Antonio José de Sucre (1795-1830). El Abel de América, héroe y mártir de la paz

Antonio José de Sucre (1795-1830). El Abel de América, héroe y mártir de la paz

Antonio José de Sucre, el Abel de América (según Simón Bolívar), el más notable genio militar del continente y, sin embargo, el mayor amante de la paz y el más noble de todos los hombres que combatieron por la independencia de la América española, nació en Cumaná el 3 de febrero de 1795. Apenas dieciocho años después de la integración de Cumaná y Caracas, que hasta entonces habían sido entidades distintas. Cumaná, que fue la primera ciudad fundada por los españoles en el continente americano, había sido hasta 1.777 capital de una provincia diferente a la de Venezuela, y desde esa fecha se convirtió en cabeza de una parte de la provincia de Venezuela, lo cual tuvo algunas secuelas cuando se inició la guerra de independencia, en 1811.
A diferencia de casi todas las familias de los que participaron en esa guerra, los Sucre no eran españoles ni vascos o canarios, sino franceses. El primer Sucre llegado a Cumaná no fue tampoco un segundón ni un aventurero, sino un alto funcionario del gobierno español, aunque nacido en Flandes. Se llamaba Carlos de Sucre y Pardo, y venía de ser gobernador y capitán general de Santiago de Cuba cuando llegó a las costas cumanesas en 1733. Ya hombre maduro y con años de experiencia como gobernante, traía a su esposa y su pequeño hijo, Antonio de Sucre Pardo y Trelles, que había nacido en Santiago de Cuba, y a diferencia de la gran mayoría de los enviados por la corte, no regresó a Europa al terminar su mandato, sino que se quedó en el Nuevo Mundo, para fortuna de los americanos. Al momento de nacer su bisnieto, nada anunciaba lo trágico que iba a ser el tiempo de los Sucre de Cumaná. Al contrario, toda la provincia de Venezuela pasaba por una etapa de prosperidad y tranquilidad que no permitía suponer lo que después fue.
Poco o nada se sabe de su infancia y primera juventud, salvo que fue uno de los muchos hijos del coronel Vicente de Sucre y Urbaneja y de María Manuela de Alcalá, que murió cuando Antonio José tenía siete años (su padre se casó de nuevo con una prima hermana de su difunta esposa, con quien tuvo varios hijos más), y que cuando todavía era un niño fue enviado con su hermano Pedro a Caracas, al cuidado de su tío materno, el cura Antonio Patricio de Alcalá, a estudiar en la escuela de Ingeniería Militar que dirigía el español José Mires. Antes de cumplir los quince años, el adolescente Sucre integró, junto con su hermano y otros jóvenes cumaneses, la Compañía de Húsares Nobles de Fernando Séptimo.
Cuando Caracas, el 19 de abril de 1810, inició el proceso de independencia, Cumaná la siguió sin dudas, y la cabeza del movimiento independentista cumanés fue el coronel Vicente de Sucre, padre de Antonio José, que obtuvo entonces el grado de subteniente de Milicias Regladas de Infantería, ratificado poco después por las autoridades de Caracas. El oficial militar tenía apenas quince años. En 1811 se convirtió en Comandante de Ingenieros en la isla de Margarita, y en 1812, ya ascendido a teniente, firmó en Barcelona un documento de apoyo a la independencia, a raíz de la reacción realista de Monteverde y el alzamiento de los esclavos de origen africano en Barlovento. Algunos autores aseguran que, como oficial académico, sirvió a las órdenes de Francisco de Miranda en los agónicos momentos en que el caraqueño asumió la defensa de la primera república, pero es algo que no está comprobado. Como tampoco está comprobado que estuviera entre los hombres que, comandados por Santiago Mariño partieron de la isla de Chacachacare en los primeros días de 1813 para reconquistar Venezuela, mientras que por el otro extremo del país hacía lo mismo Simón Bolívar en la llamada Campaña Admirable. Se sabe que después de la caída de la primera república regresó a Cumaná y obtuvo un pasaporte que le fue otorgado por el gobernador Emeterio Ureña, realista, que era amigo de su familia, pero no hay ninguna constancia de que lo haya utilizado para ir, como se ha dicho, a Trinidad. En todo caso, su nombre no figura entre los que invadieron el oriente desde el islote de Chacachacare, pero sí está como edecán de Santiago Mariño en aquella campaña que retomó la zona este del país para las armas de la independencia. Como tal, estuvo en los valles de Aragua, en la integración de las fuerzas orientales con las centrales, cuando la guerra de Independencia llegó a su peor punto para los republicanos, en 1814, año en que fue fusilado su hermano Pedro en La Victoria, y en Cumaná su casa fue asaltada por las hordas de Boves, que asesinaron a su hermana Magdalena, a su madrastra y a otros parientes suyos. Al año siguiente, luego de participar activamente en varias acciones en Tierra Firme, se vio obligado a escapar desde Margarita, donde habían desembarcado las fuerzas españolas de Pablo Morillo, y viajó a tener a Cartagena de Indias. En Cartagena, el joven oficial cumanés padeció inmensamente junto con todos los republicanos que, debido al sitio impuesto por los españoles, se vieron obligados, para sobrevivir, a comer caballos, burros y hasta ratas. De aquel trance sólo unos pocos lograron salir (entre ellos Sucre), cuando pudieron reventar el bloqueo con unas pocas naves de poco calado en una desesperada salida dirigida por José Francisco Bermúdez. Con respecto a las actividades del Sucre en aquellos días, Lino de Pombo señaló especialmente los trabajos que él como Sucre pasaron, durante el sitio, para proteger a los españoles de los insultos y los deseos de venganza de los americanos. La nobleza de Antonio José de Sucre, cuya familia había sido diezmada por los españoles, queda allí plenamente demostrada Pombo describió a Sucre, en los siguientes términos: un joven venezolano de nariz bien perfilada, tez blanca y cabellos negros, ojo observador, talla mediana y pocas carnes, modales finos, taciturno y modesto. Luego de escapar de Cartagena, a finas de 1815 Sucre llegó a Haití, y al regresar a Venezuela se produjo uno de los incidentes más interesantes de su vida: Cuando atravesaba la Boca del Dragón, que es el estrecho que separa a Trinidad de Venezuela, y cuyas aguas son muy peligrosas por la agitadas, la piragua en la que iba naufragó y todos los que lo acompañaban se ahogaron, entre ellos el hermano de su madrastra, que era su primo segundo. Luego de pasar una noche aferrado a la piragua, que se había volteado, en la madrugada se encontró el baúl que había pertenecido a su pariente, y con un remo que marró con sus pantalones pudo flotar hasta que fue rescatado por dos marineros margariteños, Francisco Javier Gómez y Santiago Calderón, y así logró llegar hasta las costas de Chacachacare y regresar a Trinidad.
Ya en Tierra Firme, fue ascendido a Coronel y designado Jefe del Estado Mayor por Santiago Mariño. Tenía apenas veintiún años. Y a los veintidós fue nombrado gobernador de la provincia de Cumaná. Luego del Congreso de Cariaco, que fue el 8 de mayo de 1817 y pretendió desconocer la autoridad de Bolívar, Sucre renunció al cargo de gobernador y viajó a Guayana, a ponerse a las órdenes del Libertador. Ese mismo año, el 16 de octubre, fue el fusilamiento de Manuel Piar, que pretendía alentar una “guerra de colores”, para horror de Bolívar. Ya Sucre se contaba decididamente entre los seguidores del caraqueño, que lo destinó a actuar junto con Bermúdez, como una forma de neutralizar la influencia de Mariño. En agosto de 1819 Sucre fue ascendido por el vicepresidente, Francisco Antonio Zea, a general de brigada, ascenso que Bolívar no aprobó, pero que ratificó en febrero de 1820. Inmediatamente el general cumanés recibió la comisión de comprar armas en el Caribe, que cumplió a cabalidad, y poco después ejerció el ministerio de Guerra y Marina. Y una de las mayores pruebas de confianza que pudo darle el Libertador fue la de ponerlo al frente de los que negociarían, en Trujillo, el Armisticio y el Tratado de Regularización de la Guerra entre venezolanos y españoles, que acabaría con la llamada Guerra a Muerte, que se firmó en noviembre, y es uno de los más grandes monumentos a los derechos humanos que ha conocido la humanidad, ni siquiera igualado en el siglo XX o en el XXI por las naciones más civilizadas del planeta. No mucho tiempo después, Simón Bolívar afirmaría en la pequeña biografía que escribió sobre el cumanés, que el Tratado de regularización de la guerra es digno del alma del General Sucre; la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron; él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra: él será eterno como el nombre del vencedor de Ayacucho!!
Al terminar con la batalla de Carabobo (24 de junio de 1821) la campaña de independencia venezolana, Bolívar destinó a Sucre a conquistar definitivamente la independencia de los pueblos del sur de Colombia. Lo que logró con su magnífica victoria en el campo de Ayacucho.
Su final fue trágico: Bolívar se empeñó en colocarlo al frente de Bolivia, cuya independencia del Río de la Plata fue aprobada por Sucre en contra de la opinión del Libertador. Soportó con entereza conspiraciones e injusticias y un golpe de estado lo dejó malherido, con el brazo y la mano derechos resecos, como Cervantes. Enfrentó u derrotó a los peruanos cuando quisieron hacerle la guerra a Colombia. Quiso retirarse de la vida pública, se fue a vivir en Quito con su esposa, con quien tuvo una hija. Pero ante la crisis final de la Gran Colombia, Bolívar lo requirió de nuevo y el Gran Mariscal respondió a ese inútil requerimiento. Dividida Colombia, quiso regresar a Ecuador, no pudo ver por última vez a Bolívar, que había partido hacia su propia muerte, y Sucre, en vez de viajar por mar, lo hizo por tierra, y el 4 de junio de 1830 fue asesinado en Berruecos. Bolívar, al enterarse, escribió: “…pienso que la mira de este crimen ha sido privar a la patria de un sucesor mío…¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre de Abel!… La bala cruel que le hirió el corazón, mató a Colombia y me quitó la vida”. Sucre se había convertido en en el verdadero y mayor santo de América.

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