Castas, pintura de Miguel Cabrerar

ARCHIPIÉLAGO DE COLORES (I)

No se puede entender la Historia si se trata de aplicar al pasado la escala de valores del presente. Hoy nos puede parecer totalmente inhumano y absurdo el clasificar a los seres humanos por el color de la piel, pero en tiempos de la Colonia era algo absolutamente natural. ¿Quién podía suponer entonces, como ahora sabemos, que toda la humanidad proviene del África? Las mutaciones que han sufrido varios grupos de seres humanos, como la pérdida de la melanina por razones climáticas, son relativamente muy recientes, pero en el siglo XV o en el XVI eso no lo sabía nadie. Los españoles de esos tiempos, que en el pasado inmediato habían expulsado de sus tierras a los moros y a los judíos, con lo que perdieron una fuente casi inagotable de progreso y sabiduría, se limitaron a aplicar lo que creían correcto, y a nadie se le ocurría que era una barbaridad. Fue esa época, para España, nefasta. Si bien “conquistó” un mundo nuevo, lo hizo a costa de su propia vida. Perdió centenares de miles de hombres que pasaron a ese Nuevo Mundo y, para colmo, la España despoblada tuvo serios inconvenientes naturales. Aquello fue un parto terrible, agravado por la discriminación racial. Eso que hoy llamamos “apartheid” y se practicó en Sudáfrica hasta hace nada, o lo que con el nombre de discriminación racial se sigue usando en los Estados Unidos aunque con cierto disimulo, fue práctica y uso común en todo el período colonial venezolano y, como en Estados Unidos hoy, subsistió como algo social, no necesariamente legal, durante buena parte del tiempo en que el país se ha regido por el sistema republicano. Los especialistas en la materia siempre han sostenido que la discriminación racial se basa en dos temores: el temor a lo desconocido y el temor al desplazamiento del poder. El temor a lo desconocido no requiere mayores explicaciones: si una comunidad es diferente, claramente diferente a la dominante, bien por el color de la piel, bien por la forma de los rasgos faciales, la dominante le teme porque es un cuerpo extraño, y la discrimina. La otra, la de desplazamiento de poder, tampoco necesita una explicación demasiado detallada, se basa en que esas personas diferentes, si por su número pueden apartar del poder a los dominantes, los dominantes harán cuanto esté a su alcance para evitarlo, y, por supuesto, les negarán toda posibilidad, toda arma, toda fuerza, de modo de mantener el “status” y garantizarse el dominio. Sin embargo, investigaciones muy recientes demuestran que la cosa no es tan sencilla, y que el cerebro humano tiente a dividir radicalmente entre lo cercano y lo lejano, lo propio y lo ajeno, aun a partir de simples símbolos externos. Así lo demuestra el libro “Us and Them, Understanding Your Tribal Mind”, de David Berreby (Little, Brown and Company, New York, N.Y., USA, 2005), en el que se prueba hasta donde es posible hacerlo que la raíz biológica de la discriminación es mucho más fuerte que la sicológica o la sociológica, lo que lleva a pensar que solo mediante la educación, impuesta por los grados más altos de civilización, puede llegarse a superar esa tendencia natural, aunque absurda, a la discriminación. En el caso de la España del siglo XV se aplicaron, sin duda, todos los componentes que llevan a la discriminación mezclados y combinados: el miedo, la necesidad de imponerse y, por supuesto, la tendencia natural de la que habla Berreby. Los usos y costumbres de moros y judíos eran diferentes a los de los cristianos y los propios judíos y moros se encargaban de acentuar esas diferencias. No había demasiada distancia entre los rasgos y los colores, salvo algunos detalles nada importantes que distinguían a los semitas. Pero sí, evidentemente, estaba de por medio la diferencia religiosa, que se hacía especialmente importante porque se relacionaba con el poder. Dios era el origen de todo poder terrenal y los moros y los judíos no reconocían al dios de los cristianos como universal, como católico, y por ende desconocían la fuente de poder de los reyes y sus súbditos grandes. Por eso, desde que fueron dominados los moros y expulsados los judíos, la corona española, unificada, los discriminó de manera severa, pero también discriminó a catalanes, vascos y canarios, aun cuando estos últimos desde el punto de vista étnico y cultural (lingüístico) no tenían diferencias fundamentales con los castellanos. Pero lo más importante era el temor de que los semitas, que en muchas partes de España eran aún mayoría, lograran volver al poder y desplazaran a los cristianos, considerados europeos puros (aunque hoy sabemos que todos los seres humanos son de origen africano, de donde se infiere que los más “puros” son los africanos). Por eso se impusieron controles estrictos de “pureza de sangre”, y quien aspirara a algún cargo militar, civil o religioso, tenía que probar que entre sus antepasados no había ningún moro ni ningún judío, lo cual se extendería, inevitablemente, a la posibilidad de algún antepasado africano.

(Continuará)

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2 comentarios

  1. Excelente abordaje a una realidad. El mestizaje venezolano ayuda mucho, recuerdo un matrimonio grande en La Esmeralda donde dediqué un largo rato a los invitados todos blancos-blancos (Paco Vera dixit) y los mesoneros mestizos, tratados sin hablarles ni mirar la cara, solo ordenar cualquier tipo de bebida. Algo me llamó la atención. Meses después me enteré que buena parte de los mesoneros eran estudiantes de sociología o antropología de la UCV…
    También recuerdo un almuerzo en el»Gazebo» del Centro Médico, unb colega, al ver pasar una mujer joven, miró a otro y sin hablar rozó varias veces , con dos dedos de la mano derecha, el dorso de la otra.

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