Henri Pittier (1857-1950). El sabio útil por antonomasia

Henri Pittier (1857-1950). El sabio útil por antonomasia

Henri Pittier, a quien en la familia le decíamos “el Viejo” Pittier, fue una figura importantísima de mi infancia. Era el suegro de mi tía Berta Sucre, una de las dos hermanas de mi madre y a quien quise también como una verdadera madre, y el abuelo de Emilio Pittier Sucre, mi primo hermano, que toda la vida ha sido para mí mucho más que un primo, ha sido siempre mi hermano mayor, con toda la “autoritas” que debe tener un buen hermano mayor. Pero, además, el “Viejo” irradiaba bondad y sabiduría, y siempre me trató con especial deferencia, tal como su tercera esposa, “la Vieja” Pittier, Charlotta Falk (“Lala”), norteamericana de nacimiento e introductora en Venezuela de la metafísica que después exploraría con especial suerte Conny Méndez. Muchas veces los visitamos en su casa de Turmerito, llamada “Ingomar”, o en su apartamento de Sabana Grande. Ambos eran para mí una pareja de ancianos maravillosos, que representaban todo lo de noble y bueno que debe tener la ancianidad bien asumida. Al “Viejo” lo recuerdo como un hombretón especialmente sólido, con una voz aflautada por la edad, pero, aún a los noventa años con pleno uso de sus facultades y una memoria extraordinaria.
Muy posiblemente la familia Pittier sea de remoto origen italiano, en todo caso suizo-italiano, cuyo apellido en épocas remotas perdió la “i” final. En 1857 el matrimonio formado por Jean-François Pittier y Elise Dormond se había establecido en pleno campo, cerca de Bex (llamada antiguamente Beis, en alemán), pueblo montañés ubicado en el Cantón de Vaud y en el Distrito de Aigle, en la Suiza francesa y no lejos del Lago de Ginebra. Actualmente tiene unos 6.500 habitantes. Allí nació, el 13 de agosto de 1857, Henri François Pittier, que con el tiempo se convertiría en uno de los naturalistas más importantes del Nuevo Mundo. Y del mundo entero. Un verdadero sabio útil. Su infancia fue definitivamente rural, y en ella jugó un papel definitorio el que los vecinos inmediatos de su casa fuesen los hermanos Thomas (Emmanuel y Jean-Louis), conocidos exploradores y naturalistas que dedicaron sus vidas a identificar y clasificar las plantas alpinas, de modo que la vocación por la ciencia en general y por la botánica en particular fue algo natural, que apareció en la primera infancia del niño Pittier. A los siete años, el niño Pittier ingresó a la escuela junto con los hijos de los Thomas. Terminada la primera etapa de sus estudios, junto con los Thomas entró a estudiar en Bex, a unos 5 kilómetros de su casa. Diariamente hacían el recorrido, ida y vuelta, a píe, y al principio los condiscípulos se burlaban de ellos llamándolos “los montañeses”, pero eso acabó pronto, especialmente porque el niño Pittier era fortachón y hasta rudo cuando se lo proponía, y no le costó mucho imponer a los citadinos su ley a fuerza de certeros puñetazos. En ese tiempo ya se dedicó a coleccionar piedras y especímenes vegetales, así como insectos, lo que lo hizo ganar fama de arisco y huraño. Como no podía tener esa “colección” en su casa, buscó en las colinas cercanas una cueva que amplió con sus propias manos para hacer lo que sería su primer “museo”. En la Ecole Normale de Lausanne, a los veinte años, completó su Baccalauréat en Ciencias Físicas y Naturales. Su amistad con un viejo coronel inglés, retirado (Col. M. Foster Ward) y su esposa, ambos aficionados a las ciencias naturales, además de acrecentar sus conocimientos científicos, lo familiarizó con el idioma inglés. Una seria lesión en la pierna derecha, que se causó en una de sus expediciones montañesas y no fue debidamente curada, lo obligó a un reposo absoluto durante varios meses, que aprovechó para estudiar a fondo griego antiguo y latín. Esa lesión se convirtió en crónica y toda su vida debió someterse a curas de yodoformo. Siguió estudios de ingeniería civil en la Universidad de Jena (Alemania) y se doctoró en Filosofía 1885. También completó estudios en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich. En ese tiempo fue profesor de ciencias naturales en el colegio Henchoz de Château d’Œx y trabajó en el departamento de Geografía de la Universidad de Lausanne, que le otorgó un Doctorado Honoris Causa en Ciencias. También hizo entonces una primera visita a los Estados Unidos de América, al Stevens Institute de Hoboken, New Jersey, en donde estuvo en 1881 y 1882. Ya para esa época hablaba francés, alemán, inglés, griego y latín. Realizó un largo viaje por el Mediterráneo y el Medio Oriente, en el que enriqueció notablemente su cultura humanística. A su regreso se casó con su primera esposa, Jenny Adeline Hefti (1858-1889), con quien tuvo tres hijos: Mathilde, que se casó con Alfred E. Groth y tuvo cuatro hijos: Wilfred, Walter, Lucille y Constance; Hans Sylvius, que emigró a Cataluña y se casó con Isabel Rousset, con quien tuvo a Adelina y Enrique Pittier; y Rose, que permaneció soltera. Su hija mayor estuvo con él en Casta Rica y en Estados Unidos. El segundo también lo siguió, hasta que se radicó en Barcelona, en el país Catalán. Fue su separación de su primera esposa lo que determinó la decisión de Pittier de atravesar el Atlántico y establecerse en el Nuevo Mundo, invitado a Costa Rica “para organizar el levantamiento del mapa e incidentalmente enseñar Geografía y Ciencias Naturales en el Liceo de Varones y Colegio de Señoritas recién creados”, como cuenta en un documento autobiográfico que escribió algo menos de tres años antes de su muerte. A su llegada a Costa Rica, Pittier, que había estudiado por su cuenta español durante la travesía, se quedó algún tiempo en Puerto Limón, en donde se dedicó con especial atención a practicar el idioma que acababa de aprender y que llegó a dominar perfectamente, aunque nunca perdió el acento francés al hablarlo. Como resultado se dio una situación de lo más curiosa, pues cuando el presidente de Costa Rica, Bernardo Soto Alfaro, lo recibió en su despacho en San José, el ilustre viajero utilizó un español lleno de palabras malsonantes que había aprendido de los caleteros del puerto. El presidente se escandalizó, pero entendió en cuanto le explicaron la situación, y aceptó de inmediato la idea de Pittier de fundar un Observatorio Meteorológico, cuyo primer director fue el mismo Pittier. También dirigió el Instituto Físico-Geográfico, que incluía una estación meteorológica, un servicio de geografía y un museo de ciencias naturales, y cuyo Boletín se convirtió en una importante publicación científica. Existe en la actualidad en Costa Rica un Distrito llamado “La Suiza”, que fue creado oficialmente en marzo de 1949, en donde se había establecido muchos años antes, en una hacienda de café de Pittier, una pequeña colonia suiza, fundada entre otros por Francisco Pittier Dormond, Adriano Dormond Oguey, Luis Peytrequín Pfister, Alfredo Dotti Pitet, Juan Herzog Müller y Rodolfo Herzog Müller. Francisco Pittier Dormond no es otro que François Pittier, el hermano del naturalista y Adriano (Adrien) Dormond era primo de ambos. La pequeña colonia suiza, cercana a la ciudad Turrialba (Provincia de Cartago), ubicada entre Puerto Limón y San José de Costa Rica, progresó rápidamente gracias al trabajo de los inmigrantes suizos que fabricaron con sus propios medios una escuela, un comisariato, una iglesia, una farmacia y otras instalaciones importantes. En cuanto se asentó del todo en el país que había escogido para vivir, se dedicó al estudio sistemático y clasificación de la flora y la fauna costarricense, así como al levantamiento cartográfico de los espacios del país y al diseño de una red de caminos y vías férreas. En Costa Rica se casó por segunda vez, con Guillermina Fábrega, que en ese tiempo era colombiana, pues Panamá aún no se había separado de Colombia. Era descendiente directa del general José de Fábrega (1774-1841), seguidor de Simón Bolívar y uno de los próceres independentistas más importantes del Istmo de Panamá, y por vía materna era de una de las familias más notables de Nicaragua, prima de Margarita Debaile, a quien Rubén Darío dedicó uno de sus poemas más conocidos (“Margarita, está linda la mar, / y el viento / lleva esencia sutil de azahar; / yo siento /en el alma una alondra cantar: / tu acento. / Margarita, te voy a contar / un cuento”. Etcétera). Con ella tuvo tres hijos: Margarita (1899-1952), que casó con el nicaragüense Agustín Sánchez y tuvo cuatro hijos: Margarita, Fernando, Guillermina y María Eugenia; Emilio (1900-1977), que casó con Berta Sucre Urbaneja y tuvo un solo hijo, Emilio Pittier Sucre, que a su vez casó con María Elena Octavio Gómez, con quien tuvo siete hijos: cuatro mujeres (María Elena, Berta, Amalia y Brígida) y tres varones (Emilio Henrique, Miguel Eduardo y Carlos Henrique), todos ellos se casaron y tuvieron sus propios hijos; y Teresa (1902-1990), que casó con Jason Wood y tuvo dos hijos: Jason, Jr., y Teresa (Tesita). En 1900, Pittier fue invitado por el Secretario de Agricultura de Estados Unidos, Wilson, a trabajar en Washington, incorporado al personal científico de ese ministerio. Luego de considerarlo por un breve lapso, y tomando en cuenta que Costa Rica atravesaba momentos difíciles que obligaban a recortes presupuestarios y amenazaban su estabilidad laboral, resolvió aceptar el ofrecimiento, y en 1901 se estableció en los Estados Unidos. En sus propias palabras “de ingeniero, se volvió botánico”, y por cuenta del gobierno norteamericano se dedicó a recorrer las regiones equinocciales del continente americano clasificando plantas y estudiando con especial atención la flora de los países que visitaba, especialmente México, Guatemala, Panamá, Colombia y Ecuador. Su mujer se negó a seguirlo en su nueva aventura y prefirió quedarse en su mundo centroamericano, por lo que se disolvió también su segundo matrimonio. En ejercicio de la patria potestad que las leyes costarricenses le otorgaban, Pittier se llevó consigo a sus tres hijos, pero la mayor de ellos, Margarita, se le rebeló y decidió regresar con su madre, a lo que el padre finalmente se resignó. En 1898 empezó a publicar su “Primitiæ Floræ Costaricencis”, una obra fundamental sobre el país que lo había acogido durante tres lustros. En 1909 se casó por tercera vez, con Charlotta Falk, que había sido su colaboradora y con quien no tuvo descendencia. Charlotta (“Lala”), se encargaría de educar a los dos hijos que con él habían permanecido, lo que no fue tarea fácil, especialmente por la notoria rebeldía del varón, Emilio, que solía crear todo tipo de situaciones incómodas para su madrastra. Durante algo más de quince años, Pittier trabajó para el gobierno norteamericano, y todo ese tiempo evitó, a causa del frío, pasar los inviernos en Washington, hasta que en 1917, por el ingreso de USA a la guerra, se vio obligado a quedarse en la capital norteamericano y padeció dos graves episodios de pulmonía que lo llevaron al borde de la muerte. Pensó seriamente en radicarse en Filipinas, pero al final aceptó la idea de instalarse en Venezuela, país que había visitado en 1913, cuando se solicitó su opinión acerca de la instalación de una escuela de Agricultura en Maracay, opinión que fue desfavorable debido al atraso de Maracay, que era entonces una insalubre “aldea de chozas”, desprovista de agua potable y de cualquier comodidad. En esa oportunidad estuvo en el país durante cuatro meses, sin saber aún que el general Juan Vicente Gómez, presidente de la República, que todavía no había dado muestras de ser el dictador que después fue, se había enamorado de Maracay, lo que fue fundamental en la negativa a aceptar la opinión de Pittier. Durante los cuatro meses que permaneció en Venezuela, el naturalista inició su colección de plantas, con ejemplares que obtuvo en los estados Aragua, Lara y Yaracuy. Tiempo después, el propio Pittier celebraría el que se contrariara su opinión y se estableciera en Maracay la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, tiempo antes de que Maracay dejara de ser una “aldea de chozas” para convertirse en una moderna y pujante ciudad. Por cierto que desde que se instaló en Venezuela hasta la muerte del dictador, que fue en diciembre de 1935, el doctor Pittier tuvo una buena relación con el general Juan Vicente Gómez, que lo trató como un amigo, “sin exigir de mí las bajezas de la gente que lo rodeaba”, escribiría tiempo después. Una vez mudado a Venezuela, se encargó de crear una estación experimental en Cotiza, que fracasó debido a las malas condiciones de riego y de suelo, y a la salida de Manuel Díaz Rodríguez del Ministerio de Agricultura. Sin haber cumplido los dos años en Venezuela, regresó por breve tiempo a Washington a traspasar definitivamente las actividades que había dirigido, y en 1919 se mudó para siempre a Venezuela. Por iniciativa del doctor Lisandro Alvarado (médico y naturalista, historiador, etnólogo y lingüista, nacido en El Tocuyo, estado Lara, el 19 de septiembre de 1858 y muerto en Valencia, estado Carabobo, el 10 de abril de 1929), el ministro de Relaciones Exteriores, Esteban Gil Borges, contrató a Pittier para hacer un estudio de los recursos forestales de Venezuela. Con ese propósito se creó el Servicio Botánico del MRE, que luego pasaría naturalmente a ser parte del Ministerio de Agricultura. Allí creó el Herbario Nacional (hoy en la UCV) e inició la recolección de datos para el “Manual de plantas usuales de Venezuela”, de gran utilidad científica y práctica. Entre 1931 y 1933, Pittier dirigió el Observatorio Cagigal, ubicado en una colina en el centro-oeste de Caracas. El sucesor de Gil Borges, el doctor Pedro Itriago Chacín, resolvió crear, con los materiales reunidos por el doctor Pittier y sus colaboradores, un Museo Comercial que funcionó en la Casa Amarilla, en donde también se exhibían muestras de las incipientes industrias venezolanas especialmente de textiles, además de fotografías. Poco tiempo después, ya creado el Ministerio de Agricultura y cría por el sucesor de Gómez, general Eleazar López Contreras, tanto el museo como su personal, incluido el sabio Pittier, pasaron al nuevo despacho. Pittier recorrió casi todo el territorio de Venezuela e hizo descubrimientos importantísimos, desde las selvas tropicales y los Llanos hasta las selvas húmedas de altura, en los Andes o en la Colonia Tovar. En Caracas, sus dos hijos menores se relacionaron con el mundo petrolero: Emilio, que había hecho su servicio militar norteamericano, entró a trabajar en la Texas Petroleum Company (Texaco), en donde llegó a ser Jefe del Departamento Legal, y Teresa, que inició estudios de derecho, se casó con el norteamericano (texano) Jason Wood, ejecutivo de la empresa Mene Grande, subsidiaria de la Gulf Oil Company. Emilio, como dije al principio, se casó con Berta Sucre Urbaneja, hija de Eduardo Sucre Urbaneja y Emilia Urbaneja Rivero de Sucre. En 1931 creó el sabio suizo la Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales. A partir de 1937 se iniciaron los cursos de taxonomía dirigidos por el Dr. Pittier, en donde se formaron sus alumnos y colaboradores entre quienes se distinguieron especialmente Francisco Tamayo, Tobías Lasser, Zoraida Luces de Febres, Víctor Badillo, etcétera. Gracias a sus recomendaciones y gestiones ante el gobierno nacional, en 1937 se creó el primer parque nacional de Venezuela, con el objeto de proteger su flora y su fauna. Es el Parque Nacional Rancho Grande, hoy llamado con toda justicia Parque Nacional Henri Pittier, ubicado al norte de la ciudad de Maracay. Posteriormente se crearon varios parques nacionales con el mismo propósito. El “Viejo” se mantuvo siempre en contacto con todos sus hijos, y a todos los informaba la situación de todos. En una simpática carta de septiembre del 45, después de pasar revista por lo que están haciendo sus nietos, se queja, divertido, de que “ningún Pittier continuará en la misma actividad que yo” (Emilio, mi primo, ya estudiaba derecho, Judson Jr. Planeaba meterse a abogado o a diplomático, Etcétera). A fines de 1949, mientras descansaba en las instalaciones de aguas termales de Las Trincheras, entre Valencia y Puerto Cabello, sufrió un pequeño accidente, que a sus noventa y dos años fue un gran accidente, pues su vieja lesión de la tibia se convirtió en fractura abierta, por lo que fue hospitalizado durante un mes en Maracay. Nunca se recuperó. Llevado en ambulancia a su casa de Turmerito, en las afueras de Caracas, falleció el 27 de enero de 1950.
Sin duda, la contribución del doctor Pittier al desarrollo de la ciencia venezolana no tiene paralelo. Su labor fue sumamente fructífera, y pocos hombres han sido tan útiles a un país (o a dos) como lo fue Pittier a Costa Rica y a Venezuela.
Como consecuencia y corolario de su intensa labor profesional, Henri Pittier publicó a lo largo de su vida cerca de trescientos trabajos, entre ellos los siguientes:
PITTIER, Henri. 1878. “Notes sur la nomenclature des Alpes du Pays d´Enhaut vaudois”. Echo des Alpes 4, 249-258.
T. Durand. 1891-1893. “Primitiæ Floræ Costaricencis”. Vol 1. Bruxelles, Belgique. . 1898-1900. “Primitiæ Floræ Costaricencis”. Vol 2. San José, Costa Rica.
. 1901. “Primitiæ Floræ Costaricencis”. Vol 3. San José, Costa Rica. . 1908. “Ensayo sobre las plantas usuales de Costa Rica”. H. L. J. B. McQueen. Washington, D. C., USA.
. 1918. “Our present knowledge of the forest formation of the Isthmus of Panama”. Journal of Forestry. 16(1)76-84 . 1920. “La evolución de las ciencias naturales y las exploraciones botánicas en Venezuela”. Cultura Venezolana. 2(14):146-171.
. 1920. “Mapa Ecológico de Venezuela”. Litografía Comercio. Caracas . 1922. “Acerca de nuestras maderas”. Cultura Venezolana. 5(38):227.247
. 1923. “Notes on plants colleted in Tropical America”. Journal of the Washington Academy of Sciences. 13(19):428-431. . 1926. “Manual de las plantas usuales de Venezuela”. Litografía del Comercio, Caracas, Venezuela. 458 p. (Reeditada dos veces)
. 1926. “Manual de agricultura tropical”. Nicholls. E. ed., España. . 1927. “Estudio de los productos forestales en Venezuela”. Tipografía Americana. Caracas, Venezuela.
. 1928. “Maderas del Delta del Orinoco”. Boletín de la Cámara de Comercio de Venezuela. 172:4010-4011. . 1928. “Notas sobre la agricultura en Puerto Rico”. Cultura Venezolana. 11 (87):234.244.
. 1931. “Estado actual de nuestros conocimientos acerca de la flora de Venezuela”. Boletín de la Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales. 4: 133-152. . 1931. “La expedición al Pacaraima” Cultura Venezolana. 14(113)200-205.
. 1939. “’Clave analítica de las familias de plantas superiores de la América Tropical’”. Caracas, Venezuela. . 1939. “Suplemento a las plantas usuales de Venezuela”. Elite. Caracas. 129 pp.
. 1942. “La mesa de Guanipa; ensayo de fitogeografia”. Tipografía Garrido. Caracas, Venezuela. . 1943. “El Herbario del Servicio Botánico del Ministerio de Agricultura y Cría”. El Agricultor Venezolano. 7(85-86):21-27

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