Arturo Michelena (1863-1898). El pintor clásico de Venezuela

Arturo Michelena (1863-1898). El pintor clásico de Venezuela

Antes de que se produjera el gran éxito de grandes artistas plásticos venezolanos fuera de nuestras fronteras –Armando Reverón, Jesús Soto y Carlos Cruz Diez especialmente– muy pocos pintores venezolanos habían siquiera vistos sus nombres en letras de imprenta en otras tierras. En el siglo XIX, cuando París, cuya primacía nadie osaba siquiera cuestionar, era el centro del mundo artístico, los nombres de Emilio Boggio, Cristóbal Rojas y Arturo Michelena se asomaron tímidamente en la capital francesa, y hasta se destacaron entre los provenientes del Nuevo Mundo. En especial el de Michelena, cuya existencia se acercó mucho a lo que imponía la realidad de su tiempo, imbuida de romanticismo. Con Martín Tovar y Tovar, Cristóbal Rojas, etcétera, es uno de los que se consideran los pintores mayores de la Venezuela del siglo XIX.
No hay duda de que tanto el genotipo como el paratipo de Francisco Arturo Michelena Castillo imponían que se convirtiera en artista plástico. Nació en Valencia el 16 de junio de 1863, hijo del pintor Antonio Michelena y de Socorro Castillo, que era hija de Pedro Castillo, autor de los murales de la casa del general José Antonio Páez en Valencia (1829), que según Juan Röhl “constituyen uno de los documentos más importantes y curiosos que conservamos de la Epopeya Libertadora, tanto por el valor histórico como por la manera ingenua, sincera y de candorosa espontaneidad con que están concebidas y ejecutadas”. En su infancia recibió las primeras enseñanzas de su tía Edelmira Michelena, que alentó en él la vocación por el dibujo y la pintura. A los siete años entró al colegio de Lisandro Ramírez en 1874, fue inscrito en el Colegio Cajigal, que creó ese año Alejo Zuloaga, fundador y primer Rector (1892-1900) de la Universidad de Valencia (hoy Universidad de Carabobo) y que luego, entre 1910 y 1911), fue Rector de la Universidad Central de Venezuela. Ya entonces aprendía a dibujar y pintar de la mano de su padre. De 1874, cuando el niño tenía apenas once años, se conserva un autorretrato. También son de esa primera etapa los cuadros “Cupido Dormido”, “Judit y Holofernes” y “Un rayo de luz”. En esa etapa primera de su adolescencia, Michelena tuvo la suerte de serle presentado a Francisco de Sales Pérez, uno de los grandes cultores del costumbrismo en Venezuela en el siglo XIX, político, empresario y poeta, que aun cuando nació en Caracas en 1836, se estableció en Valencia, en donde publicó algunas de sus obras. Dos de ellas, “Costumbres venezolanas” (1876) y “Ratos Perdidos” (1878), se publicaron con ilustraciones del joven valenciano. Pérez, cercano a Guzmán Blanco (fue ministro de Fomento), gestionó para Michelena una beca para que estudiara pintura en Francia. En 1879 los Michelena, padre e hijo, fundaron una escuela de pintura en la casa de familia en Valencia. Allí, el joven fue, paralelamente, alumno de la francesa Constanza de Sauvage, discípula de Eugène François Marie Joseph Devéria (1805-1865), pintor francés, romántico y de temas históricos. En 1883, con motivo del Centenario del nacimiento de Simón Bolívar, el joven pintor Arturo Michelena, que ya se había hecho un nombre en Valencia, concurre en 1883 a la Exposición que se organiza en Caracas durante el “Quinquenio” de Guzmán Blanco (1879-1884), con dos obras, “La Alegoría de la República” y “La Entrega de la Bandera Victoriosa de Numancia”. Con esta última obtiene la Medalla de Honor, que es el segundo premio. Ese éxito, sumado a las gestiones de Francisco de Sales Pérez, le valió una beca para estudiar pintura en París, que era el desiderátum de todo artista plástico venezolano de esa época. La beca le fue otorgada en 1885 por el gobierno de Joaquín Crespo, nacido en San Francisco de Cara, al Sur del estado Aragua, el 22 de agosto de 1841 y muerto entre Cojedes y Portuguesa el 16 de abril de 1898; fue presidente entre 1884 y 1866, cuando Antonio Guzmán Blanco retornó al poder y reaccionó contra Crespo, a quien acusó de querer tener vida política propia, lo que por cierto, afectaría la vida de Michelena, que viajó a París en compañía de Martín Tovar y Tovar, ya un artista consagrado en esa época y que lo introdujo en los círculos pictóricos de Francia. El joven valenciano (tenía veinticinco años) ingresó a la Academia Julian, como alumno de Jean Paul Laurens (1838-1921), conocido pintor, escultor e ilustrador francés, academicista y cultor de la pintura histórica. Allí se encontró con sus compatriotas Cristóbal Rojas (1858-1890) y Emilio Boggio (1857-1920), el primero su precursor en la pintura historicista venezolana y el segundo, el gran cultor del impresionismo en Venezuela (también fueron alumnos de Laurens los venezolanos Carlos Rivero Sanabria (1864-1915) y Federico Brandt (1878-1932), cuyos nombres se destacarían en la primera parte del siglo XX venezolano). Como consecuencia de la reacción de Guzmán Blanco contra Crespo, la beca que le había sido otorgada a Michelena le fue suspendida. El valenciano ya había participado por vez primera en 1886 en el Salón de Artistas Franceses, con un retrato de Henri Daguerre vestido de torero, lo que le valió una Mención Honorífica (la misma distinción que tres años antes había conseguido Boggio). Sin el apoyo de la beca, Michelena optó por quedarse en París y procurarse recursos como artista, para lo cual consiguió un empleo como dibujante en el periódico “Mundo Ilustrado”. De esa época son sus obras “El Niño Enfermo”, que fue premiada con una Medalla de Segunda Clase, el premio más alto que podía obtener un extranjero en el Salón de Artistas Franceses (la obra fue su consagración y fue comprada por el multimillonario William Backhouse Astor Jr., para su casa de Nueva York, poco tiempo después; en 2004Sotheby’s la vendió por 1.350.000 dólares, una de las cifras más altas jamás alcanzada por una obra de arte latinoamericana), y “Una Visita Electoral”. Su fama se afianzaba en el medio artístico. En 1888 expuso “La Caridad” y el “Retrato Ecuestre de Simón Bolívar”. Al año siguiente (1889) corresponde “La joven madre” y “El granizo”, presentadas ambas en el Salón. Y en la Gran Exposición Universal del 89 presenta su obra de gran formato “Carlota Corday”, que lo confirme como artista exitoso en su momento al obtener la Medalla de Oro. Ese mismo año se le encarga la ilustración de una edición de lujo del “Hernani”, de Víctor Hugo, hecha por la Librería L. Conquet, de París. En octubre, antes del comienzo del invierno europeo, viaja a Venezuela, y a su llegada recibe un cálido homenaje en Valencia, que lo recibe como un héroe con una “velada músico-literaria” en su homenaje. El 3 de enero Caracas le rinde a su vez un gran homenaje en el Teatro Municipal (que se había inaugurado en enero de 1881 como “Teatro Guzmán Blanco” pero en 1888 se rebautizó “Teatro Municipal”, durante la presidencia de Juan Pablo Rojas Paúl, que reaccionó contra el guzmancismo, Cuando el homenaje caraqueño a Michelena era aún presidente Rojas Paúl). En Caracas, Michelena se casó con Lastenia Tello Mendoza (en julio de 1890) y pintó “Vuelvan Caras”, obra de gran formato. De regreso en París trabajó por varios meses en otra obra de gran formato (“Pentesilea”), que envió al Salón de 1891, sin obtener recompensa alguna. Al año siguiente (1892) le fue diagnosticada en París una tuberculosis, por lo que los médicos le recomendaron que evitara el invierno europeo y que regresara a las regiones tropicales. Así lo hizo para instalarse en Caracas, en donde, además de los problemas de salud, empezó a padecer problemas económicos. En 1894 le fue entregada una parcela esquinera en La Pastora, en la Esquina de Urapal, en donde se construyó su Estudio, que después se convirtió en el Museo Arturo Michelena. Desde Venezuela envió a París el cuadro “Los morochos Aguerrevere”, que sería el último en participar en un Salón Oficial (1895). También recibió el encargo de pintar la “Alegoría de Colón”, por parte del gobierno y durante la segunda presidencia de Joaquín Crespo. La obra fue exhibida, junto con “Pentesilea” (que le valió una Medalla de Honor), en la Gran Exposición de Chicago. En la capital venezolana se convierte en el pintor de moda y recibe continuamente encargos para pintar retratos de personas ricas e importantes, con lo que sus problemas económicos desaparecen. En julio del 96 se organiza en su honor una gran velada en el Teatro Municipal, en la que se exhiben “Pentesilea” y una obra nueva que se convertirá en una de las más famosas salidas de su mano: “Miranda en La Carraca”, se le corona de laureles y se le da una medalla de oro. Joaquín Crespo, que en ese tiempo construía su Palacio de Miraflores, le encarga la decoración del inmueble, que años después se convertiría en el palacio presidencial de Venezuela. Sus últimos trabajos, que le fueron comisionados por la Iglesia, fueron “La Multiplicación de los Panes y de los Peces” y “La Última Cena”, pieza que no pudo concluir, pues el 29 de julio de 1898 falleció en Caracas, víctima de la tuberculosis. Un mes y unos días antes había cumplido treinta y nueve años de edad.

Please follow and like us:
Los comentarios están cerrados