Plano de Caracas

EL DÍA DE CARACAS (IV)

Entre los descendientes de Diego de Losada hubo muchísimos próceres venezolanos, como el primer presidente del país, Cristóbal Mendoza (Suárez, Ramón Darío, “Historial genealógico del Doctor Cristóbal Mendoza, 1772-1829”. Sociedad Bolivariana de Venezuela, Cara­cas, Venezuela, 1972) y el famoso “Diablo” Briceño, (Antonio Nicolás Briceño (1782-1813), que también era pariente de Simón Bolívar por otro linaje, pues ambos, tal como Cristóbal Mendoza, descendían del conquistador Sancho Briceño (1506-1565)) que terminó enemistado con Bolívar, y no por razones genéticas, puesto que Bolívar también era de los descendientes de Losada y los de Infante, como puede serlo una cuarta o quinta parte de los venezolanos con genes españoles, mezclados o no con genes indígenas o africanos, pues una simple operación matemática (222= 4.194.304) demuestra que si dos hijos de Losada o de Infante llegaron a la madurez, y cada uno de sus descendientes (hombres o mujeres) hasta la vigésima segunda generación, que en este caso podría corresponder a nuestro tiempo, tuvo a su vez, en promedio, un par de hijos, en la actualidad, luego de veinte y tantas generaciones, puede haber en Venezuela más de cuatro millones de descendientes directos de Losada y de Infante o de Losada o Infante, los protagonistas de esa primera intriga caraqueña. Todo lo cual viene a reforzar la tesis de que la fundación de Caracas no se efectuó; pues, sin caer en el curioso determinismo histórico del psiquiatra y novelista Francisco Herrera Luque (Herrera Luque, Francisco, “Los Viajeros de Indias”, Imprenta Nacional, Caracas, Venezuela, 1961), que utilizó fórmulas rituales, entre otros recursos, en su intento por probar su tesis de que todos los descendientes de conquistadores (que deben cubrir un setenta por ciento de la población de la América latina, sobre todo en las provincias pobres, como lo fue la nuestra) son o pueden ser definitivamente locos, no es difícil entender que mucho del carácter nacional, como la política intrigante, el “tinterillismo”, (Se entiende ahora “tinterillismo” como palabra derivada no solo del americanismo “tinterillo”, sino de “tinterillada”, que significa mentira o embuste) el desorden y el falso respeto por las instituciones que en realidad se desprecian o se saltan a la torera, debe partir de las características individuales de aquellos conquistadores, buscadores de lugares mágicos, como aquél que deben haber inventado los indígenas para quitarse de encima esos seres ávidos de metales preciosos (“El Dorado”, cuyo nombre posiblemente haya nacido de la leyenda de un cacique que se bañaba en polvo de oro todos los días, y que vivía en una ciudad que era toda de oro y piedras preciosas), y de caminos que los llevaran al sitio que la suerte les había negado al nacer; en especial de alguien tan apasionado y consciente de su origen caballeresco, en los tiempos en que la caballería se había venido a menos y ya era objeto de burlas (y de obras maestras nacidas de esas burlas), como lo fue Diego de Losada, que murió oscuramente en tierras de lo que hoy se llama Estado Lara, claramente ofendido por no haber logrado que se le ratificara el mando en la villa que había fundado, y posiblemente muy consciente de que esa villa tenía, en su medio, menguado pero lleno de esperanzas, un gran porvenir. En resumidas cuentas, no es nada difícil imaginar que un hombre valiente, trepador, talentoso, nacido en cuna ilustre pero condenado a quedarse a medio camino si no demostraba ser, como lo demostró, audaz y atrabiliario, y además partidario de hacer las cosas a su manera, no haya cumplido con las ceremonias que otros, como Infante y los de su partido, que tanto se le parecían, querían hacer creer que consideraban indispensables, y que esa haya sido una de las verdaderas causas (o excusas) de que lo denunciaran ante Ponce de León. Así deben haber nacido las facciones, godos contra patriotas, liberales contra godos, los unos contra los otros. Poco ha cambiado eso en los últimos cuatrocientos y tantos años. Y ya no es fácil tener la esperanza de que va a cambiar. Y todo eso es lo que me lleva al convencimiento de que Santiago de León de Caracas se fundó a pocos pasos de la puerta de la Catedral, en el lugar que hoy se conoce como esquina de La Torre, el lunes 1º de abril de 1568 a las ocho y doce minutos de la mañana, aunque no haya sido así.
Ha podido serlo, y es más que suficiente.

FIN

EL DÍA DE CARACAS (III)
EL DÍA DE CARACAS (II)
EL DÍA DE CARACAS (I)

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2 comentarios

  1. Poco se sabe de las intrigas que sucedieron luego de la fundación de Santiago de León el 1 de marzo de 1568.

    Para eliminar cualquier otra fecha posterior a ese 1 de marzo, que casualmente es el Día de SAN LEÓN Magno, basta leer el documento que reproduce NectarioMaría en su famoso libro sobre la Historia y Fundación de Caracas, en el que ya se menciona «Santiago de León» el 4 de marzo de 1568.

    Pero lo que nos ocupa es Losada versus Francisco Infante.
    Sucede que, luego de la fundación de la ciudad (ese 1 de marzo), esta ya tenía justicias y jefes que hablaran y decidieran por ella, que eran sus Alcaldes. Losada entonces pasaba a ser un mero Teniente de Gobernador, simplemente, y las decisiones relevantes en adelante las tomaba el Cabildo y en particular sus alcaldes.
    También hay que tomar en cuenta que el cargo de Capitán Poblador de Losas había terminado ese 1 de marzo, si no antes, pues sólo duraba un año por la Conducta que le había expedido Pone de León en 1567.
    Losada, pues, estaba ya fuera de lugar, invalidado legalmente en cuanto a jefatura, y no es difícil imaginar que por esto tuvo controversia con los Alcaldes legítimos.
    Optó por irse a pelear con Pone de León, cuando este le da la razón a los alcaldes.

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