CASANOVA Y MIRANDA, O LA MALA SUERTE

Vidas paralelas, y divergentes

Giacomo Girolamo Casanova, nacido en Venecia el 2 de abril de 1725 y muerto en Bohemia el 4 de junio de 1798, y Sebastián Francisco de Miranda, nacido en Caracas el 28 de marzo de 1750 y muerto en Cádiz el 14 de julio de 1816, para quien se quede en la superficie, en lo aparente, podrían ser hasta parecidos. Sobre todo por mujeriegos. Pero fueron muy distintos. Salvo porque ambos tuvieron muy mala suerte en sus vidas.
Casanova pasó a la historia como el gran conquistador de mujeres, cuando en realidad no fue tal. Hubiera querido que se le conociera como filósofo, o como un hombre realmente importante de su tiempo, pero su nombre quedó como el del gran amante, no porque en realidad lo haya sido sino porque un editor deshonesto modificó sus “Memorias” para hacerlas más interesantes y venderlas mejor.
Miranda entró a la historia como el “Precursor” de la independencia de los países hispanoparlantes de América, cuando en realidad fue el verdadero Libertador, no simplemente un precursor: fue el que luchó a brazo partido por separar esos países de la tutela española, y el que realmente inició el proceso que llevaría a la independencia de casi todos ellos. Pero hay más: en rigor, los escritos de Miranda demuestran que fue mucho más mujeriego y conquistador de mujeres que Casanova, pero como se dedicó a otras actividades más serias y trascendentales, la opinión pública parecer haberle perdonado esas veleidades. Sin embargo, hasta en ese aspecto de su vida terminó derrotado por la mala suerte: Lord Byron se inspiró en su historia de conquistador para crear su “Don Juan,” en el que el personaje (Don Juan) no es un verdadero conquistador de mujeres, sino una víctima de las mujeres que lo conquistaron. Mala suerte.
Tanto Casanova como Miranda fueron escritores de Memorias, que en cierta forma son obras importantes para entender una etapa fundamental de la Historia europea (y americana, en el caso de Miranda). Y en ambos trabajos hay menciones de personajes fundamentales de su tiempo. La diferencia esencial estriba en que las de Casanova, escritas en francés, tienen algún valor literario y muchas mentiras, mientras que las de Miranda, redactadas mayormente en castellano, están muy mal escritas y en general cuentan verdades.
En ambos casos, el Casanova y el de Miranda, la mala fortuna se atravesó y parecería haber impuesto lo que, en estricta realidad, no es cierto.

Casanova: el que nació como no debía

Casanova, en realidad, no era Casanova. Era hijo de una actriz llamada Zanetta Farussi, en tiempos en que ser actriz significaba casi lo mismo que ser prostituta, y su padre biológico fue Michele Grimani (1697-1775), conocido noble y mecenas, propietario del Teatro di San Samuele, que era hermano de un Cardenal muy importante. Como era usual en ese tiempo, Grimani, para tener disponible y cerca a Zanetta, la casó con un actor y bailarín italiano de muy bajo nivel, llamado Gaetano Guiseppe Casanova, nacido en Parma en 1797, en tiempos en los que ser actor y bailarín era más o menos lo mismo que ser proxeneta y estafador. En sus memorias, Casanova cuenta que su “padre” era descendiente de hidalgos de Zaragoza. Le parecía mucho menos infamante ser descendiente de españoles que serlo de italianos, pero no tomó en cuenta que los Casanova españoles son catalanes, valencianos o navarros, pero en ningún caso aragoneses. En la Italia del norte suelen usar apellidos como Casanova, Casabella o Casagrande para los expósitos, y por ello los Casanova o Casabella o Casagrande son de origen desconocido, lo que es, por supuesto, mucho menos “elegante” que descender de hidalgos españoles, algo que tenía en su tiempo un cierto encanto relacionado con el honor, el orgullo y el misterio. Es evidente que el personaje no podía decir que era hijo ilegítimo de un noble veneciano, lo que le habría acarreado, además del descrédito, la implacable venganza de los nobles venecianos, y no quería decir que su “padre” oficial era un paria, un sujeto de clase definitivamente inferior en su tiempo. La historia cierta y comprobada es que Casanova, mientras su padre biológico mantuvo su relación con su madre, fue criado como un auténtico noble, con preceptores y maestros que lo educaron en grande, pero al cesar la relación de Zanetta con Grimani, cuando el hijo mayor de ambos tendría 11 o quizás 12 años, la noble familia veneciana repudió tanto a Zanetta como a sus hijos (Giacomo era el mayor), y el joven, que quedó a cargo de sus abuelos debido a que su madre se fue a Londres (en donde se le atribuye un hijo con el Príncipe de Gales), se vio en un medio muy inferior, social y económicamente, al que hasta entonces lo había alojado. Sólo tenía sus modales y su cultura, y de ambas muletas hizo uso como mejor pudo.

Miranda: el que nació donde no debía

Miranda, por su parte, también nació en un medio equivocado. Fue hijo de un canario, Sebastián Francisco de Miranda y Ravelo, nativo de Orotava que ejerciendo el comercio en Indias (en Caracas) se hizo muy rico y se casó con una hija de canarios bastante más joven que él. Sebastián Francisco, el hijo, nació en Caracas cuando los “mantuanos,” los pretendidos aristócratas criollos venezolanos estaban en la cumbre de su prepotencia. Eran los tales mantuanos, por lo general, descendientes de secundones, de hijos menores de nobles e hidalgos, que por ser el mayor el único heredero solían ser, un poco como Casanova, dueños apenas de una buena educación pero sin fortuna ni bienes materiales, por lo que normalmente terminaban siendo curas o soldados. O emigraban a Indias con la esperanza, casi siempre irreal, de hacerse muy ricos y regresar a España con títulos propios. Eran los mantuanos de Caracas, pues, descendientes de orgullosos personajes españoles que se negaban a trabajar y en cambio (los que viajaron a Indias) explotaban con saña a siervos y esclavos que tenían la desgracia de estar bajo su poder. En esa época la sociedad caraqueña estaba claramente estratificada en castas: la superior en mando y poder era la de los blancos peninsulares, que viajaban como representantes del rey a la depauperada provincia de Venezuela, gobernaban y se iban a otra parte, pero se sentían superiores a los de la segunda casta, la de los blancos criollos o mantuanos, que también se sentían superiores a todos los demás y eran los dueños verdaderos de la riqueza del sitio; la tercera casta era la de los blancos de orilla, casi todos canarios o descendientes de canarios plebeyos, que a diferencia de los mantuanos solían ser comerciantes y agricultores, pero no necesariamente terratenientes; por debajo de ellos estaban los mestizos, los negros y los indios, en ese orden, los descastados, nacidos para ser explotados por los demás. Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez de Espinoza, que después se quitó el primer nombre y se hizo conocer como Francisco de Miranda, pertenecía a la casta de los blancos de orilla, aunque en su caso su familia tenía grandes recursos económicos, pues su padre era uno de los comerciantes más ricos de la localidad, propietario además de varias casas. Durante la infancia de Francisco (Pancho), su padre tuvo un pleito muy fuerte con los mantuanos por el uso de un uniforme y un bastón de mando, a los que se creía con legítimo derecho por haber financiado un cuerpo militar formado por canarios, que pronto los mantuanos cuestionaron ante el rey. En su momento aquel fue un pleito importante, que terminó cuando el propio rey determinó que el canario Miranda tenía razón, aunque la razón no lo favoreció en absoluto. En todo caso, el pleito del padre afectó enormemente al hijo. Una de las consecuencias inmediatas del enfrentamiento fue la decisión de que el hijo se fuera a España, a labrarse el porvenir que se le negaba en su lugar de nacimiento, decisión que se realizó cuando el joven Pancho tenía apenas 21 años y había interrumpido sus estudios en la Universidad de Caracas, en donde los mantuanos, tal como a su padre, le habían hecho la vida imposible.

Casanova: aventurero y conquistador de mujeres casi a su pesar

Casanova, privado de sus privilegios pero dueño de una exquisita educación, a los 21 años, entró al servicio del Cardenal Acquaviva (Troiano, que fue embajador ante la Corte de España y pariente cercano de los otros cardenales del mismo apellido: Giulio –que tuvo a su servicio a Cervantes por un tiempo–, Francesco, Giovanni Vincenzo) y se hizo fraile. De inmediato empezó a viajar por toda Europa y obviamente se vio impelido a llevar una vida de aventurero y a fingir a diestra y siniestra. En Venecia se convirtió en músico por breve tiempo, y luego se convirtió en médico. Acusado de hereje y de brujo, sobre todo a causa de su biblioteca, tuvo que huir de Venecia. Pasó por Milán, Cremona, Cesena, Parma, Génova, Lyon, París y Dresde. De regreso a Venecia fue a tener a la cárcel, de donde escapó para exilarse durante 18 años. En París conoció a Luis XV, la Pompadour y a lo más granado de la corrompida corte francesa. Allí, al parecer, fue el inventor de Lotería. Conoció a Voltaire y otras grandes figuras de la Francia de entonces, pero pronto se vio envuelto en una estafa por falsificación de letras de cambio y debió escaparse de nuevo. También se inventó un .título nobiliario y se hizo llamar “Casanova de Seingalt.” Logró nada menos que una condecoración papal y consiguió engatusar al rey alemán Federico II de Prusia, que le ofreció un mando en su ejército, conoció a la emperatriz Catalina la Grande, pasó por Polonia, fue a tener a España y estuvo encarcelado mes y medio en Barcelona debido a una aventura galante con la esposa del Capitán General del ejército. Volvió a Italia en donde se encontró con una hija casada con un masón importante (él mismo era también masón). Tradujo la “Ilíada” y publicó un libro en el que afirmaba que la capacidad de razonar de las mujeres está afectada por el útero, tesis que se copió de dos profesores universitarios. Posiblemente por vengarse de la familia Grimani que lo había expulsado de su seno, publica una novela en la que afirma que Carlo Grimani era hijo bastardo, lo que le cuesta un nuevo exilio. Pasa por Viena, Bolzano, Augsburgo, Aquisgrán, Spa, Dresde, Berlín y Praga, en donde al parecer escribió parte del libreto del “Don Giovanni” de Mozart o por lo menos modificó lo escrito por Da Ponte. Finalmente, ya viejo y cansado, recala en el castillo del Conde Waldstein, cuyo nombre quedó eternamente ligado a la Sonata 21 de Beethoven, y se convierte en bibliotecario de su castillo, en Bohemia. Ya menguado y enfermo, allí escribe sus famosas Memorias, con la esperanza de vivir de ellas por un buen tiempo. Su vida se hace miserable cuando no está presente en el castillo el propio Conde, pues el Mayordomo y el personal en general lo detestan. A los 73 años (1798) muere y deja sus escritos en manos de un editor alemán. Quería que le considerara un pensador, un filósofo de su tiempo, pero su mala suerte decidiría otra cosa.

Miranda: viajero universal sin proponérselo

La gran aventura de Francisco de Miranda, un cuarto de siglo menor que Casanova, no deja de tener un cierto parecido con la del veneciano. A los 21 años (1771) dejó el puerto de La Guaira para atravesar el Atlántico. Treinta y cinco días después llegó al puerto de Cádiz, en donde se aperó de ropa y de libros, además de comprarse una flauta. No mucho después llegó a Madrid, en donde por una cantidad determinada se compró una plaza de capitán en el ejército del Rey Carlos III. Empezó entonces a formar su gran biblioteca con libros de historia, religión, filosofía, matemática y ciencia militar. Su colección de libros, entre los cuales había muchos prohibidos por la Inquisición, será no mucho después la causa de que las autoridades lo investiguen y lo acusen –tal como a Casanova– de hereje. Se inició como militar en el norte de África y en muy poco tiempo se ganó varios enemigos. Era un joven de muy buena presencia, muy exitoso con las mujeres, culto e inteligente, y suscitaba gran envidia entre sus pares y hasta entre sus superiores. Tuvo, además, la imprudencia de criticar por escrito a su jefe, un coronel de ascendencia escocesa, que de inmediato le puso la proa para castigarlo. Fue acusado, al parecer injustamente, de robo de dinero, y perseguido con saña por otro oficial que inicialmente había sido su amigo. En Gibraltar se hizo amigo del comerciante inglés John Turnbull, lo que tendría mucha importante en su vida posterior. Para su fortuna, se ganó la buena voluntad de un general importante, Juan Manuel Cajigal, que lo llevó con él a Cuba. Pero en Cuba también lo siguió la mala suerte. Luego de ver acción en Pensacola (Florida), se ganó el odio del joven gobernador de apellido Gálvez, sobrino de un importante ministro de la corte de Madrid. Fue acusado, también injustamente, de mostrar las fortificaciones de La Habana al general Campbell, el jefe inglés que había sido derrotado y preso por los españoles (luego se demostró que fue otro oficial el que cometió la falta) y de participar en una operación de contrabando en favor de un inglés, que lo había ayudado en una misión en Jamaica. Condenado por “un juez sicofante” se vio obligado a escapar hacia los Estados Unidos con la ayuda de Cajigal. En estados Unidos comenzó su carrera de revolucionario en favor de la independencia de la América española. Allí conoció a Washington, Knox, Adams, Hamilton y buena parte de los fundadores de los Estados Unidos. También se acentuaron sus conquistas femeninas. En diciembre de 1794 salió de Boston rumbo a Inglaterra y, para hacer el cuento corto, en Inglaterra se dedicó a buscar apoyo para su idea de independizar la América española, para lo cual se entrevistó muchísimas veces en el Primer Ministro, el joven Pitt. Pero los ingleses no tenían el más mínimo interés por los pueblos de América, sino por el poder político y los negocios, por lo que en realidad de burlaron de Miranda como quisieron. Hastiado de aquello se convirtió en un gran viajero, pasó por Alemania (en donde presenció unas maniobras del rey Federico de Prusia, con quien llegó a conversar, tal como lo haría con el filósofo Moisés Mendelsohn, abuelo del músico, y otros personajes importantes de su tiempo), y recorrió Italia, Austria, Grecia, Turquía y Rusia, en donde es hasta posible que haya sido amante de la emperatriz, Catalina II, que lo distinguió y lo convirtió en oficial de sus ejércitos. Allí se relacionó con Potemkin y se hizo llamar conde, y en todas partes usó diferentes seudónimos. En sus viajes conoció a Haydn y a varios de los prohombres más realmente notables de su tiempo. En Escandinavia alternó con los reyes de Suecia y Dinamarca y logró que los daneses humanizaran sus cárceles, lo que fue el inicio de una serie de reformas que convirtieron a Dinamarca en uno de los países más avanzados y felices del mundo. Regresó a Inglaterra y estando en Londres, luego de numerosas gestiones frustradas en pro de la Independencia de la América española, se interesó en la Revolución Francesa, con lo que perdió la protección de la zarina. Luego pasaría un período terrible en Francia, en donde fue nombrado general de la Revolución y estuvo a punto de perder la cabeza en la guillotina de Danton y Robespierre. Conoció también Napoleón Bonaparte, que lo comparó con Don Quijote (pero sin la locura). Volvería a Inglaterra a fracasar de nuevo y finalmente pasaría a Estados Unidos, a enfrentar otros fracasos. Intentó invadir Venezuela por Ocumare y por Coro y de nuevo se enfrentó al desengaño. Vuelto a Inglaterra (en donde se había casado son Sarah Andrews y había tenido dos hijos), la suerte pareció sonreírle cuando Caracas se alzó el 19 de abril de 1810 contra el poder de España y Simón Bolívar, Andrés Bello y Luis López Méndez viajaron a Londres. Bolívar lo invitó a volver a Caracas, lo que aceptó para emprender su última gran aventura, pues luego de fundar la Sociedad Patriótica y convertirse en miembro del primer Congreso, terminó siendo Generalísimo (dictador) de la nueva república, que se perdió en 1812. Traicionado por Bolívar y otros, fue entregado a los españoles y perdió para siempre la libertad. Luego de estar encerrado en La Guaira, Puerto Cabello, Puerto Rico y Cádiz, murió de apoplejía en la cárcel de La Carraca el 14 de julio de 1816, aniversario de la Toma de la Bastilla, sin poder siquiera imaginar que poco después Simón Bolívar triunfaría donde él fracasó. Nadie, en vida, le dio crédito alguno por haber sido el inventor de la independencia, del Canal de Panamá y, entre otras cosas, del voto de las mujeres. Se dice también que fue el inventor verdadero de la pluma fuente y de los calzoncillos.

El éxito de Casanova: un gran fracaso post mortem

Con sus “Memorias” Casanova quería ganar mucho dinero y pasar a la posteridad como un gran filósofo y hombre importante, pero de nuevo la mala suerte lo venció. El editor (Heinrich Brockhaus) no las encontró lo suficientemente atractivas y las hizo modificar por Jean Laforgue, que hasta cambió la ideología del autor haciéndolo pasar casi por un revolucionario (cuando siempre fue conservador), pero lo más importante fue que le agregó una gran cantidad de conquistas femeninas inventadas y muy bien descritas, que es lo que las hace realmente “comerciales,” Sin embargo, a la vista de las verdaderas “Memorias,” que se dieron a conocer en su forma original en 1960, Casanova no fue el mujeriego que aparecía en la obra modificada, pero bien puede ser considerado uno de los mayores autores costumbristas de todos los tiempos, cuya obra da un cuadro verosímil de su época. Sin embargo, su mala suerte lo ha hecho casi deleznable, y lo más notable que se logró en su recuerdo fue la grotesca película “Casanova” (1976), de Federico Fellini, en la que lo ridiculiza de manera lamentable, labor que ejecuta por medio del actor Donald Sutherland, maquillado en forma lamentable para convertir a Casanova en una fea caricatura.

El triunfo de Miranda, otro gran fracaso post mortem

Los restos de Miranda quedaron en una fosa común en Cádiz, de donde quizá nunca se rescaten. En el Panteón Nacional de Venezuela, en Caracas, un Cenotafio espera por sus ilustres huesos. Simón Bolívar, convertido en el Libertador de Venezuela y buena parte de la América española, se arrepintió de lo que le había hecho a Miranda, pero ya era demasiado tarde, Y él mismo (Bolívar) conocería en carne propia la terrible ingratitud de la que debería haber sido su gente.
Miranda fue reivindicado oficialmente después de muerte, su nombre está en el Arco de Triunfo de París y le ha sido dado a varios pueblos y hasta a uno de los estados más importantes de Venezuela, pero el título de Libertador le fue otorgado a Bolívar, a San Martín y en grado menor a O’Higgins, Artigas y otros dioses menores, A Miranda se le concedió apenas, como un consuelo, el título de “Precursor,” cuando en realidad fue el verdadero iniciador de ese proceso del que salieron todas las repúblicas independientes que se formaron en lo que había sido la América española.
Como a Casanova, la mala suerte, la mala estrella, acompañó a Miranda hasta después de su muerte. Miranda, el más grande y universal de todos los americanos, ha quedado relegado a un segundo plano, mientras muchos que dan vergüenza parecen pasearse por la historia vestidos de dioses o semidioses.
Quizá habrá que aceptar que en el Nuevo Mundo, como dijo de Venezuela Manuel Vicente Romerogarcía, uno de sus primeros novelistas, es “la tierra de las nulidades engreídas y las reputaciones consagradas.”

 
» More | 27.04.15 20:39 | by Eduardo Casanova | Categories: Uncategorized |