugueses. Pero lo que nadie puede discutir es que actuaron como raposas bien vestidas, zorras con armadura, ventaja y alevosía, que le arrebataron los huevos a una pobre gallina, y la mataron, de paso. ¿Qué puede haber pensado un Guacaipuro, por ejemplo, de los conquistadores que llegaban a apropiarse de las tierras que eran de él y de los suyos? Guacaipuro y sus hombres y mujeres eran mucho más sabios que los invasores. Vivían cerca de la naturaleza, disfrutando de lo mucho que les daban la montaña y los valles y los ríos, y sin dañarlos. Desde luego, no es que se tratara de la perfección, pero estaban mucho más cerca de ella que nosotros. Como lo están los actuales “indios”, que nos llaman, no sin cierta sorna, “civilizados”. Aquellos primeros habitantes de nuestras tierras vivían en paz con la naturaleza y con ellos mismos. Llegaron los conquistadores y se acabó la paz. Vea usted lo que han hecho. Mire los cerros, mire el valle, y se dará cuenta de que yo tengo razón. Pero la historia la destruyen los vencedores, y hoy vemos que Diego de Losada y los suyos son unos héroes o unos villanos, según el cristal con que se les mire. No fueron ni héroes ni villanos. Fueron seres humanos de su tiempo, y como tales actuaron porque no podían hacerlo de otra manera. También lo fue Guacaipuro, pero murió achicharrado en un gesto inútil, que solo sirvió para que los europeos, un poco en el tono de “La Araucana” de Ercilla, lo exaltaran como una manera de exaltar aún más a quienes lo vencieron. ¡Cuántas páginas pueden llenarse con consideraciones como estas! Hay allí una cantera inmensa, pero no para escribir Historia, sino para mezclar realidad y ficción y lograr resultados maravillosos. Pero, si hablamos de Historia, tendremos que reconocer que, en realidad, se necesita que haya un registro, una prueba documental, y esa prueba documental empezó en agosto de 1498 y ha ido armándose, letra sobre letra, página sobre página, documento sobre documento, durante ese medio milenio lleno de vida y de muerte. La suerte de los conquistadores llegados a Venezuela no puede haber sido peor. Llegaron en busca de oro, y el poco que consiguieron no valía el esfuerzo que tenían que hacer para denunciarlo. Consiguieron añil, el colorante azul equivalente al granado de la chinchilla que encontraron en México y en Centroamérica. Después podrían explotar, a duras penas, cacao y otros productos agrícolas que enviaban a España a precios miserables. Pero no consiguieron los metales preciosos que buscaban. Para colmo, se encontraron con esos seres convencidos de que para vivir basta con estar vivo, y para alimentarse es suficiente con estirar los brazos y arrancar los frutos que están allí para que los hombres y los demás animales los tomen. O que hay que hacer como los otros y cazar a los animales que están allí para ser cazados. Esa era la voluntad de los dioses. Ese cuadro generó una realidad distinta a la europea y a la africana y a la asiática, que Bolívar entendería muy bien. En todo caso, aquel mundo que hoy podemos imaginar como idílico, desapareció, ya no es, ya no existe. Murió por varias causas: la violencia, las enfermedades y, sobre todo, el mestizaje. Hoy quedan apenas restos mínimos en zonas de muy difícil acceso, y que solo sirven como vitrina de lo que fue, pero que nada dicen de lo que pudo ser. En Caracas, que un siglo después de la llegada de los europeos ya era la villa más importante de una región sin importancia y la capital de su provincia más notable, que en verdad tenía poco de notable, se formó una sociedad muy particular, en la que en muchos sentidos parecía posible llegar al cumplimiento de la Utopía de Tomás Moro. Y a la larga demostró que tenía una gran vocación igualitaria, superior a la del resto del Nuevo Mundo. Esa podría ser la causa de que produjera a Miranda, a Simón Rodríguez, a Andrés Bello y a Simón Bolívar. Y esa, también, puede haber sido la causa de que, durante tres siglos, en Venezuela, y especialmente en Caracas, se gestara, poco a poco, lo que se hizo realidad en el primer tercio del siglo XIX: la Independencia de la América humana.

FIN.

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