Simón Bolívar (1783-1830). El Libertador de medio continente

Simón Bolívar (1783-1830). El Libertador de medio continente

Un niño que nació en la casa de los Bolívar y Palacios, en la esquina de San Jacinto, el 24 de julio de 1783 a las ocho de la mañana en una de las habitaciones del lado Sur, estaba destinado a darle la libertad a muchos pueblos, como otro Niño, cuyo nacimiento puede haber sido unos 1789 o 1790 años antes, nació para liberar de culpa a muchos pueblos, a todos los pueblos, a toda la humanidad. Y hasta ahí las posibles similitudes, porque hay que poner las cosas en su santo lugar. El niño Bolívar no es el Niño Dios. Bolívar no es Dios. Bolívar fue un hombre de carne y hueso, de virtudes y defectos, que cometió muchos errores, aunque también tuvo muchos aciertos. Sus contemporáneos cuentan que era un hombre, ágil, nervioso, dicharachero y presto al chiste, nada solemne y con voz aguda que muy poco imponía, pero dice también que lo que más impresionaba en él era su mirada: sus ojos eran negros y denotaban una energía sin límites. Era descendiente de muchos de los fundadores de Caracas o de los que vinieron a vivir en ella a los pocos años de fundada. Su padre era don Juan Vicente Bolívar y Ponte, que a su vez era hijo de Juan de Bolívar y Martínez Villegas y Petronila de Ponte Andrade y Marín de Narváez. Su madre, María de la Concepción Palacios y Blanco, era hija de don Feliciano Palacios (y Sojo) y Gil de Arratia y Francisca Blanco Infante y Herrera. Entre sus parientes consanguíneos cercanos estaban los Ribas, los Briceño, los Rodríguez del Toro, los Liendo, los Infante, los Villegas, los Herrera, los Ibarra, toda una intrincada urdimbre que fueron creando con matrimonios endogámicos esos ciento y tantos españoles que acompañaron a Losada en 1567 cuando fundaron Caracas. Eso lo supo Bolívar desde niño, un niño que perdió el padre antes de los tres años y que, poco antes de perder a su madre se convirtió en dueño de una gran riqueza, gracias al Mayorazgo instituido por doña Luisa Bolívar, viuda de Martín Jerez de Aristeguieta, y que lo convirtió en dueño de varias casas y varias haciendas a una edad en que los demás niños no tenían otra responsabilidad que aprender y jugar. Riquísimo y huérfano, el niño Simón se fue a vivir con su abuelo materno, don Feliciano Palacios, en cuya casa estuvo hasta que el abuelo también murió. Entonces lo recibió su tío, don Carlos Palacios. Tenía Simón dos hermanas y un hermano, mayores todos que él, por lo que debió desarrollar la personalidad típica del menor de la familia, que suele ser el más agresivo y el más capacitado para absorber golpes. Fue alumno de los dominicos de San Jacinto, que lo describieron como un niño demasiado inquieto y rebelde, que no se adaptaba a los sistemas rígidos y superficiales de educación que allí pretendían imponerle. A los doce años se escapó de la casa del tío y se fue a vivir en la de María Antonia, la hermana casada con Pablo Clemente Francia, pero los Palacios apelaron a la justicia, que decidió ponerlo al cuidado del educador Simón Rodríguez (Simón Carreño Rodríguez, o Samuel Robinson), apenas doce años mayor que él y hombre de ideas revolucionarias en materia de educación y en muchas otras materias y que desde entonces se convirtió, por antonomasia, en el Maestro del Libertador, aunque en verdad Bolívar estuvo muy poco tiempo en su escuela. Bolívar, adolescente, recibió clases de muchos tutores privados, entre ellos Andrés Bello, que era casi de su misma edad. También fue alumno del padre Andújar y otros sacerdotes, cuyas enseñanzas no deben haber sido muy eficientes, puesto que lo poco que se conserva de aquel joven revela una ortografía y una gramática realmente malas. Pronto dejó los libros y las ceibas y las nubes y entró al Batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, valles que en buena parte le pertenecían, por el Vínculo Aristeguieta y por lo que heredó de sus padres. En los primeros días de 1799 viajó a España, pasó por México y La Habana y desembarcó cerca de San Sebastián. En Madrid se encontró con sus tíos Esteban y Carlos Palacios y se alojó en la casa del marqués de Ustáriz, en donde conoció a María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza, sobrina del marqués del Toro, prima hermana de dos de sus mejores amigos y parienta suya también. Luego de un breve viaje a Francia, sin haber cumplido diecinueve años se casó en Madrid, el 26 de mayo de 1802, y regresó a Venezuela, se instaló con su joven esposa en su casa de las Gradillas. Tras apenas ocho meses de matrimonio, el 22 de enero de 1803, murió en Caracas María Teresa, y el joven viudo regresó a Europa, pasó por Madrid y se estableció por un tiempo en París. Allí se reencontró con Simón Rodríguez, y junto con Fernando Rodríguez del Toro emprendió un viaje a Italia, en donde, por cierto, juró dedicarse a la independencia de América.
Al regresar a Caracas se dedicó a administrar sus bienes, pero también formó parte de varios de los movimientos políticos que se iniciaron a raíz de la ocupación de España por los franceses en tiempos del Emperador Napoleón. En 1808 estuvo entre los mantuanos que trataron de alzar a Venezuela, y en 1810 estuvo entre los que la alzaron el 19 de abril. Poco después partió con Luis López Méndez y Andrés Bello en una misión diplomática, a Londres, a buscar el apoyo del gobierno inglés. Allí conoció a Francisco de Miranda y se entusiasmó con las ideas abiertamente republicanas e independentistas del viejo luchador, que había intentado invadir Venezuela apenas cinco años atrás. Y fue Bolívar el que invitó a Miranda a viajar a Caracas, a regresar al país que había dejado medio siglo antes. Y también fue Bolívar el que recibió a Miranda en La Guaira y el que lo alojó en su casa de Las Gradillas. Pronto Miranda encabezó el movimiento francamente independentista y republicano de Venezuela, que se convirtió en el primer país en constituirse como república independiente, el 5 de julio de 1811. Empezó entonces el terrible proceso de guerra, uno de cuyos puntos más notables fue el terremoto de marzo de 1812, que significó el comienzo de la caída de la primera república. En esos días Bolívar fue protagonista de dos hechos que se ha vuelto como sombras en su historia, cuando perdió la plaza militar de Puerto Cabello y estuvo entre los que arrestaron a Miranda, lo cual fue para el Precursor la antesala de La Carraca y de la muerte.
En cambio, para Simón Bolívar, la carrera que lo haría Libertador empezaba allí. En octubre ya estaba en Cartagena de Indias desde donde escribió su Manifiesto de Cartagena, que achacaba al federalismo la culpa de la caída de la república. También alegaba que Venezuela en manos de los realistas era una amenaza para la estabilidad de Nueva Granada, y solicitaba el apoyo de los neogranadinos para intentar el restablecimiento de la república, tarea que emprendió poco después con apoyo neogranadino, cuando, el 27 de abril de 1813, inició desde Cúcuta la Campaña Admirable. A su paso por Trujillo, luego de enterarse de la muerte del Diablo Briceño, Bolívar decretó, el 15 de junio de 1813, la llamada Guerra a Muerte. Las barbaridades de los realistas, que estaban muy lejos de la nobleza de espíritu española y demasiado cerca de la selva y la quema implacable de las sabanas al sol, no podían generar otra reacción que la que generaron, aunque resultara muy dolorosa a quienes se vieron obligados a asumirla. La proclama dice, entre otras cosas: “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables.” Su recorrido de Cúcuta a Caracas fue brillante. El 31 de julio derrotó a los realistas en la Sabana de Taguanes, en las afueras de Tinaquillo, con lo cual le quedó despejado el camino hacia Caracas. Y el 6 de agosto de 1813, aclamado por sus paisanos, Simón Bolívar entra triunfante a su ciudad, la misma que lo vio partir poco más de un año antes como uno más entre muchos derrotados y ahora lo veía llegar como el primero entre los vencedores. Dos de meses después, en el templo de San Francisco, a dos cuadras de donde nació, le fue ratificado el título de Libertador que le había dado Mérida.
Pero desde el comienzo empezó a tener dificultades. Los realistas habían recibido refuerzos, y todo indicaba que pronto darían la pelea con más furia que hasta entonces. El 30 de septiembre del 13, desde Puerto Cabello, los realistas pasaron a la iniciativa. Las prédicas demagógicas de José Tomás Boves y otros caudillos engañaron a la mayoría de los venezolanos. Bolívar y los suyos eran minoría y no podían reclutar fuerzas con la misma facilidad que sus enemigos. Pronto fueron derrotados, poco después de que Bolívar ordenara masacrar a unos ochocientos civiles que estaban presos en La Guaira por el solo hecho de ser españoles. El 7 de julio de 1814, en la madrugada, cuando se cumplían once meses de la entrada triunfal del Libertador y por decisión de una asamblea de notables que se efectuó en el templo de San Francisco, salieron de Caracas unas veinte mil personas, mientras Bolívar, con 1.200 hombres, cubría la retaguardia. En la tarde del mismo 7 entraron las vanguardias españolas y decretaron el degüello de todos los blancos. La marcha de los emigrados, que partieron de la actual esquina de Alcabala, fue relativamente rápida, por el camino de Capaya. Inicialmente Bolívar pensó en ir por la costa, pero a la vista de busques enemigos, optó por ir por dentro, protegido por la selva. Tres semanas después de partir, el 27 o el 28 de julio, llegaron a BarcelonaPoco después Bolívar, repudiado por muchos de los suyos, logró escapar desde Carúpanp hacia Cartagena decidido a empezar de nuevo. Caía la Segunda República y Bolívar se veía obligado a reconsiderar lo que había dicho y pensado acerca de Francisco de Miranda.
El Libertador, atribulado, lleno de problemas y derrotado, emprendió un nuevo viaje por mar hacia Cartagena. En diciembre de 1814 está de nuevo en Nueva Granada, donde debe enfrentar intrigas y noticias alarmantes: La suerte de Nueva Granada empieza a parecerse a la de Venezuela. En mayo de 1815 parte para Jamaica, en donde escribió su Carta de Jamaica, un magnífico análisis de la realidad de la América española y su porvenir.
Entretanto, una fuerza expedicionaria enviada por España, al mando de Pablo Morillo, y así se cumple algo que Bolívar deseaba ardientemente: la guerra ya no es entre venezolanos partidarios o enemigos del rey, sino entre venezolanos y españoles. Cesó la “guerra de colores” y empezó la guerra entre naciones.
También Nueva Granada cayó en poder de los realistas, privando a Bolívar del apoyo que necesitaba. Pero pronto reaccionaron las fuerzas independentistas. En Venezuela, la isla de Margarita fue el primer territorio en retomar la iniciativa. Juan Bautista Arismendi alentó una política de resistencia, que implicaba el armarse con los pertrechos del enemigo. Y tan eficientes fueron que en muy poco tiempo obligaron a los españoles a refugiarse en recintos amurallados. Venezuela se convirtió en un territorio de guerrillas mientras Bolívar, refugiado en la isla de Jamaica, usaba la imaginación y la pluma como sus nuevas armas para escribir otro de sus grandes documentos: la Carta de Jamaica.
Desde la isla caribeña, el 19 de diciembre de 1815, el Libertador, que pensaba rescatar Cartagena, salió hacia Venezuela luego de enterarse de que la ciudad neogranadina se había liberado. Poco después, y tras pasar por Haití en donde consiguió la ayuda de Petión enfiló hacia Venezuela al frente de 250 hombres. Y el 3 de mayo tocaron tierra venezolana en Margarita. El 7 de mayo, en una asamblea celebrada en la Villa del Norte, Bolívar fue confirmado como jefe de los independentistas. Luego, en Carúpano, Bolívar ratificó la abolición de la esclavitud. Después, como si la fortuna quisiera igualar a Bolívar con Miranda, el Libertador sufrió una seria derrota en Ocumare, tal como Miranda. Allí estuvo a punto de terminar su carrera cuando se encontró abandonado en las costas que había soñado conquistar.
Luego de aquel fracaso, las cosas parecieron enderezársele poco a poco al Libertador. Regresó a Haití, donde Petión le siguió dando apoyo, en diciembre de 1816 navegó hasta Margarita, para desembarcar pronto en Tierra Firme, en donde poco a poco se había ido formando una corriente que le era favorable. Y es que luego de la muerte de José Tomás Boves, que fue en Urica el 5 de diciembre de 1814, y de la llegada de las tropas españolas de Morillo, en el Llano surgió la figura de un nuevo caudillo, que para fortuna de los independentistas, no era realista: José Antonio Páez, y uno de los grandes logros de Bolívar fue hacerse reconocer por Páez como cabeza de los republicanos. Y el 28 de enro de 1817 Páez se anotó una victoria en Mucuritas. En España, el alzamiento de tropas que iban a viajar a América, debilita la causa de los realistas. Y la Guayana venezolana cayó en manos de los independentistas guiados por Manuel Piar. Esto último hace que Bolívar decida ir en persona a Guayana, en donde tendrán lugar varios de los acontecimientos más importantes de su vida. Uno, negativo, fue el fusilamiento de Manuel Piar tras un breve juicio, que sólo se justifica si es verdad que Piar tramaba volver a la llamada “guerra de colores”, o guerra social, que tanto daño le hizo a la causa independentista en su inicio. En compensación, en ese período se inició la amistad de Bolívar con el cumanés Antonio José de Sucre (1795-1830), el más noble y fiel de sus partidarios. También fue muy positiva su campaña de Nueva Granada, que culminó con la batalla de Boyacá (7 de agosto de 1819) y el triunfo definitivo de las armas republicanas en todo el antiguo Virreinato de Bogotá. También fueron muy positivos su Discurso de Angostura y la creación de la República de Colombia, que se produjo el 17 de diciembre de 1819. Casi un año después, en noviembre de 1820, el Libertador firmó con el general Morillo una armisticio y el Tratado de Regularización de la Guerra, uno de los instrumentos humanitarios más formidables que ha conocido la humanidad, en el que se nota la influencia benéfica de Antonio José de Sucre. El 27 de noviembre de 1820 se encontraron y se abrazaron en Santa Ana, entre Trujillo y Boconó, Bolívar y Morillo, los jefes de los bandos que luchaban en aquella contienda, que terminó con la Batalla de Ayacucho, el 24 de junio de 1821, cuando triunfó definitivamente en Venezuela el bando independentista o republicano.
La guerra en Venezuela, y en general en Colombia, prácticamente había terminado, y Bolívar dirigió su mirada hacia el sur. Ya había enviado al que se había convertido en su hombre de confianza, Antonio José de Sucre, a solucionar el problema de Quito y de Guayaquil. Sucre, con su victoria de Pichincha, el 24 de mayo de 1822,, libertó por completo el territorio que hoy conocemos como Ecuador, y poco después, actuando como diplomático, aclaró del todo el panorama al lograr que Guayaquil se incorporara del todo a Colombia. Fue entonces cuando Bolívar, ratificado como Presidente de Colombia por el Congreso, deja en Bogotá al Vicepresidente Francisco de Paula Santander y viaja al sur, a la costa Pacífica de Sudamérica. En Guayaquil se produce su famoso encuentro con José de San Martín el 26 de julio de 1822. A raíz de ese encuentro queda claro que corresponderá a Bolívar la tarea de combatir al Virrey español José de la Serna e Hinojosa, jefe de la única fuerza considerable que mantenía España en el continente americano, que dominaba buena parte del Perú y el Alto Perú. La situación de los independentistas en el Perú era grave a causa de las pugnas internas. En Bogotá se armaba una verdadera conspiración antibolivariana, mientras el Libertador, a pesar de no tener apoyo ni en el norte ni en el propio Perú y de que sólo contaba con restos de las fuerzas militares republicanas que quedaban en la zona, obtuvo un triunfo importante en Junín, el 6 de agosto de 1824. Poco después, el Congreso de Bogotá le retiró la autorización para guerrear en el sur, por lo que el mando de la campaña quedó en manos de Sucre, mientras Bolívar se retiraba a la costa. Bolívar sugirió entonces que las fuerzas al mando de Sucre se acuartelaran, pero Sucre decidió otra cosa: se preparó para la campaña final que echaría definitivamente del continente a los españoles, campaña que, después de muchas marchas y contramarchas, que demostraron la habilidad del joven cumanés, culminó en la Batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Derrotados del todo, los realistas se refugiarían por un breve tiempo en El Callao. La guerra de la independencia de la América española había terminado con el triunfo de las armas republicanas. Simón Bolívar era el gran triunfador, y se preparaba a llevar adelante otra inmensa campaña: la de la creación de un mundo feliz en la América republicana e independiente.
Bolívar, que desde el momento en que contribuyó al arresto de Miranda, en 1812, hasta 1820, cuando por la influencia benéfica de Antonio José de Sucre auspicia el Tratado de Regularización de l guerra, había asumido el papel de caudillo bárbaro, necesario para derrotar a los caudillos bárbaros que asumieron la defensa de la monarquía española en América (Monteverde, Antoñanzas, Boves y otros), y entre 1820 y 1824, se convirtió en el jefe militar que dirigió una guerra más formal hasta derrotar por completo a las fuerzas españolas. A partir de entonces, el Libertador se convirtió en verdadero estadista y civilizador. En febrero de 1825 reunió el Congreso del Perú para presentar un balance de lo hecho durante el año en que había actuado como autoridad suprema de aquel país. Había hecho varias reformas, ordenó repartir tierras entre los indios, recorrió buena parte del país y dispuso una serie de reformas en materia educativa. Y sin dejarse dominar por la marea de tantos sueños, el Libertador se consagró en cuerpo y alma a aquella tarea de inventar un país. No quiso, sin embargo, inventar por inventar, y en donde quiera que le fue posible aceptó las costumbres y las leyes que eran conocidas y acatadas por la población. Organizó tribunales y cortes y ordenó que se redactaran nuevos códigos. También dedicó un considerable esfuerzo a la apertura de buenos caminos, que no sólo contribuirían a mejorar el comercio, sino que tendrían una evidente importancia militar. Pero su tarea más importante fue la redacción de la Constitución boliviana (que no se llama así por haberse promulgado en Bolivia -y también en Colombia y en Perú- sino porque fue hecha por Bolívar, y el término “boliviano”, se usaba entonces aplicado a todo lo que tenía que ver con Bolívar), en la que vertió sus ideas políticas. En ella se establecía que el pueblo tendría la soberanía de la nación, y el gobierno debía ser representativo. Dividía el poder público en cuatro secciones: la electoral, la legislativa, la ejecutiva y la judicial. El poder electoral estaría formado por uno de cada diez ciudadanos hábiles (que supieran leer y escribir y ejercieran algún oficio conocido). Esos electores designarían a los legisladores y proponían al ejecutivo candidatos para determinados cargos, tanto judiciales como de gobierno. El poder legislativo se dividía en tres cámaras: el senado, la de tribunos y la de censores, que actuaba como árbitro de las otras dos y como poder de contraloría. Los tribunos eran los encargados de iniciar la discusión de las leyes y eran elegidos por cuatro años, aunque se renovaban por bienios. Los senadores duraban en funciones ocho años y se renovaban, también por mitad, cada cuatro. El ejecutivo lo ejercía un presidente vitalicio, acompañado por un vicepresidente (nombrado por el presidente pero controlado por el poder legislativo), además de tres secretarios de estado de libre nombramiento y remoción. El vicepresidente es, automáticamente, el sucesor del presidente, y deberá escoger un vicepresidente que, a su vez, lo sucederá a él cuando él muera.
Sucre, después de Ayacucho, había subido a lo que hoy es Bolivia a combatir los restos de fuerzas españolas que allí actuaban, y en contra de la opinión de Bolívar, convoc+o a un congreso constituyente que finalmente se reunió, luego de que Buenos Aires dio su consentimiento (pues la oposición de Bolívar se basaba en que ese territorio debía pertenecer a la república surgida del antiguo virreinato de La Plata), y nació así la República de Bolívar, después llamada de Bolivia. El Libertador inició el proceso de su creación y, luego de emitir un decreto en el que se convocaba el congreso que se encargaría de estudiar y promulgar la constitución por él propuesta, y que se reuniría el 25 de mayo de 1826, el Libertador delegó el mando supremo en Sucre, y se fue del país que había creado. Sin dar a quienes lo acusaban razones para censurarlo, dejó el poder en manos de su discípulo y emprendió, por su cuenta, su regreso hacia el mar. El 29 de enero de 1825 entregó el mando a Sucre y el 7 de febrero del 26 ya estaba en su residencia del Perú. Sucre, a pesar de no querer el mando, tuvo que aceptar la presidencia del nuevo país, en la que estuvo hasta que un golpe de estado y una invasión peruana lo obligaron a renunciar e irse, como un simple ciudadano particular, a vivir en Quito.
Bolívar, entretanto, debió enfrentar serias dificultades que lo amenazaban tanto desde Bogotá como desde Caracas. En Bogotá, el partido formado por Francisco de Paula Santander otros, conspiraba abiertamente para sacarlo del poder, y promovía la antipatía hacia los venezolanos. En un intento por lograr la unión, el Libertador convoca a una Convención en Ocaña, más o menos equidistante entre Bogotá y Caracas, pero sus adversarios, mediante una serie de triquiñuelas legales, logran imponerse y lo acusan de tirano Asume entonces la dictadura y toma varias medidas, muchas de ellas de carácter antiliberal, que sirven a sus enemigos para dispararle toda clase de acusaciones. En Venezuela, José Antonio Páez y sus amigos promovían la disolución de Colombia y el rechazo hacia Bolívar. Esa fue la causa de la última visita del Libertador a Caracas, entre enero y julio de 1827, cuando se dedicó a apaciguar a Páez y a contrarrestar los efectos de la conspiración llamada la Cosiata. Fue muy bien recibido y creyó haber logrado su objetivo, pero su logro generó aún más resistencia en su contra en Bogotá, en donde se fraguó una conspiración para asesinarlo, que se llevó a cabo, afortunadamente sin éxito, en septiembre de 1828: el 25, a las doce de la noche diez conspiradores asaltaron el palacio de gobierno, hirieron al joven subteniente Andrés Ibarra en el brazo derecho y dominaron sin mayores problemas a los treinta y cinco guardias que custodiaban el sitio. Se dirigieron al dormitorio del Libertador lanzando gritos y vivas que alertaron a Bolívar. El Libertador saltó por el balcón, de altura más bien discreta, y se alejó del lugar, mientras Manuelita Sáenz, la compañera de Bolívar, engañaba a los asesinos. Bolívar logró esconderse bajo un puente y enviar un mensaje a sus partidarios, que neutralizaron poco después a los conspiradores. A raíz de ese atentado, Bolívar asumió la dictadura, tomó medidas extremas contra varios de los conjurados (Santander fue condenado a muerte e indultado, y salió al exilio) e inició un período lindante con la desesperación, que lo llevó a perder el poder, y a su último viaje, que fue a encontrarse con la muerte.
Todavía habría un último capítulo en la lucha de Bolívar por mantener la unión del país que había creado en diciembre de 1819, que fue el llamado Congreso Admirable, convocado para celebrarse en Bogotá en los primeros días de 1830. Pero fracasa, pues en Venezuela Páez y sus partidarios han convocado a otro congreso, en Valencia, que decidió la separación de Venezuela y el repudio a Bolívar. Sucre, que ha salido de su retiro para presidir el Congreso Admirable, hace un esfuerzo final y trata de viajar a Venezuela para entrevistarse con Páez, pero no lo dejan pasar de la zona fronteriza entre las actuales Venezuela y Colombia. Bolívar renuncia y decide hacer como San Martín: ir al exilio en Europa. Cuando va camino al norte le llega la terrible noticia de que su gran amigo y colaborador Antonio José de Sucre fue asesinado en junio en las selvas de Berruecos, cuando viajaba rumbo a Quito. De allí en adelante la vida de Bolívar es un camino abierto hacia la muerte, que se produce, como consecuencia de una tuberculosis agravada, el 17 de diciembre de 1830 en la Quinta de San Pedro Alejandrino, muy cerca de la ciudad costeña de Santa Marta, Poco antes de morir había dictado lo que sería su última proclama, en la cual le decía a sus compatriotas: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Palabras inútiles, dichas por un hombre que al final de su vida se enfrentó a su propio fracaso. De su gesta magnífica no salieron pueblos felices, sino pueblos tristes; no resultaron pueblos dominantes, sino pueblos dominados. Se cuenta que poco antes de morir habría dicho: “He arado en el mar”. Y tenía razón.
Por desgracia, los herederos de quienes tanto daño le hicieron, lejos de resarcir ese daño, lo han agravado al proclamar una especie de “religión” bolivariana, que en muchos sentidos patrocina el atraso de los pueblos de América. Bolívar fue un gran hombre, uno de los más grandes americanos de todos los tiempos, pero no un dios, y al malinterpretar sus ideas y tratar de convertirlo en propiciador de odios o en caudillo de una “guerra de colores”, se le hace un daño terrible a su memoria.

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