ARÍSTIDES CALVANI

ARÍSTIDES CALVANI

En 1969, cuando Rafael Caldera asumió la Presidencia de la República, como a casi todo el mundo me extrañó que designara Ministro de Relaciones Exteriores a Arístides Calvani. Lo conocía como un excelente profesor de Introducción al Derecho con fama de puritano, pero sabía que su verdadera esfera de trabajo era el Derecho del Trabajo, no como simple laboralista, sino como un verdadero ideólogo en defensa del derecho de los trabajadores frente a los abusos de los patronos. Como mucha gente pensé que podría ser Ministro del Trabajo, y como casi todo el mundo tuve que darle el beneficio de la duda al ver que se le designaba Canciller. Su inicio no pareció muy alentador: dio la impresión de que su plan era sacar adecos y meter copeyanos. En la Cancillería había muchos funcionarios que no tenían nada que ver con el partido de gobierno, que desde 1959 había sido Acción Democrática. Muchos funcionarios de Carrera anteriores a la vigencia de la Ley del Servicio Exterior de 1961 venían hasta de tiempos de López Contreras. En 1969 la Ley tenía apenas 8 años de vigencia y eran pocos los funcionarios que habían entrado por concurso, que por definición tendían menos relación aun con la política de partidos, y cayó muy mal el que un director se dedicara a quitar a los que estaban para poner otros vinculados a Copei. Y peor aun cuando en muchos casos se utilizaron métodos poco ortodoxos para hacerlo. En diciembre de 1970 una pelea a puñetazos entre ese director y un tercer secretario, por razones que nada tenían que ver con el servicio exterior, cambió radicalmente las cosas, y nos enteramos de que el canciller Calvani no estaba enterado de la situación y se horrorizó al conocerla. En realidad no era ni puritano ni sectario, y aceptaba a cada quién como era, siempre y cuando fuera honesto. Yo acababa de regresar de Dinamarca, luego de que el director pugilista trató de echarme del ministerio y de ser salvado por la amable intervención de Marcial Pérez Chiriboga. En plenas fiestas navideñas me crucé con el canciller en las escaleras de entrada a la Casa Amarilla. Me saludó con una amplia sonrisa como para que me enterara de que me había reconocido. No mucho después el Ministro en persona, sin escolta ni nada por el estilo, nos visitó en el Departamento Interamericano de la Dirección de Política Internacional y nos dimos cuenta de que nos identificaba a todos perfectamente. Luego, un hecho fortuito hizo que ya definitivamente me tomara en cuenta, y llegó a distinguirme en forma muy especial, al extremo de que, aun cuando mi trabajo no tenía la más mínima relación con Asia, me encomendó una misión importante y delicada: la de negociar con el gobierno de China Continental (China Comunista) los detalles y particularidades del proceso mediante el cual Venezuela dejaría de tener relaciones con China nacionalista y las establecería con ellos, misión que cumplí en noviembre de 1972, “coleado” por sus instrucciones en una misión económica del Instituto de Comercio Exterior, organizada para estudiar las posibilidades de que China comprara urea venezolana. Desde entonces fueron muchas las oportunidades en las que tuve contacto con él por cuestiones de trabajo, no siempre relacionadas con el Departamento Interamericano en el que trabajaba. Su forma de anunciarme un ascenso fue muy característica de su personalidad: el Canciller de Colombia dio una conferencia en el Palacio Blanco, a la que fuimos varios funcionarios de Política Internacional, y al final los Ministros conversaban amigablemente y el Doctor Calvani me llamó, y me presentó como “el Consejero Eduardo Casanova”, a lo que yo, creyendo que se había equivocado, respondí que en realidad yo era Primer Secretario, y el Ministro, con una amplia sonrisa, me dijo: “esta mañana firmé tu ascenso”. Era un Ministro de Relaciones Exteriores de lujo. Con ideas claras y una orientación excelente. Cuando se produjo un nuevo cambio de gobierno y Acción Democrática volvió al poder, fui designado Director Civil y Político de la Gobernación del Distrito Federal, y el ya exministro de Relaciones Exteriores fue como el más humilde de los particulares a visitarme. Lo recibí con el mayor gusto y para mi gran sorpresa venía a pedirme que interviniera en favor de un trabajador contra quien se había cometido una injusticia. Intervine de inmediato y logré corregir el entuerto, algo que me agradeció como si se tratar de un gran favor de mi parte. Nunca más lo vi. Una mañana de enero de 1986, muy cerca del edificio del Banco Nacional de Descuenta que la nación había comprado y convertido en sede de la mayor parte de las dependencias del Ministerio de Relaciones Exteriores, en una cafetería, vi y oí la terrible noticia de que Arístides Calvani, su esposa y dos de sus hijas habían muerto en un accidente de aviación en Guatemala. En lo personal me sentí muy afectado. Había perdido a un amigo, que además era uno de los mejores hombres que conocía. En lo no tan personal sentí mucha tristeza, porque estaba convencido de que el Doctor Calvani podría ser candidato a Presidente de la República en 1988, y habría sido un excelente Presidente. Hoy, muy posiblemente se convierta en un Santo. Porque lo fue.

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