“LA LLUVIA” DE ARTURO USLAR PIETRI, punto de inflexión de la cuentística venezolana

“LA LLUVIA” DE ARTURO USLAR PIETRI, punto de inflexión de la cuentística venezolana

Arturo Uslar Pietri (1906-2001). La voz que cambió la narrativa de su tiempo en Venezuela

Para el investigador Domingo Miliani (1928-2012), uno de los más serios e importantes estudiosos y críticos de la literatura venezolana, Arturo Uslar Pietri “estaba destinado a ser el gran renovador del cuento. El ensayista polémico, presente en su temperamento, no ha podido acallar nunca al maestro del relato breve. Los dieciséis cuantos que integraron su primer libro, tenían –algunos– cierto apego final a recursos del modernismo. Pero una mayoría apuntó hacia las nuevas modalidades. Los temas pudieron ser regionales o universales, ya no importaba tanto. La construcción interna, el poder sugerente, la síntesis del relato, los juegos alternados de las perspectivas y sus puntos de vista, lo convirtieron en el primero y más contemporáneo narrador de su generación. (…) Cuando retornó al país, muerto Gómez, tenía otro volumen de cuentos. ‘Red’ (1936) abrió sin duda la compuerta secreta hacia el realismo mágico, tendencia que culmina, en Uslar, con ‘Treinta hombres y sus sombras’, donde está lo mejor de su cuentística”. Es una opinión doblemente importante, porque Miliani y su generación no supieran deslindar lo literario de lo político, y Uslar perteneció toda su vida una corriente política que Miliani y sus amigos adversaron hasta con violencia.
Hoy en día nadie duda que Arturo Uslar Pietri es uno de los escritores más importantes de Venezuela, de la América hispana y de la lengua castellana. Su vida podría haber sido perfecta de no haber prestado oídos a las oscuras sirenas de la política. Nació en Caracas, el 16 de mayo de 1906. Hijo del coronel Arturo Uslar Santamaría y de Helena Pietri Paúl. Estaba emparentado con Carlos Soublette y varios de los personajes importantes del siglo XIX venezolano, así como con varios personajes de la alta burguesía venezolana, como los Herrera Uslar, los Boulton Pietri, etcétera. Su padre fue funcionario menor de las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, y vivió mucho tiempo en Maracay, en donde el joven Uslar Pietri se hizo íntimo amigo de los hijos de Gómez y de Carlos Eduardo Frías, joven intelectual que tendría mucha importancia en su vida. En Maracay, a los catorce años, donde vio su nombre por vez primera en letras de molde, el 28 de agosto de 1920 en el periódico “El Comercio”. Luego de un período interno en el colegio salesiano de Valencia, debido a que se enfermó de paludismo pernicioso, entró a estudiar, por recomendación de los médicos, en el Liceo San José de Los Teques, fundado y dirigido por el Doctor José de Jesús Arocha, “El Tigre” Arocha, en donde fue condiscípulo de los hijos de Gómez, de Miguel Otero Silva, Francisco Tamayo, Espíritu Santos Mendoza, Pedro Sotillo, Tobías Lasser, Raúl Valera y muchos otros hombres de provecho. En enero de 1924 se graduó de Bachiller en Filosofía y se mudó a Caracas para estudiar Derecho en la Universidad Central. Un año antes había publicado en “Billiken” su primer cuento conocido. En Caracas rápidamente se hizo conocer en las peñas literarias. En 1928, cuando los estudiantes de la Universidad Central protagonizan los actos contra la dictadura gomecista, Uslar se inhibe por completo. Era amigo de la familia Gómez, su padre era funcionario del gobierno, su abuelo Pietri había estado entre los impulsores del gomismo y el propio Arturo no sentía en absoluto simpatía por aquel movimiento fresco e izquierdizante. En 1928 publicó su primer libro: “Barrabás y otros relatos”, que contiene dieciséis relatos, algunos de ellos todavía inscritos dentro del modernismo, pero casi todos con un nuevo enfoque, muy distinto a todo lo que hasta entonces se había conocido en el país. Cuando se publica ese primer libro (“Barrabás y otros relatos”) llama la atención que en una época en la que la literatura, especialmente la cuentística, se volcaba hacia lo criollo, el joven Uslar Pietri eligiera como temas varios relatos bíblicos con algunos exotismos, sobre todo porque aún no había salido de las fronteras de un país rural y atrasado ni había conocido otro ambiente que los de las aldeas en las que había vivido. O mejor, en las que había dormido. En esos días se sintió atraído por el Futurismo, corriente impulsada por Filippo Tommaso Emilio Marinetti (1876-1944) y precursora del fascismo, pero en ningún momento sintió Uslar Pietri simpatía por el fascismo propiamente dicho ni por ninguna otra corriente socialista. En julio del 29, a los veintitrés años, se convirtió en Doctor en Derecho en una Universidad semidesierta por la prisión de los Estudiantes del 28 y casi de inmediato, en algo que no estuvo apartado de un mundo de chismes y maledicencias en contra de su madre, el joven Arturo fue designado Agregado Civil en la Legación de Venezuela en París, lo que sería determinante para su carrera literaria. En París formó un trío con el cubano Alejo Carpentier y el guatemalteco Miguel Ángel Asturias. La pasión por el cine, un arte enteramente nuevo, y el Centenario de la muerte de Bolívar, llevaron al joven Uslar a hacer un guión para un film sobre el Libertador, y ese guión se convirtió en “Las lanzas coloradas” (1931), una obra fundamental de la narrativa venezolana que fue totalmente ignorada por la crítica literaria venezolana y ha podido morir de mengua no obstante que “Zig-zag”, la revista chilena, la reeditó en 1940, y de que una editorial alemana ligada al Partido Comunista, por gestiones de sus dos amigos de París, la tradujo y la editó en 1932, tal como haría una editorial francesa de la misma tendencia en 1933, traducida por Jean Cassou. En 1934 regresó a Venezuela, regresó a los dominios de la oscuridad y aceptó el cargo de presidente de la Corte Suprema de Justicia del Estado Aragua, se mudó a la casa de sus padres en Maracay y se reencontró con su mundo primitivo, que contenía a los hijos del general Gómez, a quien visitaba con alguna frecuencia. El día de la muerte del dictador, el 17 de diciembre de 1935, Uslar Pietri estaba con la familia Gómez en la casa de Las Delicias, al norte de Maracay, aunque ya se había mudado a Caracas. Casi un año antes había ganado, con su cuento “La lluvia”, uno de los mejores de su producción, en el concurso anual de cuentos de la revista “Élite”, dirigida por Carlos Eduardo Frías, que integraba el jurado junto con Rafael Angarita Arvelo y Fernando Paz Castillo. Empezaba entonces su vida política, su carrera de político, que lo llevaría a posiciones de verdadera importancia en el país. Pero aún su vida como intelectual llenaba la mayor parte de su panorama. En 1935 con Pedro Sotillo, Julián Padrón y su primo Alfredo Boulton (que usaba el seudónimo Bruno Pla) fundó la revista “El Ingenioso Hidalgo”. . Ese mismo año, 1936, se convierte en presidente de la Asociación Venezolana de Escritores y publica su segundo libro de cuentos, “Red”, que lo ratifica como uno de los más importantes cultores de ese género en el país. Como dijo muy bien Miliani, con “Red”, Uslar Pietri “abrió sin duda la compuerta secreta hacia el realismo mágico” en Venezuela y en América. Uno de los cuentos de ese libro es “La lluvia”, en el que combina el ambiente local, rural, que era el casi único de la cuentística de su momento, con formas y recursos que apenas se conocían, no en Venezuela, sino en el mundo. Fue, pues, un verdadero deslinde, un punto de inflexión del cuento venezolano, latinoamericano y hasta mundial. Por algún tiempo ejerció cargos más bien modestos en la administración pública como empleado en el ministerio de Relaciones Exteriores, mientras acentuaba su relación, como docente, con la Universidad Central de Venezuela (en 1938 estuvo entre los fundadores de la Facultad de Economía). En el tiempo en que empezaron a bocetarse corrientes políticas, durante el gobierno de Eleazar López Contreras, Uslar Pietri está entre los que con Mariano Picón Salas, Alberto Adriani y Rómulo Betancourt forman la Organización Revolucionaria de Venezuela (ORVE), pero poco después se aleja del todo del grupo. Adriani es nombrado ministro de Hacienda y convence a Uslar de que acepte ser Jefe de la Sección de Economía, que ocupa por breve tiempo. Y en agosto de 1937, con Rodolfo Rojas, Amenodoro Rangel Lamus, José Joaquín González Gorrondona, Pastor Oropeza, Manuel Egaña, Ramón Díaz Sánchez, Julio Morales Lara, Manuel Felipe Rugeles y otros, funda el Partido Agrario Nacional (PAN), tímidamente reformista y, desde luego, enfrentado a los grupos de izquierda que López Contreras ilegalizó. En una demostración de confianza en su porvenir, López Contreras lo nombró Director del Instituto de Inmigración y Colonización, que después se convertiría en el Instituto Agrario Nacional, y en julio de 1939 lo designó ministro de Educación. Es en esos días cuando se casa con Isabel Braun Kerdel. Son los días en que la Alemania de Hitler hunde al mundo en una nueva gran Guerra y Venezuela, ya país decididamente petrolero, afronta las consecuencias del conflicto mundial. Uslar brilla de manera notable en el equipo de gobierno, que es uno de los mejores gabinetes que ha conocido Venezuela. En su gestión logró que se aprobara una Ley de educación moderna y práctica (la Ley Uslar de 1940), que entre otras cosas significó un paso hacia la recuperación de la Autonomía Universitaria, que había sido eliminada por el gobierno de Guzmán Blanco. Creó también una colección de libros que iniciaría una estupenda tradición del siglo XX. En 1941, dos años después de su primera designación ministerial, se convierte en Secretario de la presidencia del nuevo mandatario, Isaías Medina Angarita, con quien establece una verdadera y duradera amistad personal. La política adquiere una nueva dinámica, de la que no está ausente la influencia del petróleo. Nace Acción Democrática, el partido de masas que se convertirá en el más importante de Venezuela. Se legaliza el Partido Comunista y todo parece ir sobre ruedas. Pero hay inquietud en los cuarteles. La política militar de Medina no es feliz, como tampoco lo es su empeño en que el presidente de Venezuela debe ser nacido en el estado Táchira, aun cuando acepta que puede ser un civil, o su resistencia a que las elecciones de presidente fueran directas, universales y secretas. Después de un tiempo como ministro de Hacienda, Uslar vuelve en enero del 44 a ser Secretario General de la presidencia. Desde esa posición es el motor principal de partido de Medina Angarita, que al principio tuvo el feo nombre de “Partidarios de la Política del Gobierno” y por fortuna terminó llamándose Partido Democrático Venezolano, PDV. Uslar Pietri, auténtico liberal doctrinario, es uno de los más notables integrantes de ese grupo que parece destinado a regir el país por mucho tiempo. Medina Angarita escoge al doctor Diógenes Escalante, tachirense, inteligente y discreto, como su sucesor. Escalante, poco después de iniciada su campaña, pierde del todo la salud mental, y Medina apela a su ministro de Agricultura, Ángel Biaggini, también tachirense pero desconocido, como nuevo candidato, a pesar de que mucha gente pensó en Arturo Uslar Pietri y Rafael Vegas, los dos integrantes más brillantes del gabinete, para la sucesión. Fueron muchos los factores que se combinaron: la división de los andinos, cuando López Contreras maniobró hábilmente para volver a la presidencia, la negativa a considerar una candidatura de unidad (que fue propuesta por Rómulo Gallegos en nombre de Acción Democrática), el empeño en no aceptar las elecciones universales, directas y secretas, el empeño en que el candidato debía ser tachirense. Y el resultado fue la inevitable pero dañina tormenta de octubre de 1945. Un grupo de militares profesionales jóvenes, combinado con Acción Democrática, dio un golpe de estado el 18 de octubre. La estrella política de Uslar Pietri se apagó repentinamente, mucho más rápido que como había nacido. Presidía la Junta de Gobierno Rómulo Betancourt, el guatireño que no terminó sus estudios universitarios y que en cierta forma se había convertido en contraparte de Uslar Pietri en la política.
Luego de una breve privación de libertad, desconcertado, calumniado, despojado abusivamente de sus bienes por los saqueadores y por un absurdo Jurado de Responsabilidad Civil creado por el Decreto número 64 de la Junta (28 de noviembre de 1945), Uslar Pietri se encuentra de repente con una realidad muy dura. Sale del país con Medina y López Contreras a fines de noviembre, y luego de una breve estadía en Florida viaja a Nueva York cuando se inicia el invierno norteamericano. Por algún tiempo vivió con su mujer y sus dos hijos (Arturito, nacido en 1940 y Federico, nacido en 1944) en el apartamento de unos parientes (Carolina Uslar, madre de los Herrera Uslar, casada en segundas nupcias con Manuel Vicente Rodríguez Llamosas). Redactó programas para la radio y, gracias al apoyo de dos personajes muy importantes como el Doctor Frank Tannenbaum (1893-1969) y el crítico literario y escritor salmantino Federico de Onís (1885-1966), en ese momento director del Departamento de Español de la Facultad de Lenguas Romances de la Universidad de Columbia, Uslar fue primero en Profesor Invitado y después Profesor Asistente. Se hizo amigo de Germán Arciniegas, de Tomás Navarro, de Luis Alberto Sánchez, Raúl Roa y otros importantes intelectuales hispanoamericanos. Gracias a esos contactos tiene acceso a Gonzalo Losada, el editor español aventado a Buenos Aires por la Guerra Civil, que en la Argentina había creado la Editorial Losada. En 1948, Uslar retoma el camino de la novela con “El camino de El Dorado”, cuyo personaje es el Tirano Aguirre. Publica también, en el Fondo de Cultura Económica, “Letras y hombres de Venezuela”. En 1949 Losada reedita “Las lanzas…”, y seis años después se hace otra edición.
En Venezuela en octubre de 1946 se elige una Asamblea Nacional Constituyente, que redacta una Constitución verdaderamente democrática, en la que se consagre la elección por medio del voto universal, directo y secreto, etcétera, y en 1948 Rómulo Gallegos, el maestro de buena parte de los jóvenes del 28, escritor de fama internacional y hombre más cercano al positivismo que a las ideas revolucionarias que predominan en su propio partido (Acción Democrática), se convierte en el primer presidente venezolano elegido mediante votación universal, directa y secreta. Su gobierno apenas dura unos meses y es derrocado por un golpe militar dado por tres de los que derrocaron a Medina: los tenientes coroneles Carlos Delgado Chalbaud. Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez. Uslar Pietri trata de volver al país, pero los militares que tumbaron a Medina no están muy seguros de querer tener cerca a uno de los dos ministros más brillantes del gobierno que derrocaron tres años atrás, y tardan varios meses en dar la autorización. En mayo de 1949 vuelve a ver a sus padres y sus amigos y rechaza una oferta del nuevo gobierno que lo convertiría en embajador en donde quisiera serlo. Vuelve a New York a continuar con sus compromisos y a arreglar todo para reocupar su casa, que le fue devuelta por con la anulación del juicio que tan alegremente lo había condenado. Publica su tercer libro de cuentos, “Treinta hombres y sus sombras”, que definitivamente lo consagra como uno de los más importantes cultores en lengua española del género. En julio de 1950 acepta la oferta de su gran amigo, Carlos Eduardo Frías, y trabaja en la Publicidad ARS, pionera en su ramo y definitivamente exitosa en un país que está iniciándose en todo lo que tenga que ver con consumo y mercadeo. Se convierte también en director del Papel Literario de “El Nacional”, y dedica todo el tiempo que puede a escribir y publicar artículos y sesudos ensayos, además de retomar su labor docente en la Universidad Central de Venezuela.
Con el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, en noviembre de 1950, el horizonte político de Venezuela se ensombrece aún más, y entra en un túnel tenebroso con las elecciones legislativas de diciembre de 1952, cuando Marcos Pérez Jiménez desconoce los resultados, da un golpe de estado y establece una dictadura tropical con todas las de la ley. La publicación del volumen de ensayos “Las nubes” le significa el Premio Nacional de Literatura (1952-53) compartido con otro grande de las letras venezolanas: Mariano Picón Salas. Esos días de oscuridad para Venezuela son de claridad para Uslar Pietri, que es uno de los primeros en descubrir el valor de la Televisión. Se dedica casi por completo a su labor intelectual y se convierte en uno de los rostros más conocidos de la televisión, nacida poco tiempo antes, por su programa “Valores humanos”.
En 1956 incursiona en el teatro. Sus obras, “El día de Antero Albán”, “El dios invisible”, “La Tebaida”, y “Chúo Gil y las tejedoras”, le ganan el respeto de especialistas y espectadores. Suyo también es el texto de una Cantata sobre Francisco de Miranda cuya música debía ser de Carlos Figueredo. No era su primera aproximación al teatro: en 1927 escribió “E Ultreja” (en latín: “más allá”), obra vanguardista y esperpéntica a lo Valle-Inclán. Luego, en 1928, escribió “La llave”, una pieza más convencional de teatro breve, ligada al futurismo que en esos días había impresionado al joven Uslar.
En 1957 el país está hastiado de Pérez Jiménez, que comete un grave error al pretender quedarse en el poder mediante un “plebiscito” fraudulento. La sociedad entera reacciona ante el abuso. El 1° de enero de 1958 la Aviación Militar protagoniza un intento de golpe de estado, poco después la Marina hace lo mismo. El gobierno de Pérez Jiménez agoniza. Circulan manifiestos públicos, uno llamado “de los intelectuales”, encabezado por Mariano Picón salas, que Uslar se negó a suscribir, y otro, redactado entre otros por Arturo, en el que la mayoría de las firmantes es medinista. En ellos se exige el retorno a la democracia, y muchas personalidades del momento son arrestadas. Uslar Pietri es llevado a la Cárcel Modelo. Y en la madrugada del 23 de enero de 1958, cuando el dictador Pérez Jiménez huye del país en un avión llamado “La vaca sagrada” a imitación de uno de los presidentes norteamericanos, Uslar es llevado en un vehículo militar al Palacio de Gobierno, en donde es corredactor, con Alirio Ugarte Pelayo, del acta de creación de la nueva Junta, pero no asume cargo alguno. En las elecciones de 1958 apoya la candidatura del marino Wolfgang Larrazábal, que había presidido la Junta que sustituyó a Pérez Jiménez, y tenía una clara tendencia a la demagogia. Uslar es elegido Senador por el Distrito Federal en las listas de Unión Republicana Democrática, URD, el partido de Jóvito Villalba. Senador por un partido que, por el llamado Pacto de Punto Fijo, está en el gobierno, pero él se siente como en la oposición porque las elecciones de 1958 las ganó su viejo adversario, Rómulo Betancourt. Aunque pronto, en medio de la euforia democrática, ambos se encuentran y conversan largamente en la casa de Marcos Falcón Briceño, amigo común, con lo que se produce, si no una reconciliación, por lo menos tregua que honra a ambos.
Su presencia en el Senado es brillante. Descolla sin lugar a dudas entre todos los parlamentarios del momento. Excelente orador, dice siempre cosas importantes, no hay el más mínimo desperdicio en sus discursos. Es un astro en pleno ascenso, y en el parlamento varios astros menores aspiran a girar en torno a él. Buena parte de la Constitución de 1961, la más democrática y duradera que ha conocido Venezuela, proviene de sus ideas.
El partido Acción Democrática, de Betancourt, sufrió dos divisiones, una que lo privó de la mayoría de sus jóvenes que se aliaron con los comunistas para tratar de derrocar al Presidente, y otra de los “aparatchiks”, generales sin tropa, que se conocen como “Grupo ARS” por el lema de la publicidad en la que Uslar Pietri ha sido factor importante (“Permítanos pensar por usted”). Este último desprendimiento genera una situación extraña, porque hay dos partidos llamados “Acción Democrática”, uno que se llama “Acción Democrática Gobierno” (AD-Gob), y otro que se llama “Acción Democrática Oposición” (AD-Op) y adopta el plateado y un caballito parecido al del escudo nacional como símbolo. Por decisión de las autoridades electorales, el que obtenga más votos será reconocido como la verdadera Acción Democrática y podrá usar el blanco y el escudo del partido. La situación del país y de la democracia es grave. El Buró Sindical de AD impulsaba la candidatura presidencial de Raúl Leoni. Copei insistiría con la de Rafael Caldera. URD asomaba la de Jóvito Villalba. Un pequeño partido ad-hoc pensaba lanzar de nuevo a Wolfgang Larrazábal. Leoni, el segundo hombre del partido AD, Caldera, el primero de Copei, Villalba, el primero de URD, Larrazábal, con un partido hecho a su medida, parecía demasiados hombres de partido en un momento en que se cuestionaba el sistema de partidos. El nombre de Arturo Uslar Pietri empezaba a barajarse como algo diferente, como una esperanza. Ramón Escovar Salom, en 1962, organizó un pequeño partido, el Movimiento Republicano Progresista (MRP) para candidatear a su compañero de Senado Arturo Uslar Pietri. Pero Uslar no aceptó la idea. Se creó un “Comité Independiente Pro Frente Nacional”, que lanzó la candidatura de Uslar, con un importante resultado: Uslar ganó holgadamente en Caracas y alrededores y tuvo grandes éxitos en Zulia y los Andes. Las elecciones del 1° de diciembre de 1963 las ganó Raúl Leoni con una primera minoría (32,80%), seguido por Rafael Caldera (20,18%) y Jóvito Villalba (18,87%) que fue el mayor beneficiario de los votos que le fueron birlados a Arturo, especialmente en el Oriente de Venezuela. Arturo quedó oficialmente de cuarto, con un 16,08%, Wolfgang Larrazábal fue el quinto con un lejano 9,43%, Raúl Ramos Giménez resultó el gran derrotado con un 2,28% y Germán Borregales apenas convenció a un 0,31%, sin contar, claro, el factor del robo de votos. Se vio entonces que los votos que recibió Arturo, combinados con los que recibió Jóvito Villalba, que sumaban un 34,95%, habrían sido suficientes para ganar las elecciones con una ventaja del 2,15%, y con los de Larrazábal (9,43%) la ventaja habría llegado a 11,74%, y al sumarle los votos de Ramos Giménez, se habría llevado la votación de Uslar Pietri al 44,51% sin contar con el factor de los que a última hora habrían buscado anotarse a ganador. Poco después, Uslar cometió un grave error político: creó el Frente Nacional Democrático, un partido político inevitablemente condenado al fracaso, lo que se materializó en poco más de un período constitucional. De ese tiempo es uno de los ensayos más extraños de Uslar Pietri: “Hacia un Humanismo Democrático” (1965), editado por el FND, una obra muy inferior a la inmensa mayoría de las producidas por Arturo.
Desde el punto de vista de la literatura, y más específicamente, de la novelística, lo importante de esa aventura es que de ella y por ella Arturo Uslar Pietri concibió y convirtió en realidad “El laberinto de Fortuna”, la novela que iba a ser trilogía y se convirtió en bilogía, formada por Un retrato en la geografía y Estación de máscaras. La primera escrita hasta con cierto descuido, a partir de la idea de que debía llegar a las masas y servir para exponer ciertas ideas. La segunda, en cambio, al no lograr la primera el efecto que deseaba, exquisitamente escrita.
La política activa resultó, de nuevo, una desilusión. Pero Uslar Pietri no la dejó del todo de lado. Simplemente recalibró sus prioridades, y a pesar del fracaso que hoy sabemos injusto de “Un retrato en la Geografía”, que fue publicada por Losada en Argentina en marzo de 1962, asumió la escritura de “Estación de máscaras”, aun cuando decidió no escribir la tercera novela de la trilogía. En 1966 viajó a Buenos Aires a conversar personalmente con su editor, Gonzalo Pedro Losada, hijo del fundador de la editorial, y con Guillermo de Torre, el intelectual español que había conocido en Estados Unidos y que se había convertido en el principal asesor de Losada. Aprovechó para dar una estupenda conferencia en la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), por la cual recibió jugosos honorarios que en el mismo acto donó a la biblioteca de la institución. Y para conocer personalmente a Jorge Luis Borges.
En las elecciones de 1968, el FND, muy menguado, participó en otra coalición, el “Frente de la Victoria”, cuyo candidato, Miguel Ángel Burelli Rivas, fue derrotado el 1° de diciembre de 1968 que Rafael Caldera le ganó por una nariz a Gonzalo Barrios, candidato de AD. Uslar Pietri logró entrar de nuevo al Senado por el Distrito Federal, pero sabía muy bien que ése sería su último quinquenio como parlamentario. Al asumir Rafael Caldera la presidencia de la república, Uslar Pietri se convierte en director de “El Nacional”. Coincidió con ese alejamiento de la política e inicio de aventura periodística la publicación de su cuarto libro de cuentos, “Pasos y pasajeros”. Casi paralelamente al encogimiento de su vida política, su bibliografía había ido ensanchándose con la publicación de varios libros y folletos, sobre todo del género ensayístico. En 1972 publica su primer poemario: “Manoa”, en donde se manifiesta un manejo sereno, aunque a veces críptico, de la palabra. Y recibe el Premio Hispanoamericano de prensa Miguel de Cervantes, al que con el tiempo se sumarán el Premio Príncipe de Asturias y otros de singular importancia.
En 1973 es elegido presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez. Uslar Pietri deja de ser senador y se despide del congreso con un excelente discurso. El presidente Pérez le ofrece la embajada de Venezuela en la Unesco y Uslar acepta. La gestión de Uslar en ese nuevo destino es magnífica, es elegido Vicepresidente del Consejo Directivo y logra muchos éxitos para el país. Paralelamente a su trabajo oficial, realiza una labor muy importante con Jesús Soto, y además escribe “Oficio de difuntos”, su quinta novela, publicada en 1976 (por la editorial Seix Barral, de Barcelona, España). Aunque se reencontró con su viejo amigo y compañero de sueños juveniles, Alejo Carpentier (que murió en París en 1980), un profundo foso ideológico impidió que pudieran regresar a la relación de amistad que habían tenido. Vivió en París hasta 1979, año en que asume la presidencia del país Luis Herrera Campíns, socialcristiano, que derrota a Luis Piñerúa Ordaz, de AD. De su estadía en París Uslar regresó a Caracas con los borradores de varios libros, entre ellos “La isla de Robinson”, cuyo personaje es Simón Rodríguez, que siempre le había fascinado. La novela será publicada por Seix Barral en 1981 y le procurará en 1982 el Premio Nacional de Literatura en propiedad, sin que tenga que compartirlo con nadie. Un año antes había publicado su último libro de cuentos, “Los ganadores”, que ratificó su maestría en el género, poco apreciado en España y en Europa en general, pero aceptado como género importantes en la América española.
Durante el período de Herrera Campíns, Uslar Pietri parece haberse alejado de la política, pero la política como que se niega a alejarse de él. “Pizarrón”, su columna en El Nacional, es una referencia para todos los que están interesados en la vida del país. El llamado “Viernes negro”, cuando colapsa el sistema económico en el que Venezuela ha estado sumergida, hace ver a muchos que las advertencias de Arturo no habían estado nada desatinadas, y muchos ojos se vuelven hacia él. Hasta gente de Acción Democrática, el partido que regresa al poder cuando Jaime Lusinchi derrota en 1983 a Rafael Caldera, parece interesarse en la opinión de Uslar, que, ya cercano a los ochenta años, es uno de los personajes más sobresalientes del país. En 1984 la Academia Nacional de la Historia publica un libro colectivo titulado “El valor humano de Arturo Uslar Pietri”. Y muchos son los homenajes que recibe por su octogésimo aniversario, doctorados honoris causa, publicaciones, discursos. Uno de los homenajes más importantes que se le hacen es un almuerzo en el Palacio de Miraflores, presidido por Jaime Lusinchi, que le encomendó la presidencia de la Comisión Presidencial para el Estudio del Proyecto Educativo Nacional. En ese almuerzo, el gobierno le ofreció una edición magnífica de “Las lanzas coloradas” con ilustraciones de Pedro León Zapata y diseño gráfico de John Lange, todo coordinado por Simón Alberto Consalvi. Un gran homenaje de quienes en 1945 lo habían expulsado del país y le habían quitado arbitrariamente todos sus bienes. Era otra Venezuela. Ese mismo año (1986) Uslar publicó su segundo poemario: ·El hombre que voy siendo”. Ese mismo año en que cumplió los ochenta dio a conocer un bello libro titulado “Godos, insurgentes y visionarios”.
A Jaime Lusinchi lo sucedió en la presidencia su compañero de partido Carlos Andrés Pérez, que a pesar de la oposición de su propio partido ganó ampliamente las elecciones de 1988. Pérez, convencido de que su enorme popularidad es un blindaje contra todo, se atreve a lanzar un paquete de medidas, casi todas de corte neoliberal, para enfrentar el evidente deterioro de la economía que en buena parte se inició durante su primer gobierno y fue agravándose en la medida en que sus sucesores no afrontaron la realidad. La primera consecuencia de aquello fue el alejamiento total que se produjo entre Lusinchi y él, que tendría gravísimas consecuencias. La segunda fue la feroz reacción popular, en buena parte provocada por gentes de extrema izquierda y hasta de izquierda moderada. El 27 de febrero de 1989 se produjo un auténtico alzamiento de masas que se conoció como “El Caracazo”. La represión generó centenares de muertes y paralizó al país por unos días. La mayor parte de las medidas quedó firme y pronto se vio que la economía del país mejoraba, pero la popularidad de Carlos Andrés Pérez cayó en barrena. Para colmo, se atrevió a impulsar la cada día más necesaria descentralización administrativa y con eso remató su caída, pues los jefes de AD, que veían cómo se les hacía más difícil la politiquería, le declararon la guerra. Uslar Pietri adelantaba una fuerte campaña contra la corrupción, que no fue muy útil contra la corrupción pero en buena parte sirvió para desacreditar aún más a los partidos políticos, y lo colocó en el centro de la tormenta y en la fea posición de salvador de la patria, a una edad en que no estaba para esas maromas. Empezaba entonces el declive físico de Arturo Uslar Pietri, que terminó el día en que dejó definitivamente su envoltorio corporal. Un golpe terrible para él y para su mujer fue la muerte de Arturito, su hijo mayor, Arturo Uslar Braun, que se suicidó en su apartamento en La Florida, relativamente cerca de la casa de sus padres. Apenas cuatro meses después, en julio de 1991, por su última novela, “La visita en el tiempo”, Arturo recibe el Premio Rómulo Gallegos. En noviembre de 1991 Uslar Pietri recibió un extraño homenaje organizado por los militares en la Escuela Militar por iniciativa de general Fernando Ochoa Antich, ministro de Defensa, hijo del que con mayor fuerza defendió a Medina el 18 de octubre de 1945, pero que con el tiempo se acercó a Betancourt y a Acción Democrática. A pesar de que Arturo se había convertido en uno de los más notorios críticos del gobierno, Carlos Andrés Pérez no hizo nada para impedirlo.
En esos días, la prensa destaca su “asociación” con ese grupo, entre quienes se cita a Rangel, Manuel Quijada, Domingo Maza Zavala, José Muci Abraham, María Teresa Castillo, Ernesto Mayz Vallenilla, José Antonio Cova, Miguel Ángel Burelli Rivas, José Melich Orsini, Luis Vallenilla Meneses, etcétera. La acción de ese grupo, más conspirativa y dominada por deseos de simple venganza que procuradora de bienestar general, fue una de las causas principales de casi todos los males que Venezuela ha padecido desde entonces. Una de sus peores iniciativas fue la que llevó al Presidente Pérez a alentar el cambio de los integrantes de la Corte Suprema de Justicia: personas de amplia experiencia fueron sustituidas por otras que demostraron no tener ni la preparación ni la integridad que el país exigía. Fueron ellos los que protagonizaron el absurdo juicio contra Carlos Andrés Pérez y otros funcionarios, y, peor aún, los que permitieron que la Constitución de 1961 se sustituyera en forma abiertamente ilegal e inconstitucional por otra, con los resultados de hoy se conocen. Ese fue el principio del fin. Se había abierto la caja de Pandora. Carlos Andrés Pérez fue separado de la presidencia y sustituido por Ramón J. Velázquez, andino e intelectual, que cubrió lo que faltaba del período, sin pena ni gloria. Era un hombre hábil y muy valioso, pero también con muchas carencias para ser político.
En las elecciones de 1993 muchos de los que solían acercarse a Arturo como a un viejo dios escandinavo, apoyaron la candidatura de Oswaldo Álvarez Paz, de Copei. Pero el ganador de las elecciones no fue Oswaldo, sino Rafael Caldera, que había desertado del partido que creó (Copei) y llegó por segunda vez al poder, arrastrado por una coalición de calderistas (sin otra ideología que seguir a Caldera) y partidos de izquierda, que formaron lo que se llamó “el chiripero”. Su gobierno fue más bien mediocre, a pesar de contar con algunos buenos ministros, y generó la llegada al poder de un oficial demagogo, cabeza aparente de los golpes de 1992, Hugo Chávez Frías.
La crisis bancaria de 1994, durante ese segundo gobierno de Caldera, significó para Uslar Pietri una crisis familiar y personal que, junto con la muerte en vida de Isabel y la reciente desaparición de Arturito le convirtió la vida en un espacio más bien oscuro: sus primos hermanos, los Boulton Pietri, perdieron Avensa, Servivensa y otras compañías, y en especial la empresa de Seguros “La Seguridad”, en la que Uslar Pietri tenía invertido mucho dinero como accionista, y no tuvieron la prudencia de avisarle a su primo, que vio perderse una buena parte de su patrimonio, pero, sobre todo, vio disolverse su amistad con sus primos, que es algo que le dolió más que el dinero. No se distanció del todo de Alfredo, que era el más cercano a él y no participaba muy activamente en los negocios de la familia, pero Alfredo murió poco después.
Desde el principio del pésimo gobierno del teniente coronel Chávez Frías (1999) Uslar Pietri, cada vez más aislado, se dio cuenta de lo que ocurría. En diciembre, cuando los aludes catastrofales prácticamente destruyeron la zona urbana del estado Vargas, sufrió otra pérdida cuando vio destruirse su casa playera, la casa de Tanaguarena en la que las puertas del salón-comedor eran Colorritmos de Alejandro Otero, que además diseñó especialmente una mesa baja, ovalada, con un agujero redondo en el centro que alojaba la parte baja de un Móvil de Alexander Calder, la casa en la que escribió buena parte de su obra y disfrutó buena parte de sus descansos. En ese salón, junto al sitio en donde Arturo escribió la mayor parte de El laberinto de Fortuna, apareció un automóvil que había sido arrastrado por las aguas. Y también desapareció en el desastre la casa vecina, la de Anala y Armando Planchart, en la que pasó tantos y tan gratos momentos con Armando y sus amigos y en cuyo interior y paredes exteriores aparecieron tres cadáveres. Y no se le escapó la negligencia criminal del gobierno, que no difundió las noticias para que la gente no dejara de votar en la consulta relativa a la nueva Constitución, razón por la cual se perdieron miles de vidas. Poco antes había muerto Juan, su único hermano, historiador y diplomático, y que en el fondo no pudo con la carga de tener un hermano mayor tan importante, a quien en algunas cosas trató de imitar y en otras de rechazar, sin mayor éxito en ninguna de las dos actitudes.
El 26 de febrero de 2001, el cáncer de próstata terminó por fin con su existencia, que fue muy larga, muy útil en lo literario y muy discutible en lo político. Una vida que terminó envuelta por una terrible neblina de soledad.
“La lluvia” fue uno de los primeros cuentos de Uslar Pietri. Con él, como dijimos arriba, ganó un importante premio en 1934. En ese tiempo los cuentos venezolanos, los de Urbaneja Achelpohl, Rómulo Gallegos, José Rafael Pocaterra, etcétera, no se diferenciaban de los de autores europeos, y cuidado si tenían años de atraso. Con “La Lluvia” la cuentística venezolana dio un gran salto cualitativo y se colocó en la vanguardia de América, y quizá del mundo. Es un verdadero punto de inflexión, especialmente de la cuentística venezolana. Es el momento en que la cuentística venezolana se hace verdaderamente importante. Mucho más importante que la del resto del mundo hispanoparlante. Allí están prefigurados los cuentos de Oscar Guaramato, de Guillermo Meneses, de Antonio Márquez Salas y de todos los que hicieron que el cuento venezolano se elevara muy por encima de los de todos los países que utilizan el idioma español. Pero hay mucho más: Gabriel García Márquez partió de allí. Todos sus recursos expresivos nacieron allí. “La lluvia” es un cuento magnífico, es un cuento que mientras se lee, se mira, se oye, se siente, se huele, con un toque cinematográfico, visual, sonoro, que a partir de su publicación se convierte en la verdadera cualidad de la narrativa hispanoamericana, en especial la del mal llamado “Boom”. Es evidente que con Arturo Uslar Pietri se ha cometido una de las más graves y deleznables injusticias literarias que el mundo ha conocido.

LA LLUVIA

La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como la lluvia. En la sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se oía la respiración corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rincón.
La patinadura del aire sobre las hojas secas del maíz y de los árboles sonaba cada vez más a lluvia, poniendo un eco húmedo en el ambiente terroso y sólido.
Se oía en lo hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente.
La mujer sudorosa e insomne prestó oído, entreabrió los ojos, trató de adivinar por las rayas luminosas, atisbó un momento, miró el chinchorro, quieto y pesado, y llamó con voz agria:
– ¡Jesuso!
Calmó la voz esperando respuesta y entretanto comentó alzadamente.
–Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si estuviera muerto…
El dormido salió a la vida con la llamada, desperezóse y preguntó con voz cansina:
– ¿Qué pasa Usebia? ¿Qué escándalo es ese? ¡Ni de noche puedes dejar en paz a la gente!
–Cállate, Jesuso y oye.
– ¿Qué?
–Está lloviendo, lloviendo, ¡Jesuso! y no lo oyes. ¡Hasta sordo te has puesto!
Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorporó, corrió a la puerta, la abrió violentamente y recibió en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas.
Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota.
Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostóse en el marco de la puerta.
– ¿Ves vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la paciencia.
La mujer quedóse con los ojos fijos mirando la gran claridad que entraba por la puerta. Una rápida gota de sudor le cosquilleó en la mejilla. El vaho cálido inundaba el recinto.
Jesuso tornó a cerrar, caminó suavemente hasta el chinchorro, estiróse y se volvió a oír el crujido de la madera en la mecida. Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso.
La tierra estaba seca como una piel, áspera, seca hasta en el extremo de las raíces, ya como huesos; se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba los hombres.
Las nubes oscuras como sombras de árbol se habían ido, se habían perdido tras de los últimos cerros más altos, se habían ido como el sueño, como el reposo. El día era ardiente. La noche era ardiente, encendida de luces fijas y metálicas.
En los cerros y los valles pelados, llenos de grietas como bocas, los hombres se consumían torpes, obsesionados por el fantasma pulido del agua, mirando señales, escudriñando anuncios…
Sobre los valles y los cerros, en cada rancho, pasaban y repasaban las mismas palabras.
–Cantó el carrao. Va a llover…
– ¡No lloverá! Se la daban como santo y seña de la angustia.
–Venteó del abra. Va a llover…
– ¡No lloverá!
Se lo repetían como para fortalecerse en la espera infinita.
–Se callaron las chicharras. Va a llover…
– ¡No lloverá!
La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante.
–Si no llueve, Jesuso, ¿qué va a pasar?
Miró la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre, comprendió su intención de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso hablar, pero la somnolencia le tenía tomado el cuerpo, cerró los ojos y se sintió entrando en el sueño.
Con la primera luz de la mañana Jesuso salió al conuco y comenzó a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos crujían las hojas vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y tostadas, los escasos árboles desnudos y en lo alto de la colina, verde profundo, un cactus vertical. A ratos deteníase, tomaba en la mano una vaina de frijol reseca y triturábala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los granos rugosos y malogrados.
A medida que subía el sol, la sensación y el color de aridez eran mayores. No se veía nube en el cielo de un azul llama. Jesuso, como todos los días iba, sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida, recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en parte por descansar de la hostil murmuración de Usebia.
Todo lo que se dominaba del paisaje, desde la colina, era una sola variedad de amarillo sediento sobre valles estrechos y cerros calvos, en cuyo flanco una mancha de polvo calcáreo señalaba el camino.
No se observaba ningún movimiento de vida, el viento quieto, la luz fulgurante. Apenas la sombra si se iba empequeñeciendo. Parecía aguardarse un incendio.
Jesuso marchaba despacio, deteniéndose a ratos como un animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo mismo.
– ¡Bendito y alabado! ¿Qué va a ser de la pobre gente con esta sequía? Este año ni una gota de agua y el pasado fue un inviernazo que se pasó de aguado, llovió más de la cuenta, creció el río, acabó con las vegas, se llevó el puente… Está visto que no hay manera… Si llueve, porque llueve… Si no llueve, porque no llueve…
Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado, en el fondo de la vereda y alzó los ojos.
Era el cuerpo de un niño. Delgado, menudo, de espaldas, en cuclillas fijo y abstraído mirando hacia el suelo.
Jesuso avanzó sin ruido, y sin que el muchacho lo advirtiera, vino a colocársele por detrás, dominando con su estatura lo que hacía. Corría por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas mínimas. En ese instante, de entre sus dedos mugrientos, el niño dejaba caer una hormiga.
–Y se rompió la represa… y ha venido la corriente… bruum… bruuuum… bruuuuuum… y la gente corriendo… y se llevó la hacienda de tío sapo… y después el hato de tía tara… y todos los palos grandes… zaaas… bruuuuum… y ahora tía hormiga metida en esa aguazón…
Sintió la mirada, volvióse bruscamente, miró con susto la cara rugosa del viejo y se alzó entre colérico y vergonzoso.
Era fino, elástico, las extremidades largas y perfectas, el pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humano de uso, plegado sobre las orejas como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pequeño animal inquieto y ágil.
Jesuso terminó de examinarlo en silencio y sonrió.
– ¿De dónde sales muchacho?
–De por ahí…
– ¿De dónde?
–De por ahí.
Y extendió con vaguedad la mano sobre los campos que se alcanzaban.
– ¿Y qué vienes haciendo?
–Caminando.
La impresión de la respuesta dábale cierto tono autoritario y alto, que extrañó al hombre.
– ¿Cómo te llamas?
–Como me puso el cura.
Jesús arrugó el gesto, degradado por la actitud terca y huraña.
El niño pareció advertirlo y compensó las palabras con una expresión confiada y familiar.
–No seas malcriado –comentó el viejo, pero desarmado por la gracia bajó a un tono más íntimo–. ¿Por qué no contestas?
– ¿Para qué pregunta? –replicó con candor extraordinario.
–Tú escondes algo. O te has ido de casa de tu taita.
–No, señor.
Preguntaba casi sin curiosidad, monótonamente, como jugando un juego.
–O has echado alguna lavativa.
–No, señor.
–O te han botado por maluco.
–No, señor.
Jesuso se rascó la cabeza y agregó con sorna:
–O te empezaron a comer las patas y te fuistes, ¿ah, vagabundito?
El muchacho no respondió, se puso a mecerse sobre los pies, los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar.
– ¿Y para dónde vas ahora?
–Para ninguna parte.
– ¿Y qué estás haciendo?
–Lo que usted ve.
– ¡Buena cochinada!
El viejo Jesuso no halló más que decir; quedaron callados frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos. Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba cómo romper, empezó a caminar lentamente como un animal enorme y torpe, casi como si quisiera imitar el paso de un animal fantástico, advirtió que lo estaba haciendo, y lo ruborizó pensar que pudiera hacerlo para divertir al niño.
– ¿Vienes? –preguntó simplemente–. Calladamente el muchacho se vino siguiéndolo.
En llegando a la puerta del rancho halló a Usebia atareada encendiendo el fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de cajón de papeles amarillos.
–Usebia, mira –llamó con timidez–. Mira lo que ha llegado.
–Ujú –gruñó sin tornarse, y continuó soplando.
El viejo tomó al niño y lo colocó ante sí, como presentándolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.
– ¡Mira, pues!
Giró agria y brusca y quedó frente al grupo, viendo con esfuerzo por los ojos llorosos de humo.
– ¿Ah?
Una vaga dulzura le suavizó lentamente la expresión.
–Ajá. ¿Quién es?
Ya respondía con sonrisa a la sonrisa del niño.
– ¿Quién eres?
–Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinvergüenza no contesta.
Quedó un rato viéndolo, respirando su aire, sonriéndole, pareciendo comprender algo que escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a un rincón, hurgó en el fondo de una bolsa de tela roja y sacó una galleta amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al niño y mientras este mascaba con dificultad la tiesa pasta, continuó contemplándolos, a él y al viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia.
Parecía buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de recuerdo.
– ¿Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre.
La imagen del viejo perro fiel desfiló por sus memorias. Una compungida emoción los acercaba.
–Ca-ci-que… –dijo el viejo como aprendiendo a deletrear.
El niño volvió la cabeza y lo miró con su mirada entera y pura. Miró a su mujer y sonrieron ambos tímidos y sorprendidos.

*

A medida que el día se hacía grande y profundo, la luz situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y pequeño del rancho. El color de la piel enriquecía el tono moreno de la tierra pisada, y en los ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente.
Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organizándose para su presencia. Ya la mano corría fácil sobre la lustrosa madera de la mesa, al pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque de cuero y los movimientos cabían con gracia en el espacio que los esperaba.
Jesuso, entre alegre y nervioso, había salido de nuevo al campo y Usebia se atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Removía la olla sobre el fuego, iba y venía buscando ingredientes para la comida, y a ratos, mientras le volvía la espalda, miraba de reojo al niño.
Desde donde lo vislumbraba quieto, con las manos entre las piernas, la cabeza doblada mirando los pies golpear el suelo, comenzó a llegarle un silbido menudo y libre que no recordaba música.
Al rato preguntó casi sin dirigirse a él:
– ¿Quién es el grillo que chilla?
Creyó haber hablado muy suave, porque no recibió respuesta sino el silbido, ahora más alegre y parecido a la brusca exaltación del canto de los pájaros.
– ¡Cacique! –insinuó casi con vergüenza–. ¡Cacique!
Mucho gozo le produjo al, oír el ¡ah! del niño.
– ¿Cómo te está gustando el nombre?
Una pausa y añadió:
–Yo me llamo Usebia.
Oyó como un eco apagado:
–Velita de sebo…
Sonrió entre sorprendida y disgustada.
– ¿Cómo que te gusta poner nombres?
–Usted fue quien me lo puso a mí.
–Verdad es.
Iba a preguntarle si estaba contento, pero la dura costra que la vida solitaria había acumulado sobre sus sentimientos le hacía difícil, casi dolorosa, la expresión.
Tornó a callar y a moverse mecánicamente en una imaginaria tarea, eludiendo los impulsos que la hacían comunicativa y abierta. El niño recomenzó el silbido.
La luz crecía, haciendo más pesado el silencio. Hubiera querido comenzar a hablar disparatadamente de todo cuanto le pasaba por la cabeza, o huir de la soledad para hallarse de nuevo consigo misma.
Soportó callada aquel vértigo interior hasta el límite de la tortura, y cuando se sorprendió hablando ya no se sentía ella, sino algo que fluía como la sangre de una vena rota.
–Tú vas a ver como todo cambiará ahora, Cacique. Ya yo no podía aguantar más a Jesuso…
La visión del viejo oscuro, callado, seco, pasó entre las palabras. Le pareció que el muchacho había dicho “lechuzo”, y sonrió con torpeza, no sabiendo si era resonancia de sus propias palabras.
…no sé como lo he aguantado toda la vida. Siempre ha sido malo y mentiroso. Sin ocuparse de mí…
El sabor de la vida amarga y dura se concentraba en el recuerdo de su hombre, cargándolo con las culpas que no podía aceptar.
…ni el trabajo del campo lo sabe con tantos años. Otros hubieran salido de abajo y nosotros para atrás y para atrás. Y ahora este año, Cacique…
Se interrumpió suspirando y continuó con firmeza y la voz alzada, como si quisiera que la oyese alguien más lejos:
…no ha venido el agua. El verano se ha quedado viejo quemándolo todo. ¡No ha caído ni una gota!
La voz cálida en el aire tórrido trajo un ansia de frescura imperiosa, una angustia de sed. El resplandor de la colina tostada, de las hojas secas, de la tierra agrietada, se hizo presente como otro cuerpo y alejó las demás preocupaciones.
Guardó silencio algún tiempo y luego concluyó con voz dolorosa:
–Cacique, coge esa lata y baja a la quebrada a buscar agua.

*

Miraba a Usebia atarearse en los preparativos del almuerzo y sentía un contento íntimo como si se preparara una ceremonia extraordinaria, como si acaso acabara de descubrir el carácter religioso del alimento.
Todas las cosas usuales se habían endomingado, se veían más hermosas, parecían vivir por primera vez.
– ¿Está buena la comida, Usebia? La respuesta fue tan extraordinaria como la pregunta.
–Está buena, viejo.
El niño estaba afuera, pero su presencia llegaba hasta ellos de un modo imperceptible y eficaz
La imagen del pequeño rostro agudo y huroneante, les provocaba asociaciones de ideas nuevas. Pensaban con ternura en objetos que antes nunca habían tenido importancia. Alpargatitas menudas, pequeños caballos de madera, carritos hechos con ruedas de limón, metras de vidrio irizado.
El gozo mutuo y callado los unía y hermoseaba. También ambos parecían acabar de conocerse, y tener sueños para la vida venidera. Estaban hermosos hasta sus nombres y se complacían en decirlos solamente.
–Jesuso…
–Usebia…
Ya el tiempo no era un desesperado aguardar, sino una cosa ligera, como fuente que brotaba.
Cuando estuvo lista la mesa, el viejo se levantó, atravesó la puerta y fue a llamar al niño que jugaba afuera, echado por tierra, con una cerbatana.
– ¡Cacique, vente a comer!
El niño no lo oía, abstraído en la contemplación del insecto verde y fino como el nervio de una hoja. Con los ojos pegados a la tierra, la veía crecida como si fuese de su mismo tamaño, como un gran animal terrible y monstruoso. La cerbatana se movía apenas, girando sobre sus patas, entre la voz del muchacho, que canturreaba interminablemente:
–“Cerbatana, cerbatanita,
¿de qué tamaño es tu conuquito?”
El insecto abría acompasadamente las dos patas delanteras, como mensurando vagamente. La cantinela continuaba acompañando el movimiento de la cerbatana, y el niño iba viendo cada vez más diferente e inesperado el aspecto de la bestezuela, hasta hacerla irreconocible en su imaginación.
–Cacique, vente a comer.
Volvió la cara y se alzó con fatiga, como si regresase de un largo viaje.
Penetró tras el viejo en el rancho lleno de humo. Usebia servía el almuerzo en platos de peltre desportillados. En el centro de la mesa se destacaba blanco el pan de maíz, frío y rugoso

*

Contra su costumbre, que era estarse lo más del día vagando por las siembras y laderas, Jesuso regresó al rancho poco después del almuerzo.
Cuando volvía a las horas habituales, le era fácil repetir gestos consuetudinarios, decir las frases acostumbradas y hallar el sitio exacto en que su presencia aparecía como un fruto natural de la hora, pero aquel regreso inusitado representaba una tan formidable alteración del curso de su vida, que entró como avergonzado y comprendió que Usebia debía estar llena de sorpresa.
Sin mirarla de frente, se fue al chinchorro y echóse a lo largo. Oyó sin extrañeza como lo interpelaba.
– ¡Ajá! ¿cómo que arreció la flojera?– Buscó una excusa.
– ¿Y qué voy a hacer en ese cerro achicharrado?
Al rato volvió la voz de Usebia, ya dócil y con más simpatía.
– ¡Tanta falta que hace el agua! Si acabara de venir un aguacero, largo y bueno. ¡Santo Dios!
–La calor es mucha y el cielo purito. No se mira venir agua de ningún lado.
–Pero si lloviera se podría hacer otra siembra.
–Sí, se podría.
–Y daría más plata, porque se ha secado mucho conuco.
–Sí, daría.
–Con un solo aguacero se pondría verdecita toda esa falda.
–Y con la plata podríamos comprarnos un burro, que nos hace mucha falta. Y unos camisones para ti, Usebia.
La corriente de ternura brotó inesperadamente y con su milagro hizo sonreír a los viejos
–Y para ti, Jesuso, una buena cobija que no se pase.
Y casi en coro los dos:
– ¿Y para Cacique?
–Lo llevaremos al pueblo para que coja lo que le guste.

*

La luz que entraba por la puerta del rancho se iba haciendo tenue, difusa, oscura, como si la hora avanzase y sin embargo no parecía haber pasado tanto tiempo desde el almuerzo. Llegaba brisa teñida de humedad que hacía más grato el encierro de la habitación.
Todo el medio día lo habían pasado casi en silencio, diciendo sólo, muy de tiempo en tiempo, algunas palabras vagas y banales por lo que secretamente y de modo basto asomaba un estado de alma nuevo, una especie de calma, de paz, de cansancio feliz.
–Ahorita está oscuro –dijo Usebia, mirando el color ceniciento que llegaba a la puerta.
–Ahorita –asintió distraídamente el viejo.
E inesperadamente agregó:
– ¿Y qué se ha hecho Cacique en toda la tarde?… Se habrá quedado por el conuco jugando con los animales que encuentra. Con cuanto bichito mira, se para y se pone a conversar como si fuera gente.
Y más luego añadió, después de haber dejado desfilar lentamente por su cabeza todas las imágenes que suscitaban sus palabras dichas:
–…y lo voy a buscar, pues.
Alzóse del chinchorro con pereza y llegó a la puerta. Todo el amarillo de la colina seca se había tornado en violeta bajo la luz de gruesos nubarrones negros que cubrían el cielo. Una brisa aguda agitaba todas las hojas tostadas y chirriantes.
–Mira, Usebia –llamó.
Vino la vieja al umbral preguntando:
– ¿Cacique está allí?
– ¡No! Mira el cielo negrito, negrito.
–Ya así se ha puesto otras veces y no ha sido agua.
Ella quedó enmarcada y él salió al raso, hizo hueco con las manos y lanzó un grito lento y espacioso.
– ¡Cacique! ¡ ¡ ¡ ¡Caciiiique! ! ! !
La voz se fue con la brisa, mezclada al ruido de las hojas, al hervor de mil ruidos menudos que como burbujas rodeaban a la colina.
Jesuso comenzó a andar por la vereda más ancha del conuco.
En la primera vuelta vio de reojo a Usebia, inmóvil, incrustada en las cuatro líneas del umbral, y la perdió siguiendo las sinuosidades.
Cruzaba un ruido de bestezuelas veloces por la hojarasca caída y se oía el escalofriante vuelo de las palomitas pardas sobre el ancho fondo del viento inmenso que pasaba pesadamente. Por la luz y el aire penetraba una frialdad de agua.
Sin sentirlo, estaba como ausente y metido por otras veredas más torcidas y complicadas que las del conuco, más oscuras y misteriosas. Caminaba mecánicamente, cambiando de velocidad, deteniéndose y hallándose de pronto parado en otro sitio.
Suavemente las cosas iban desdibujándose y haciéndose grises y mudables, como de sustancia de agua.
A ratos parecía a Jesuso ver el cuerpecito del niño en cuclillas entre los tallos del maíz, y llamaba rápido: “Cacique”, pero pronto la brisa y la sombra deshacían el dibujo y formaban otra figura irreconocible
Las nubes mucho más hondas y bajas aumentaban por segundos la oscuridad. Iba a media falda de la colina y ya los árboles altos parecían columnas de humo deshaciéndose en la atmósfera oscura. Ya no se fiaba de los ojos, porque todas las formas eran sombras indistintas, sino que a ratos se paraba y prestaba oído a los rumores que pasaban.
–¡Cacique!
Llamaba con voz todavía tímida y se paraba a oír. Parecíale que había sonado algo como su pisada, pero no, era una rama seca que crujía.
–¡¡Cacique!!
Hervía una sustancia de murmullos, de ecos, de crujidos, resonante y vasta.
Había distinguido clara su voz entre la zarabanda de ruidos menudos y dispersos que arrastraba el viento.
–Cerbatana, cerbatanita…

Era eso, eran sílabas, eran palabras de su voz infantil y no el eco de un guijarro que rodaba, y no algún canto de pájaro desfigurado en la distancia, ni siquiera su propio grito que regresaba decrecido y delgado.
–Cerbatana, cerbatanita…
Entre el humo vago que le llenaba la cabeza, una angustia fría y aguda lo hostigaba acelerando sus pasos y precipitándolo locamente. Entró en cuclillas, a ratos a cuatro patas, hurgando febril entre los tallos de maíz, y parándose continuamente a no oír sino su propia respiración, que resonaba grande.
Buscaba con rapidez que crecía vertiginosamente, con ansia incontenible, casi sintiéndose él mismo, perdido y llamado.
–¡ ¡ ¡Cacique! ! ! ¡ ¡ ¡ ¡Caciiiique! ! ! !
Había ido dando vueltas entre gritos y jadeos, extraviado, y sólo ahora advertía que iba de nuevo subiendo la colina. Con la sombra, la velocidad de la sangre y la angustia de la búsqueda inútil, ya no reconocía en sí mismo al manso viejo habitual, sino un animal extraño presa de un impulso de la naturaleza. No veía en la colina los familiares contornos, sino como un crecimiento y una deformación inopinados que se la hacían ajena y poblada de ruidos y movimientos desconocidos.
El aire estaba espeso e irrespirable, el sudor le corría copioso y él giraba y corría siempre aguijoneado por la angustia.
–¡ ¡Cacique! !
Ya era una cosa de vida o muerte hallar. Hallar algo desmedido que saldría de aquella áspera soledad torturadora. Su propio grito ronco parecía llamarlo hacia mil rumbos distintos, donde algo de la noche aplastante lo esperaba.
Era agonía. Era sed. Un olor de surco recién removido flotaba ahora a ras de tierra, olor de hoja tierna triturada.
Ya irreconocible, como las demás formas, el rostro del niño se deshacía en la tiniebla gruesa, ya no le miraba aspecto humano, a ratos no le recordaba la fisonomía, ni el timbre, no recordaba su silueta.
–¡ ¡ ¡Cacique! ! !
Una gruesa gota fresca estalló sobre su frente sudorosa. Alzó la cara y otra le cayó sobre los labios partidos, y otras en las manos terrosas.
–¡ ¡ ¡Cacique! ! !
Y otras frías en el pecho grasiento de sudor, y otras en los ojos turbios, que se empañaron.
–¡ ¡Cacique! ! ¡ ¡ ¡Cacique! ! ! !… Cacique…
Ya el contacto fresco le acariciaba toda la piel, le adhería las ropas, le corría por los miembros lasos.
Un gran ruido compacto se alzaba de toda la hojarasca y ahogaba su voz. Olía profundamente a raíz, a lombriz de tierra, a semilla germinada, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
Ya no reconocía su propia voz, vuelta en el eco redondo de las gotas. Su boca callaba como saciada y parecía dormir marchando lentamente, apretado en la lluvia, calado en ella, acunado por su resonar profundo y basto.
Ya no sabía si regresaba. Miraba como entre lágrimas al través de los claros flecos del agua la imagen oscura de Usebia, quieta entre la luz del umbral.

FIN

 

 




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