Francisco de Miranda (1750-1816). El verdadero padre de todas las patrias

Francisco de Miranda (1750-1816). El verdadero padre de todas las patrias

¿Quién fue Francisco de Miranda? Parece mentira que alguien nacido en Venezuela, o en cualquier otro país de la América que habla español, pueda hacerse esta pregunta. Pero es que en Venezuela y en varios de nuestros países se han creado auténticas religiones que ponen a Simón Bolívar (o a José de San Martín) como dios, como único dios que no admite competencia. Y por eso se ha descuidado la tarea de que los niños y los jóvenes conozcan la vida y la obra de personajes tan verdaderamente importantes como Miranda. La respuesta a esa pregunta es, pues, muy simple: Francisco de Miranda fue el más universal de todos los americanos. El personaje más interesante, más importante que ha producido la América española, antes y después de la Independencia, que en su tiempo fue conocido en toda Europa y en la América del Norte, como lo ha sido ningún otro venezolano o latinoamericano en tiempos posteriores. En Venezuela y otros países se llama “el Precursor”, cuando en realidad precursores podrán ser Gual y España, o Chirino, o Juan Francisco de León, que se alzaron en armas contra las autoridades españolas y no consiguieron nada. Miranda fue el ejecutor de la Independencia, el inspirador, el padre de todas las patrias americanas en las que se habla español.
Nació en Caracas el 28 de marzo de 1750, no se sabe si en el barrio canario de La Candelaria, o en la Esquina del Hoyo, que eran los lugares en donde su padre tenía casas. En la Esquina de Padre Sierra vivió unos nueve años, desde que tenía doce hasta que se fue de Caracas.
Era hijo de un canario que emigró a Venezuela en 1718, época muy infeliz para los isleños, y que en Caracas montó una tienda, por lo cual los “mantuanos”, que así se llamaban los ricos y poderosos, descendientes de españoles pero ya nacidos en Venezuela, que tenían el gobierno municipal y competían con los nacidos en España, que gobernaban la capitanía general en representación del Rey de España, lo obligaron a presentar sus pruebas de “pureza de sangre”, luego de ser tildado de mercachifle para evitar su ingreso a las Milicias de Caracas como Capitán. En esos días Francisco entraba a estudiar Latinidad y Me¬nores en la Universidad de Caracas, y a los veintiún años atravesó el Océano Atlántico, vio por vez primera el sol de Europa, se compró una flauta, se hizo trajes a la moda y estudió inglés, francés y geografía, además de empezar a adquirir libros y obras de arte. También se compró una plaza de oficial en el ejército español, fue destinado al Norte de África y terminó peleado con su superior, a quien con mucha razón consideraba su inferior. Conoció en Gibraltar al inglés John Turnbull, siempre sería su amigo y lo apoyaría financieramente. Es¬tuvo, como oficial, en Pensacola, en la Florida norteamericana, como parte de la fuerza española que luchó en apoyo de los indepen¬dentistas norteamericanos. Luego, en La Habana, fue acusado injustamente de haber mostrado a los ingleses las fortificaciones del puerto. También lo acusaron de contrabandista por permitir que con su equipaje entraran a Cuba unos bienes de un inglés que lo había ayudado a comprar, por órdenes del gobernador Juan Manuel Cagigal, que era su amigo y protector, dos barcos en Jamaica. Su arrogancia y su éxito personal le habían ganado muchos enemigos, y todo el peso de aquellas intrigas le cayó encima de repente. A raíz de aquel proceso mal llevado, cuando tenía treinta y tres años se refugió en los Esta¬dos Unidos (eso fue en 1783, casi dos meses antes del nacimiento de Bolívar), y allí se relacionó ya definitivamente con Washington, Adams, Hamil¬ton y La Fayette (que le cayó definitivamente mal) y otros prohombres del momento. Recorrió, casi como fugitivo, la recién nacida república norteamericana, atravesó de nuevo el Atlántico y se instaló en Londres. Después viajó a Francia y a Prusia, y luego conoció Italia. Hungría, Grecia, Turquía, Rusia (y fue recibido con honores por la Zarina, la Emperatriz Catalina La Grande), Suecia, en donde alternó con el rey, Noruega, Dinamarca, cuyo rey le pareció loco, y en donde sus críticas a las cárceles lograron que se hiciera una profunda reforma al sistema carcelario para hacerlo más humano (por cierto que la opinión de Miranda sobre Dinamarca debería quitarnos todo velo de pesimismo a los latinoamericanos: lo consideró uno de los países más atrasados y bárbaros del mundo, y cien años después ya era uno de los más modernos y avanzados). Fueron esos sus tiempos de aventurero, y por donde quiera viajaba llevando su elegancia y su porte, conquistando mujeres, anotando todo lo que le interesaba e iniciando la visualización de su gran proyecto político. Al terminar su largo viaje, en el cual conoció buena parte del mundo europocéntrico y se dio a conocer en los sitios de poder, se instaló en Londres (1789) como aspirante a libertador de la América española y logró llegar al gabinete de William Pitt, el primer ministro y hombre todopoderoso del Imperio Británico. A los ingleses les interesaba debilitar a España, y vieron a Miranda como una pieza de ese juego. Miranda trató de aprovecharse de ellos, hasta que se dio cuenta de que ellos se burlaban de él, y fue entonces cuando se involucró en la Revolución Francesa, con lo que perdió la protección de la emperatriz rusa. En la Francia revolucionaria se convirtió en General y consiguió notables triunfos como militar, que por primera vez demostraba sus dones de mando y su sentido de la disciplina. Pero también estuvo a punto de morir, puesto que sólo su suerte y, posiblemente su condición de extranjero célebre en toda Europa, lo salvaron de caer en la guillotina del tirano Robespierre, bajo cuyo gobierno fueron guillotinados miles de franceses, hasta que él mismo cayó en su propia trampa. Aunque se salvó de la guillotina, cayó preso poco después por segunda vez, y se dio cuenta de que era poco lo que lograría en Francia, aun cuando había tratado a Napoleón, que ya se perfilaba como el hombre importante que llegó a ser Emperador. Regresó a Inglaterra a volver al juego del gobierno británico. Presentó un largo proyecto, que era hacer de Hispanoamérica una gran república (Colombia), y suponía una fase militar, con un Hatunapa y dos Curacas que se encargarían de iniciar la organización del nuevo país. En la segunda fase, con el país ya organizado, gobernarían dos Incas, uno en la capital, que él ubicaba en Panamá, y otro itinerante, ambos nombrados por el Congreso, por diez años. Allí, quizá inconscientemente, Miranda repetía la idea napoleónica, copiada a su vez de los romanos, de con Cónsules. Los Incas designarían dos Cuestores (administradores de la hacienda pública), dos Ediles (encargados de las obras públicas) y seis Censores (a cargo de las costumbres de la ciudadanía). El Congreso estaría formado por una cámara alta, equivalente al Senado de los norteamericanos o a la Cámara de los Lores inglesa, de Caciques vitalicios, escogidos por los Incas, una cámara de Comunes, elegidos por voto popular, tal como los Cabildos y las Asambleas Provinciales, integradas por los Amautas. Era una combinación de instituciones indígenas, norteamericanas, inglesas, francesas y romanas, que sólo era práctica en la mente de un gran soñador. Y que, seguramente, los ingleses ni siquiera se tomaron el trabajo de leer, y tras un nuevo intento en Francia, se convenció de que en Europa no conseguiría mucho y decidió atravesar de nuevo el Atlántico para buscar el apoyo de los norteamericanos. Entretanto se había relacionado con muchísimos hispanoamericanos que poco a poco habían ido formando una red de partidarios de la Independencia, no sólo en Venezuela, sino en Chile, en Argentina, en Centroamérica y en México.
Ya can¬sado de oír falsas promesas de los políticos ingleses y norteamericanos que no tenían otro interés que ponerle la mano a la América del Sur, se aventuró de nuevo a los mares, hizo una travesía inversa a la que lo llevó de América a Europa, y desde los Estados Unidos -1806-, apoyado en falsas promesas de políticos norteamericanos, los sueños románticos de algunos amigos, la avaricia brutal de otros que no eran sus amigos y, sobre todo, muchas dobleces, trató de invadir Venezuela por Ocumare, con el más heterogéneo de los ejércitos que pueda imaginarse, en el que había oficiales nor¬teamericanos, franceses, austríacos, y soldados que no eran soldados, casi todos norteamericanos desempleados que creyeron que se podrían ganar unos dólares en un atractivo paseo a las tierras calientes. Y en las tierras calientes muchos de ellos encontraron una muerte infame, luego de que las dos goletas que acompañaban al buque en que iba Miranda fueron capturadas. Tres norteamericanos, cinco ingleses, un portugués y un polaco fueron colgados en el patio de la Fortaleza de San Felipe, en Puerto Cabello. Después de pasar por Trinidad, en agosto de 1806 emprendió una nueva aventura: Desembarcó en La Vela de Coro, en donde ondeó por vez primera la bandera de colores amarillo, azul y rojo, y tomó sin resistencia la ciudad de Coro. Pero los habitantes de la ciudad la habían dejado desierta a instancias del obispo de Mérida, Santiago Hernández Milanés, que casualmente estaba de visita por aquellos predios. Nunca supo Miranda que, de haber seguido hacia Puerto Cabello, el gobernador y capitán general de Venezuela, Manuel de Guevara y Vasconcelos muy posiblemente habría abandonado el territorio, que se habría convertido en la primera república independiente separada de la América española (tal como lo fue en 1811). Desconcertado, el general Miranda dejó Venezuela y regresó a Londres, a empezar de nuevo.
En Inglaterra volvió al juego de tira y encoge, que llegó a creer con porvenir cuando los ingleses decidieron que había que apoyarlo porque España había sido tomada por Napoleón. Pero poco después, cuando los españoles se alzaron contra Bonaparte, los ingleses desecharon a Miranda, que ahora se creyó fracasado del todo. Pero el 19 de abril de 1810 los venezolanos se alzaron contra España, y enviaron a Inglaterra una delegación integrada por Simón Bolívar, Andrés Bello y Luis López Méndez (que era sobrino político de Miranda), y Bolívar, a pesar de que prácticamente tenía instrucciones en contrario, lo invitó a regresar y hasta lo alojó en su casa, en la esquina de Las Gradillas. En la provinciana y hasta entonces quieta Caracas, en la que José Félix Ribas, aristócrata local y tío político de Simón Bolívar se paseaba con un gorro frigio y pregonaba sus ideas revolucionarias y hasta jacobinas, don Francisco de Miranda era un personaje extra¬ñísimo, con sus casacas de colores chillones, su “pecho de paloma” por querer parecer más alto de lo que era, su tez morena, su blanca cabellera recogida atrás como en cola de caballo, su zarcillo en la oreja, su acento que no reconocían ni los caraqueños ni los peninsulares y era sólo de don Francisco, con un mucho de universal. Eran los días de Juan Germán Roscio, a quien le desagradó la llegada de Mirando, no sólo porque era un librepensador, sino porque Roscio, que había sido quizás el hombre de mayor influencia en lo ocurrido en 1810, no podía competir con el prestigio de aquel gran señor que había paseado su elegancia y su cultura por toda Europa y parte de América, y que era la Estrella del Norte para los jóvenes mantuanos, con cuyos padres, tal como el padre de Miranda, Roscio había tenido graves problemas. A pesar de Roscio, en 1811 y 1812 Miranda llegó a ser factor importantísimo en la verdadera Independencia. No solamente era el hombre que casi durante ese medio siglo había ve¬nido pregonando y gestando la creación de una república libre e inde-pendiente en los territorios que los españoles ocuparon desde el Des¬cubrimiento, sino el que, entre todos los nacidos en ellos, tenía más títulos y conocimientos para lograrlo. Cuando la patria entró en franca agonía le confiaron el mando para su defensa y lo nombraron Generalísimo. Hizo un esfuerzo verdaderamente heroico, destinado nuevamente al fracaso. Se había convertido, por fin, en la verdadera cabeza de la revolución que casi toda su vida había soñado y que sus ideas hicieron posible, pero era una cabeza que padecía la desconfianza de muchos órganos del cuerpo. Los viejos mantuanos no se cansaron de ponerle obstáculos y hasta de sabotear su gestión. Y muchos de los jóvenes no se resignaron ni a la disciplina que quería imponer ni a su preferencia por los oficiales extranjeros, que sabía mucho más preparados para una guerra que se anunciaba terrible, luego de que un terremoto, el Jueves Santo de 1812, sirvió a los enemigos de la república, en especial a los curas, para sembrar en la mayoría la idea supersticiosa de que Dios se oponía a la Independencia. La coincidencia de que el Jueves Santo 19 de abril se inició el proceso y el Jueves Santo 12 de marzo fue el terremoto, les vino de perlas. Resultaron demasiados los elementos que tenía en contra. Combatió sin éxito contra los realistas, que contaban con la mayoría del pueblo, engañado por prédicas demagógicas basadas en la superstición, y fue derrotado. Pactó un armisticio con el jefe de esos realistas, un aventurero canario, débil y cruel, llamado Domingo de Monteverde y en la madrugada del 31 de julio de 1812, cuando trataba de salir por La Guaira con intenciones de retomar la lucha desde Nueva Granada (la actual Colombia) fue arrestado por varios republicanos (entre ellos Simón Bolívar), y por la traición de un tal Manuel María de Casas fue entregado a los españoles. De allí en adelante sólo conoció la prisión, primero en La Guaira, después en Puerto Cabello, en Puerto Rico y, finalmente en Cádiz, el La Carraca, que fue en donde murió a causa de un derrame cerebral el 14 de julio de 1816, sin enterarse de que sus ideas poco a poco se habían ido imponiendo en todo el territorio que por tres siglos había sido del rey de España.
El sacrificio de aquel grande hombre y soñador empedernido, aunque demasiado duro, fue necesario para que la Revolución de Caracas pudiera seguir su camino, aun a costa de la posibilidad de que todos los habitantes de la América española llegaran a alcanzar la felicidad. Miranda, el girondino, escaldado por lo que sufrió en la Revolución Francesa, trataba de contener a aquellos jóvenes montañeses, casi jacobinos, que querían desbocarse, mientras que Bolívar y los jóvenes mantuanos querían ir mucho más allá de la simple Independencia. Querían hacer una auténtica revolución, aun contra los viejos mantuanos. La emprendieron hasta convertirse en la única clase que se ha suicidado no por defender sus privilegios, como las noblezas de Francia y de Rusia, sino por abolirlos. La hicieron al extremo de que otras, como la mexicana, la rusa, la china y la cubana, que son muy posteriores a ella en el tiempo, no consiguieron mucho más que ella. O hasta consiguieron menos. Habría sido imposible que Bolívar y los suyos entendieran que esa revolución social iba a ser la desgracia de todos los pueblos, que de haber seguido las ideas de Miranda habrían alcanzado el cielo en la tierra, pero por no seguirlas se quedaron en un dudoso limbo que tiene mucho de infierno. Y fue por todo eso por lo que en plena madrugada desdichada del 31 de julio de 1812, cuando Carlos Soublette lo acababa de despertar en la casa del comandante militar de La Guaira, Manuel de Casas, que ya había traicionado a los patriotas y se había entendido en secreto con los realistas (razón por la cual Miranda fue hecho preso por los españoles). De repente, Miranda se dio cuenta de que lo estaban condenando sus propios subalternos a aquel trágico destino, exclamó, dolido, muy dolido, para que todos lo oyeran, aquello que parece haber sentenciado a Venezuela y los venezolanos al fracaso: Bochinche, bochin¬che, esta gente no sabe hacer sino bochinche. Y tenía razón.
De La guaira pasó a Puerto Cabello, de Puerto Cabello a Puerto Rico y de Puerto Rico a España, al puerto de Cádez. En el arsenal de La Carraca, en donde estaba preso, Francisco de Miranda murió el 15 de julio de 1816.
Venezuela, el primer país que se separó realmente de España, era demasiado diferente a todos los que el viejo soñador había conocido en sus viajes. Y cuando, después de medio siglo de ausencia, pudo volver a pisar su tierra, lo que se encontró era también demasiado distinto a lo que había dejado atrás cuando cruzó el Atlántico por vez primera. No era solamente la ausencia de tanto tiempo, sino que se fue muy joven, sin tener tiempo a darse cuenta de que los habitantes de su país, del país que dejó atrás, descendientes de españoles, indios y africanos, eran una gente distinta a todas las que pudo tratar y conocer en los años de vida viajera que llevó. Pancho Miranda, al volver a Venezuela, se encontró aislado. Debió dejar paso a Simón Bolívar, que estaba mucho más cerca de la realidad que él. Pero ni él ni Bolívar podían imaginarse entonces que Bolívar, a la larga, tendría que dejar paso a José Antonio Páez, que estaba mucho más cerca de la realidad que él, y que después de la Independencia el país entraría en un proceso de autodestrucción que aún continúa, pues la antigua América española no se convirtió, como soñó Miranda, en una gran potencia, sino en muchos pequeños países, dependientes y pobres, habitados por pueblos tristes, muy diferentes a lo que Francisco de Miranda había imaginado en su largo y hermoso viaje que empezó en Caracas el 28 de marzo de 1750. Y también muy diferentes a lo que soñó su discípulo más importante: Simón Bolívar.
Ojalá que en lo futuro ningún niño, ningún joven, deba preguntarse quién fue Francisco de Miranda. No porque alguien se haya tomado el trabajo de contárselo, sino porque se haya corregido la realidad que él no pudo corregir en su tiempo.

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