Cecilio Acosta (1818-1881). El visionario, el modelo a seguir

Cecilio Acosta (1818-1881). El visionario, el modelo a seguir

Uno de los recuerdos más preciosos de mi primera infancia es el de una visita a San Diego de los Altos, no lejos de Caracas, a donde se llegaba por un estrecho camino que partía de Turmerito y en el que no cabían dos automóviles a la vez. Yo tendría tres o cuatro años y me impresionaron vivamente dos cosas: ver la casa en donde nació Cecilio Acosta y una gruta cavada en un corte casi vertical en el patio trasero de una casa. La gruta tenía una Virgen blanca, y supongo que fue eso lo que me llamó la atención. Pero hoy, cerca de setenta años después, todavía me pregunto: ¿Por qué me impresionó tanto ver la casa natal de Cecilio Acosta? ¿Por qué se quedó grabado en mi memoria infantil el nombre de Cecilio Acosta? El hecho cierto es que aquella visita a un pueblo que era entonces una aldea de montaña fue para mí el punto de partida de una vida dedicada a las letras, al pensamiento, a los sueños, en una palabra: al humanismo. Cecilio Acosta se había convertido en el modelo que quería seguir. De nada valió que por dos o tres años mi padre me despertara a las cinco de la mañana y me llevara con él a las obras de la Autopista Caracas-La Guaira, cuya construcción dirigía, y exaltara los valores de la ingeniería y de la vida llena de emociones entre inmensas maquinarias que modificaban el medio físico, de nada valió que se empeñara en convertirme en ingeniero o en científico. Mi vida se orientó hacia la poesía, el pensamiento, los sueños y la ambición de no tener otra ambición que el humanismo. Desde mis tres años, Cecilio Acosta fue, conscientemente o no, el modelo que quise seguir. Nos tocó vivir en tiempos y circunstancias muy disímiles, y mi vida ha sido muy distinta a la suya, pero nunca, cualquiera haya sido la distancia entre el modelo y la realidad, he apartado mi vista de su figura, de su ejemplo, se su voz callada y serena que me recuerda la decisión que tomé, sin darme cuenta, en aquella aldea montañera, mientras el mundo, fuera de nuestro entorno, se quemaba en una Guerra Mundial que parecía amenazar el porvenir de la humanidad.
Cecilio Acosta, hijo de Ignacio Acosta y Juana Margarita Revete Martínez, gentes de origen humilde que sobrevivían en las montañas cercanas a Caracas, en lo que hoy se llama “los Altos Mirandinos”, nació el 1° de febrero de 1818 en esa pequeña casa que mis ojos infantiles vieron en 1943.
En su infancia tuvo la suerte de que se desempeñara como cura de San Diego Mariano Fernández Fortique (1790-1866), nativo de El Consejo, Estado Aragua, hijo de José Antonio Fernández y de Teresa Fortique, y que se había formado en el Seminario se Santa Rosa de Lima (la Universidad de Caracas), de donde egresó en 1815, para ir a San Diego de los Altos y luego a la Parroquia San Pablo, en Caracas, que quedaba en donde hoy está el Teatro Municipal. Fernández Fortique, orador sagrado, escritor, humanista, sería después Obispo de Guayana (1842), Senador de la República, Presidente del Congreso y hombre cercano a José Antonio Páez. Pero su mérito mayor ante la historia es el de haber detectado en la aldea montañesa la presencia de un niño excepcional: Cecilio Acosta.
El niño Acosta, llevado de la mano de su ilustre mentor, ingresó al Seminario Tridentino de Santa Rosa, en Caracas, en 1831. Completó sus estudios de teología, pero pronto comprendió que no tenía en realidad vocación sacerdotal y encaminó sus energías hacia otros rumbos, por lo que terminó graduándose abogado luego de haber recibido el título de Agrimensor. Tampoco el ejercicio de la profesión legal era el camino que quería para sí. Pronto su nombre empezó a aparecer en letras de imprenta, como “publicista”, que era como en ese tiempo se llamaba a los articulistas de prensa. Su firma aparecía en periódicos como “La Época” y “El Centinela de la Patria”. Pronto se convirtió en una de las voces más acreditadas del auténtico liberalismo. Buscaba convencer a la opinión pública de que el desarrollo del país, que apenas empezaba a levantarse como república independiente, debía apoyarse en la industria, la propiedad, la inmigración, la electricidad, la imprenta, el vapor, el telégrafo, todo ello combinado con un estudio cuidadoso de la Historia y de la realidad de su tiempo. Buena parte de su pensamiento parece haberse adelantado más de un siglo, cuando afirmó: “Descentralicemos la enseñanza, para que sea para todos; démosle otro rumbo, para que no conduzca a la miseria; quitémosle el orín y el formulario, para convertirla en flamante y popular; procuremos que sea racional, para que se entienda, y que sea útil para que se solicite. Los medios de ilustración no deben amontonarse como las nubes, para que estén en altas esferas, sino que deben bajar como la lluvia a humedecer todos los campos. No disputemos al sabio el privilegio de ahondar en las ocultas relaciones; pero después que éstas son principios, pongámoslos cuanto antes en contacto con las inteligencias, que son el campo que fecundan, y habremos logrado quitar a las ciencias el misterio que las hace inaccesibles. La verdad es colectiva, está hasta en el mozo de cordel; y se acortará el camino para hallarla, multiplicando sus elementos y sus órganos. Cuantos más ojos vean, más se ve, cuantas más cabezas piensen, más se piensa; y si del bien público nace a su vez el privado, cuanta más familia coopere, será más abundante la labor. Nada vale seguir lo que fue, sino ejecutar lo que conviene. Si es menester penas a los padres para que obliguen a los hijos a aprender, que haya penas; si el inglés y el francés son los idiomas de las artes e industrias, hagámoslos, en lo posibles, generales; si hubiere gastos, ningún gasto más santo que el que se reembolsa con usura. Los conocimientos, como la luz, esclarecen lo que abrazan; como ella, cuando no ilumina a distancia, es porque tienen estorbos por delante”.
Valoraba especialmente la seguridad jurídica y la instrucción. Con Fermín Toro, Juan Vicente González y Rafael María Baralt formó la primera generación de intelectuales venezolanos del país ya independiente del todo. En 1848, fue designado Secretario de la Facultad de Humanidades de la UCV y paralelamente dictaba las cátedras de Economía Política y de Legislación Universal Civil y Criminal.
Fue notable su polémica con Ildefonso Riera Aguinagalde en torno a la doctrina liberal (1857), En esa polémica se destaca su credo pacifista y evolutivo. Afirmó enfáticamente que las guerras deben evitarse, y señaló que un gobierno brotado de la violencia siempre será personalista, porque se integra alrededor de un caudillo triunfante y su grupo. También subrayó las diferencias entre las revoluciones europeas y las hispanoamericanas. En las europeas se notan los grandes intereses e instituciones capitalistas que siempre regresan a sus actividades normales y dejan que el gobierno los represente en libertad de acción, en tanto que en estas latitudes la agitación revolucionaria nace en los medios rurales y sus soldados se convierten en improvisados agentes de gobierno que ocupan cargos y perjudican los servicios del Estado. En ese orden de ideas afirma: “Funcionarios que no saben, administración que no ve claro, política que teme o que vacila, vocaciones frustradas, industrias desiertas, producción diminuta, parásitos chupones: y flotando arriba, como una amenaza, hombres en otro tiempo felices en el trabajo, que son después, aunque desgraciados, enemigos de él, porque, ya exánime, no les da medios para sus goces ni fomento para su lujo. Hay dos pueblos: uno que se afana para las contribuciones, encorvado bajo el peso del impuesto, otro que vive de él; uno que llora, otro que ríe; y entre tanto el desequilibrio reventando la máquina social, el descontento aflojando sus resortes, lucha sorda entre gobernantes y gobernados, y señalado tal vez un campo donde se libre la final, para cambiar papeles y representar de nuevo el mismo drama”.
Fue notable la intensa correspondencia que mantuvo con numerosos intelectuales de América Latina y España. En tiempos de Antonio Guzmán Blanco y el liberalismo amarillo, fue el verdadero bastón de las doctrinas liberales en la Universidad y en los medios intelectuales de Caracas.
Obras suyas fueron: “Cosas sabidas y por saberse o Federación colombiana, tolerancia política, universidades e instrucción elemental y cuestión holandesa” (1856, sobre la educación, y considerada la más importante de todas); “Caridad o frutos de la cooperación de todos al bien de todos” (1855); “Estudios de Derecho Internacional” (1917); “Influencia del elemento histórico-político en la literatura dramática y en la novela” (que se publicó en 1887, después de su muerte). En cierta forma, se le considera el sucesor de Andrés Bello en Venezuela (entre sus trabajos se cuenta el Código Penal de su momento). También publicó poesía, tal como Bello, de corte neoclásico. Su obra poética más conocida es “La casita blanca”, de 1872, en la exalta la vida simple en el medio rural e idílico.
Entre 1908 y 1909 de editaron sus Obras Completas, que se reeditaron, revisadas, el 1981.
Toda su vida fue de una gran sobriedad, lindante con la pobreza, y hombres de pro como Lisandro Alvarado y José Martí manifestaron públicamente su admiración por él y su pesar por su muerte, cuando, muy pobre murió el viernes 8 de julio 1881.
En 1937 sus restos fueron pasados al Panteón Nacional.

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